Cuando hay un hermano mayor con autismo, muchas familias observan con atención cada gesto, cada mirada y cada sonido del bebé que llega después, buscando pistas tempranas. En ese contexto surge una pregunta que lleva más de una década investigándose en varios laboratorios: ¿puede el llanto de un bebé decir algo sobre su desarrollo neurológico antes incluso de que aparezcan otras señales? La idea no es tan extraña como parece: el llanto es de las primeras formas de comunicación humana, está controlado por estructuras del tronco cerebral que maduran muy pronto, y pequeñas diferencias en cómo se produce podrían reflejar diferencias igualmente tempranas en el desarrollo neurológico. Esto es lo que dice —y, sobre todo, lo que todavía no dice— la investigación sobre el análisis acústico del llanto como posible marcador temprano de autismo.
¿Por qué el llanto podría decir algo sobre el desarrollo neurológico?
El llanto no es un simple ruido: es un acto motor complejo que coordina la respiración, las cuerdas vocales y el tracto vocal, todo ello gobernado por circuitos neuronales del tronco cerebral que están entre los primeros en desarrollarse. Por eso, desde hace décadas, la investigación en desarrollo infantil ha explorado el llanto como una especie de «radiografía acústica» del sistema nervioso en construcción, útil por ejemplo para detectar problemas neurológicos en bebés prematuros o con bajo peso al nacer. Aplicar esa misma lógica al autismo tiene sentido en teoría: si el desarrollo neurológico sigue una trayectoria distinta desde edades muy tempranas, quizá eso se refleje también en la forma de llorar, mucho antes de que se puedan observar las señales sociales o comunicativas en las que se basa habitualmente la detección temprana.
Los primeros indicios: el estudio de Sheinkopf y colaboradores (2012)
Uno de los estudios pioneros en este campo fue publicado en 2012 en la revista Autism Research por Stephen Sheinkopf, Katherine Iverson, Lauren Rinaldi y Barry Lester, en colaboración con el Brown Center for the Study of Children at Risk y la Universidad de Pittsburgh. El equipo grabó el llanto de bebés de 6 meses que tenían un hermano mayor con diagnóstico de autismo —y que, por tanto, tenían mayor probabilidad estadística de recibir ellos mismos un diagnóstico más adelante— y lo comparó con el de bebés sin ese antecedente familiar. Los investigadores distinguieron entre llanto «de dolor» (provocado, por ejemplo, por una vacuna) y llanto «sin dolor», y encontraron que, específicamente en el llanto de dolor, los bebés del grupo de mayor probabilidad presentaban una frecuencia fundamental (lo que percibimos como el tono) más alta y más variable que el grupo de comparación. Es un hallazgo interesante, pero los propios autores fueron claros en que la muestra de bebés que terminaron recibiendo un diagnóstico posterior era muy pequeña, lo que limita mucho lo que se puede concluir.
La duración del llanto: el estudio australiano de 2017
Unos años más tarde, un equipo del Telethon Kids Institute de Australia, liderado por Joanne Unwin y Andrew Whitehouse, publicó en el Journal of Autism and Developmental Disorders (2017) un estudio con una muestra algo mayor: 49 bebés de 12 meses, 22 de ellos hermanos menores de niños con autismo (grupo de alto riesgo) y 27 sin ese antecedente. A diferencia del estudio de 2012, este equipo no encontró diferencias significativas en el tono ni en el grado de ronquera o disfonía del llanto entre los dos grupos, lo que ya apunta a que los hallazgos sobre el tono no son del todo consistentes de un estudio a otro. Sin embargo, sí hallaron una diferencia estadísticamente significativa en otro aspecto: la duración de las unidades de llanto. Los bebés del grupo de alto riesgo producían llantos más cortos, y resultó que los seis niños de esa muestra que, a los dos años, terminaron recibiendo un diagnóstico de autismo estaban precisamente entre los que habían llorado con unidades más breves al año de edad.
Lo que dice la revisión más reciente: resultados mixtos e inteligencia artificial
Para hacerse una idea más fiable de dónde está realmente la evidencia, lo más útil no es fijarse en un solo estudio, sino en una revisión que los reúna todos. Una revisión sistemática con metaanálisis publicada en 2025 en el Journal of Autism and Developmental Disorders analizó 11 estudios sobre llanto y autismo, con un total de 736 participantes, de los cuales 6 estudios pudieron combinarse en un metaanálisis formal. El resultado es importante y conviene no pasarlo por alto: al combinar los datos de varios estudios, no se encontró una diferencia significativa en el tono del llanto entre bebés con y sin mayor probabilidad de autismo, lo que matiza considerablemente el hallazgo individual de 2012. Donde la revisión sí encontró resultados más prometedores fue en el uso de modelos de inteligencia artificial y aprendizaje automático: varios estudios individuales que entrenaron algoritmos con múltiples características acústicas del llanto a la vez (no solo el tono o la duración por separado) lograron clasificar correctamente a los bebés con una precisión superior al 90% dentro de sus propias muestras. Aun así, los propios autores de la revisión concluyen que se trata de una herramienta «prometedora» pero sin evidencia todavía definitiva, y piden estudios longitudinales más grandes, con varios centros de investigación y conjuntos de datos estandarizados antes de sacar conclusiones firmes.
Por qué esto no es, hoy por hoy, una prueba diagnóstica
Es importante ser muy claros en este punto, porque es fácil que un titular llamativo genere expectativas que la ciencia todavía no respalda. Ningún estudio hasta la fecha ha propuesto el análisis del llanto como una prueba diagnóstica lista para usarse en consulta, y hay buenas razones para esa cautela:
- Las muestras son pequeñas. El número de bebés que, dentro de estos estudios, terminaron recibiendo un diagnóstico de autismo suele ser de un puñado de casos, lo que hace que cualquier diferencia encontrada pueda deberse en parte al azar.
- Los hallazgos no son consistentes entre estudios. Lo que un estudio encuentra en el tono, otro no lo replica; lo que uno encuentra en la duración, otro no lo mide del mismo modo. Esto es típico de un campo de investigación todavía en sus primeras fases.
- El metaanálisis más reciente, que es la evidencia de mayor peso disponible, no confirma el hallazgo más citado (la diferencia de tono), lo que debería frenar cualquier afirmación categórica.
- El llanto depende de muchísimos factores —el hambre, el sueño, el temperamento, el momento del día— que no siempre se controlan igual entre estudios.
Qué pueden hacer las familias con esta información
Si tienes un bebé con un hermano mayor autista, es natural sentir curiosidad o incluso cierta ansiedad por detectar señales cuanto antes. Esta línea de investigación es, sobre todo, una noticia esperanzadora sobre hacia dónde podría dirigirse la ciencia en el futuro —hacia herramientas de cribado no invasivas, accesibles y aplicables desde los primeros meses de vida—, no una herramienta que se pueda usar hoy en casa. Lo que sí está bien establecido, y en lo que vale la pena apoyarse mientras la investigación avanza, es el seguimiento habitual del desarrollo con el pediatra, que incluye la observación de hitos sociales y comunicativos (como la atención compartida, el señalar o el contacto visual) entre los 12 y los 24 meses, momento en el que, si hay dudas razonables, se puede derivar a una valoración especializada. Interpretar el llanto de un bebé concreto como «señal» de nada, en ausencia de una herramienta validada, solo añadiría preocupación innecesaria donde la ciencia, de momento, no puede ofrecer certezas.