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🧑‍💼 Autismo en adultos

Interocepción térmica: por qué muchas personas autistas no saben si tienen frío o calor

La dificultad para percibir la propia temperatura corporal es una forma de interocepción poco conocida en el autismo: no es no sentir nada, sino una señal interna inconsistente.

Hay personas autistas que salen a la calle en enero con una simple sudadera y no sienten frío hasta que alguien se lo señala. Otras llevan puesta una chaqueta en pleno agosto sin notar que se están sobrecalentando, o tardan en darse cuenta de que tienen fiebre porque el cuerpo no les avisa con la claridad que avisa a otras personas. No es despiste ni «aguante»: es un ejemplo menos conocido de interocepción, el sentido interno que nos informa de lo que ocurre dentro del cuerpo, aplicado en este caso a la temperatura.

Mientras que la sensibilidad sensorial a la ropa (las costuras, las etiquetas, los tejidos) y las preferencias por comidas muy calientes o muy frías ya se han tratado en este portal, la termorregulación interna —saber si tenemos frío o calor, no si algo externo nos resulta agradable al tacto o al paladar— es un terreno distinto y mucho menos conocido, incluso entre quienes llevan tiempo informándose sobre autismo.

Qué es la interocepción térmica

La interocepción es la capacidad de percibir señales internas del cuerpo: el latido del corazón, la respiración, el hambre, la necesidad de ir al baño, el dolor… y también la temperatura corporal. Es un sistema sensorial propio, distinto de la vista, el oído o el tacto, y funciona como una especie de termómetro interno que debería avisarnos a tiempo de que necesitamos abrigarnos, quitarnos ropa, beber agua fría o buscar sombra.

Cuando esa señal llega tarde, llega débil o llega de forma inconsistente, el cuerpo puede estar ya en una situación de estrés térmico real —frío intenso, principio de insolación, fiebre alta— antes de que la persona perciba con claridad que algo va mal.

Qué dice la investigación: ¿umbrales distintos o variabilidad distinta?

Durante años se ha dado por hecho que las personas autistas simplemente «sienten menos» la temperatura. La investigación más rigurosa disponible matiza bastante esa idea. Un estudio de Zachary J. Williams, Michelle D. Failla, Carissa J. Cascio y su equipo, publicado en 2019 en Scientific Reports (del grupo Nature), midió los umbrales de detección de calor y frío en 142 personas de entre 7 y 54 años —83 con autismo y 59 con desarrollo típico— aplicando pequeños cambios de temperatura controlados con un dispositivo Peltier en la palma de la mano.

El resultado fue más sutil que un simple «sienten menos»: los umbrales de detección en sí —el punto exacto en que alguien nota que algo se calienta o se enfría— no fueron significativamente distintos entre ambos grupos. Lo que sí fue claramente distinto fue la variabilidad de respuesta de una prueba a otra dentro de la misma persona: el grupo autista mostró una inconsistencia notablemente mayor, y esa variabilidad se relacionó con fuerza con umbrales más altos en los ensayos concretos (correlaciones de alrededor de 0,66 para el calor y 0,71 para el frío). Los propios autores concluyen que buena parte de lo que parece «hiporreactividad térmica» podría explicarse no por un sentido del calor o el frío menos sensible de base, sino por una señal que es menos fiable y más inconsistente de un momento a otro.

Esa distinción importa en la práctica: no se trata de un interruptor que está permanentemente apagado, sino de una señal que a veces llega con fuerza y a veces casi no llega, lo que hace mucho más difícil fiarse de ella para tomar decisiones a tiempo.

Por qué no es lo mismo que «no sentir nada»

Es fácil simplificar esto como «las personas autistas no sienten frío ni calor», pero la propia evidencia contradice esa idea tan tajante. Lo que describen muchas personas autistas no es ausencia total de sensación, sino:

  • Notar la temperatura de golpe y tarde, cuando ya resulta incómoda o incluso dolorosa, en vez de ir percibiendo el cambio de forma gradual.
  • Tener días en los que el cuerpo «avisa» con normalidad y otros en los que apenas lo hace, sin relación aparente con el frío o el calor reales.
  • Confundir la sensación térmica con otra cosa: inquietud, cansancio o malestar general, sin identificar que la causa real es tener frío o calor.
  • Darse cuenta por señales externas (ver que otras personas llevan abrigo, notar la piel de gallina al mirarse, que alguien comente «qué calor hace aquí») antes que por la propia sensación interna.

Cómo se nota en el día a día

Esta dificultad para leer la propia temperatura interna puede traducirse en situaciones muy concretas:

  • Vestirse de forma «inadecuada» para el clima, no por rebeldía ni por gusto, sino porque la señal de «hace frío, abrígate» no llegó con suficiente antelación.
  • No detectar fiebre a tiempo, llegando a estar notablemente enfermos antes de percibir con claridad que el cuerpo está más caliente de lo normal.
  • Sobrecalentarse en ejercicio o en ambientes cerrados sin darse cuenta hasta sentir mareo, dolor de cabeza o náuseas, síntomas que llegan después de que el problema térmico ya exista.
  • Depender de rutinas fijas de ropa («en octubre siempre me pongo esta chaqueta») como forma de compensar la falta de una señal interna fiable, en vez de decidir según cómo se sienta el cuerpo ese día.
  • Agotamiento por frío o calor acumulado que se atribuye erróneamente a cansancio, ansiedad o sobrecarga sensorial general, cuando parte del origen es puramente térmico.

Una pieza más del mapa de la interocepción

La interocepción térmica forma parte de un campo de investigación más amplio sobre cómo el cerebro integra las señales internas del cuerpo con el bienestar físico, emocional y social. Una revisión reciente de Alessandra Vabba, Martina Scattolin, Guido Porciello, Maria Serena Panasiti y Salvatore Maria Aglioti, publicada en 2024 en Neuroscience & Biobehavioral Reviews, recoge precisamente esta idea: las señales térmicas internas no sirven solo para regular la temperatura corporal, sino que están conectadas con la regulación del sueño, el nivel de activación, el estado de ánimo y la vida social, y los propios autores piden más investigación específica sobre su papel en estos ámbitos. Es un recordatorio de que la interocepción térmica en el autismo sigue siendo un terreno poco explorado en comparación con otras señales internas, como el hambre o el dolor, y que lo que hoy se sabe es todavía parcial.

Estrategias prácticas para no depender solo de la sensación

Como la señal interna no siempre es fiable, tiene sentido apoyarse en herramientas externas que no dependan de «notarlo a tiempo»:

  • Mirar la previsión y la temperatura real antes de salir, en vez de decidir la ropa solo por cómo se siente el cuerpo en ese momento.
  • Vestir en capas, para poder ajustar sobre la marcha sin depender de haber adivinado bien la temperatura desde el principio.
  • Poner alarmas o recordatorios en días de mucho frío o mucho calor para comprobar activamente «¿tengo frío o calor ahora mismo?», igual que se hace con el hambre o la sed.
  • Tener un termómetro a mano en casa, especialmente útil para detectar fiebre cuando la propia sensación no es un indicador claro.
  • Pedir a alguien de confianza que avise si observa signos externos de frío o calor (labios morados, cara muy roja, temblor) que la propia persona no esté percibiendo.
  • Normalizar preguntar «¿hace frío aquí o soy yo?» en vez de asumir que el propio cuerpo siempre tiene la respuesta correcta.

Entender la termorregulación como una forma más de interocepción —y no como un simple capricho con la ropa o una exageración— ayuda a quitarle la carga moral («deberías saber si tienes frío») y a sustituirla por estrategias prácticas que no dependen de una señal que, según la ciencia disponible, es sobre todo inconsistente: a veces clara, a veces casi ausente, pero no inexistente.

Autismo

Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.