Sobre el autismo circulan dos mitos relacionados con la inteligencia que, aunque parecen contradictorios, conviven sin problema en el imaginario colectivo. Por un lado, la vieja asociación entre autismo y discapacidad intelectual, que lleva décadas instalada en el lenguaje cotidiano. Por otro, la imagen inversa, popularizada sobre todo por películas como Rain Man: la idea de que toda persona autista escond un talento extraordinario esperando a ser descubierto. Ninguna de las dos retrata bien la realidad. La ciencia, como suele pasar, dibuja algo más complejo y más interesante que cualquiera de los dos extremos.
De dónde viene la asociación entre autismo y discapacidad intelectual
Parte de esta asociación tiene una explicación histórica. Durante mucho tiempo, el autismo se diagnosticaba casi exclusivamente en sus formas más evidentes, que con frecuencia coincidían con discapacidad intelectual asociada. A medida que los criterios diagnósticos se han ido ampliando —y sobre todo desde que el DSM-5 unificó distintos diagnósticos previos (autismo clásico, síndrome de Asperger, trastorno generalizado del desarrollo no especificado) bajo el actual «trastorno del espectro autista»—, el perfil de personas diagnosticadas se ha vuelto mucho más amplio y heterogéneo. El resultado es que la proporción de personas autistas con discapacidad intelectual ha ido reduciéndose en las estadísticas, no porque haya cambiado la biología, sino porque ahora se diagnostica a muchas más personas que antes quedaban fuera del radar.
Lo que dicen los datos: ¿cuántas personas autistas tienen discapacidad intelectual?
La red de vigilancia de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), que hace un seguimiento sistemático de la prevalencia del autismo a través de su programa ADDM, publicó en 2023 un dato relevante: de los niños y niñas de 8 años identificados con autismo en su estudio, alrededor del 37,9 % tenía también discapacidad intelectual asociada. Dicho de otro modo: aproximadamente 6 de cada 10 niños y niñas autistas de esa muestra no tenían discapacidad intelectual, es decir, su capacidad cognitiva general estaba dentro del rango medio o por encima de él.
Esto significa que la discapacidad intelectual puede coexistir con el autismo —y cuando lo hace, merece su propio abordaje y sus propios apoyos—, pero no es una característica definitoria del autismo en sí. Son dos condiciones distintas que, con cierta frecuencia, aparecen juntas, igual que pueden aparecer juntas con el autismo el TDAH, la epilepsia o la ansiedad, sin que ninguna de ellas defina por sí sola lo que es el autismo.
El otro extremo: el mito del «genio autista»
Si la asociación con la discapacidad intelectual lleva décadas instalada, la imagen contraria —la del genio autista, inspirada en personajes como Raymond Babbitt en Rain Man— se ha popularizado sobre todo en las últimas décadas, muchas veces de la mano de series y películas. La realidad del llamado síndrome del sabio (savant syndrome) es mucho más discreta de lo que sugiere la ficción.
Las estimaciones varían según cómo se defina exactamente «habilidad excepcional». La cifra más citada en la literatura clásica, que se remonta a un trabajo de Bernard Rimland de 1978 sobre más de 5.400 niños autistas, sitúa en torno al 10 % la proporción de personas autistas con algún tipo de habilidad savant. Trabajos posteriores han dado cifras distintas según el criterio usado —un estudio de Bölte y Poustka de 2004 habló de un 13 %, y uno de Howlin y su equipo de 2009 llegó a un 28,5 % usando una definición más amplia de «habilidad excepcional»—, pero el psiquiatra Darold Treffert, una de las referencias mundiales en este campo, sigue describiendo el síndrome del sabio en su forma más estricta y llamativa —memoria prodigiosa, cálculo calendárico, música o arte de nivel excepcional sin apenas entrenamiento— como algo extremadamente infrecuente, muy lejos de ser la norma entre las personas autistas.
Lo que sí es verdad: un perfil cognitivo en picos, no una sola cifra
Lo que la investigación sí respalda, y que probablemente esté detrás de ambos mitos, es que el perfil cognitivo en el autismo tiende a ser más desigual que en la población general: una misma persona puede tener una memoria excelente para datos muy concretos y, al mismo tiempo, dificultades notables en tareas de planificación o de comprensión social. Ese contraste entre puntos fuertes muy marcados y dificultades igualmente marcadas puede parecer, visto de fuera, «un genio a ratos» o «una discapacidad a ratos», cuando en realidad es, sencillamente, un perfil con más variabilidad interna que la media, ni mejor ni peor en bloque.
Por qué estos dos mitos hacen daño, cada uno a su manera
El mito de que el autismo equivale a discapacidad intelectual puede llevar a infantilizar a personas autistas con una capacidad cognitiva perfectamente típica, a subestimar lo que pueden entender, decidir o lograr, o a negarles autonomía que sí les corresponde. El mito del genio, por su parte, genera una presión distinta pero igualmente dañina: la expectativa de que, si no hay un talento extraordinario visible, «algo falla» o la persona está «desaprovechando su potencial autista», cuando en realidad la inmensa mayoría de personas autistas no tiene ni discapacidad intelectual ni un don excepcional, sino, simplemente, una inteligencia dentro del rango habitual, con su propio perfil de puntos fuertes y débiles, como cualquier persona.
Lo que cambia si se abandonan los dos mitos
Dejar atrás ambos extremos tiene consecuencias prácticas muy concretas para familias y profesionales:
- No asumir el nivel de comprensión, autonomía o capacidad de decisión de una persona solo por tener un diagnóstico de autismo: hay que valorar a cada persona de forma individual, igual que se haría con cualquier otra.
- No esperar —ni exigir, ni de forma implícita— que exista un talento extraordinario «escondido» que justifique o compense el diagnóstico. La mayoría de las personas autistas no lo tienen, y no necesitan tenerlo para que su autismo y sus necesidades se tomen en serio.
- Evaluar la capacidad cognitiva real de cada persona, con instrumentos adecuados, en lugar de dar por supuesto un nivel u otro a partir de estereotipos.
- Recordar que un perfil con picos y valles muy marcados no es un problema en sí mismo: es simplemente una forma distinta de distribuir las fortalezas y las dificultades, y merece apoyos ajustados a ese perfil concreto, no a una media que no representa a nadie.
Una idea más útil que cualquiera de los dos mitos
La inteligencia, en el autismo, no se puede predecir por el diagnóstico. Hay personas autistas con discapacidad intelectual que necesitan apoyos intensivos durante toda la vida, personas autistas con un perfil cognitivo medio que pasan por la etapa escolar sin que nadie note nada especial, y personas autistas con capacidades puntuales sobresalientes en un área muy concreta. Ninguno de estos perfiles es «más autista» que otro, y ninguno justifica las expectativas extremas —ni por abajo ni por arriba— que ambos mitos siguen alimentando.