Durante mucho tiempo se pensó que un bebé que después recibiría un diagnóstico de autismo mostraba, desde el primer día, un desinterés total por las caras y la mirada de quienes lo cuidaban. Un estudio publicado en 2013 en la revista Nature por los investigadores Warren Jones y Ami Klin, del Marcus Autism Center y la Universidad de Emory (Estados Unidos), matizó esa idea de una forma que cambió por completo cómo se entiende la detección temprana del autismo: la atención a los ojos no está ausente desde el nacimiento, sino que va disminuyendo poco a poco durante los primeros meses de vida.
Un seguimiento de tres años, mes a mes
Jones y Klin diseñaron un estudio longitudinal: siguieron a un grupo de bebés desde el nacimiento hasta los tres años de edad, con dos perfiles de partida. Por un lado, bebés de «alto riesgo», que tenían un hermano mayor ya diagnosticado con autismo (lo que estadísticamente aumenta la probabilidad de que ellos también lo sean). Por otro, bebés de «bajo riesgo», sin ese antecedente familiar.
A todos ellos se les hicieron pruebas con tecnología de seguimiento ocular (eye-tracking) en diez momentos distintos entre los 2 y los 24 meses de edad. Durante cada sesión, el bebé veía vídeos de un cuidador hablándole y jugando con él, mientras el equipo registraba con precisión milimétrica hacia dónde dirigía la mirada: a los ojos, a la boca, al cuerpo, o fuera de la persona.
A los tres años, una parte de los niños del grupo de alto riesgo recibió un diagnóstico de trastorno del espectro autista (TEA). Fue entonces cuando los investigadores pudieron mirar hacia atrás, en sus propios datos, y comparar cómo había evolucionado la mirada de esos niños frente a la de los que no fueron diagnosticados.
El hallazgo: un declive progresivo, no una ausencia desde el principio
El resultado fue inesperado incluso para los propios autores. En los niños que acabarían recibiendo un diagnóstico de autismo, la atención a los ojos del cuidador no era baja desde el nacimiento: empezaba en niveles similares a los de cualquier otro bebé y después iba cayendo de forma constante, mes tras mes. Esa disminución se podía observar ya entre los 2 y los 6 meses de edad, y continuaba durante el resto del periodo estudiado. Hacia los 24 meses, estos niños pasaban mirando los ojos del cuidador aproximadamente la mitad del tiempo que los niños con desarrollo típico.
Esta forma de presentar los datos —como una trayectoria que cambia con el tiempo, y no como una fotografía fija— fue la gran aportación del estudio. Antes, la idea dominante era que el autismo implicaba una falta de interés social desde el primer momento. Jones y Klin propusieron, en cambio, que el interés social inicial podía estar presente, y que lo que ocurre en el autismo es un proceso que se desvía progresivamente del desarrollo típico, posiblemente porque pequeñas diferencias en cómo el cerebro procesa la información social se van amplificando mes a mes.
Por qué esto importa para la detección temprana
El valor práctico de este hallazgo está en la palabra «temprana». Si la atención a los ojos empieza a descender ya entre los 2 y los 6 meses, en teoría existiría una ventana de varios meses, antes de que aparezcan las señales conductuales que hoy se usan para sospechar autismo (como la falta de respuesta al nombre, la ausencia de señalar con el dedo o el retraso en el lenguaje, que suelen hacerse visibles a partir del primer o segundo año), en la que ya habría un indicador biológico medible.
Esto no significa que ya exista una prueba de autismo basada en el seguimiento ocular que se pueda usar en una consulta pediátrica. El propio equipo de investigación, años después de este primer hallazgo, ha remarcado que el camino desde un hallazgo de investigación hasta una herramienta clínica fiable es largo: hace falta validarlo en muestras mucho más grandes, comprobar que funciona igual en diferentes entornos y poblaciones, y combinarlo probablemente con otros marcadores (de movimiento, de atención conjunta, de procesamiento auditivo) para que sea realmente útil como cribado.
Qué significa (y qué no significa) para las familias
Es importante leer este tipo de hallazgos con cuidado, porque se prestan fácilmente a interpretaciones erróneas:
- No significa que un bebé que mira poco a los ojos en un momento dado tenga autismo. La variabilidad normal entre bebés es muy amplia, y el estudio habla de tendencias de grupo, no de un punto de corte individual.
- No significa que el autismo «aparezca» entre los 2 y los 6 meses. Lo que cambia en ese periodo es un patrón de atención visual medido en laboratorio con tecnología especializada, no una conducta visible para un cuidador en casa.
- Sí refuerza la idea de que el autismo tiene un origen temprano en el desarrollo, muy anterior a la edad en que habitualmente se diagnostica (entre los 2 y los 4 años en la mayoría de los casos, y a menudo más tarde todavía).
- Sí abre una vía de investigación hacia marcadores biológicos objetivos que, combinados con la observación clínica, podrían ayudar en el futuro a identificar antes a los niños que se beneficiarían de una atención temprana.
Qué ha venido después de este estudio
Desde 2013, la investigación sobre marcadores tempranos basados en seguimiento ocular y otras tecnologías ha seguido avanzando. Se han estudiado otros patrones visuales, como la atención a estímulos sociales frente a no sociales, la respuesta pupilar o el movimiento corporal registrado por vídeo, siempre con el mismo objetivo: encontrar señales objetivas y medibles que puedan complementar la valoración clínica, especialmente en bebés con hermanos autistas, que ya se sabe que tienen un riesgo estadísticamente más alto de recibir ese diagnóstico.
Ninguna de estas líneas sustituye, hoy por hoy, a la evaluación por parte de profesionales especializados (pediatría, neuropediatría, psicología del desarrollo), que sigue siendo la vía para confirmar o descartar un diagnóstico. Pero sí están cambiando el marco teórico de fondo: cada vez hay más consenso en que el autismo no es un «interruptor» que se activa en un momento concreto, sino el resultado observable de una trayectoria de desarrollo que empieza a diferenciarse muy pronto, incluso antes de que haya nada visible a simple vista.
En la práctica: ¿qué pueden hacer las familias?
Para una madre, un padre o un cuidador que lee sobre este tipo de estudios, el mensaje práctico no es buscar en casa si el bebé mira o no a los ojos con algún tipo de cronómetro. Es, más bien:
- Confiar en los controles pediátricos habituales, donde se revisan hitos del desarrollo a distintas edades.
- Saber que, si hay un hermano mayor con autismo, puede tener sentido comentarlo con el pediatra para plantear un seguimiento algo más atento del desarrollo, sin que eso implique necesariamente un diagnóstico.
- Recordar que la ausencia de señales en los primeros meses no garantiza nada en ningún sentido: el desarrollo es un proceso, y las señales que de verdad orientan un diagnóstico suelen hacerse evidentes más adelante, en la conducta cotidiana.
- Y, sobre todo, no demorar una valoración profesional si surgen dudas razonables más adelante, independientemente de la edad del niño: la atención temprana mejora resultados cuanto antes se pone en marcha.
El estudio de Jones y Klin no cambió de la noche a la mañana cómo se diagnostica el autismo, pero sí cambió algo más profundo: la forma de entender cómo empieza a manifestarse. En lugar de una ausencia desde el origen, hoy se habla de una trayectoria que se desvía progresivamente, y esa idea sigue guiando buena parte de la investigación actual sobre detección temprana.