Es una de las preguntas que más se repite cuando se habla de autismo: ¿hay realmente más personas autistas que antes, o simplemente se detectan más? Los titulares sobre el aumento constante de diagnósticos alimentan a veces la idea de una «epidemia», pero la investigación científica ofrece una respuesta bastante más matizada —y bastante más tranquilizadora— que esa palabra.
De 1 de cada 2.000 a 1 de cada 31: la evolución de las cifras
Los primeros estudios de prevalencia, en los años 60 y 70, situaban el autismo en torno a 1 de cada 2.000 niños y niñas (estudios pioneros como el de Victor Lotter en Reino Unido, 1966, o Darold Treffert en Wisconsin, 1970). En los años 80 la cifra había subido a aproximadamente 1 de cada 1.000. El primer gran informe de vigilancia del autismo en Estados Unidos, la red ADDM de los CDC, situó la prevalencia en el año 2000 en 1 de cada 150 niños de 8 años. Desde entonces la cifra no ha dejado de subir: 1 de cada 44 en 2018, 1 de cada 36 en el informe de 2023 (referido a datos de 2020), y 1 de cada 31 en el informe más reciente, publicado en 2025 con datos de 2022. Según Christopher Smith, del Southwest Autism Research and Resource Center, este último salto refleja sobre todo «un mayor acceso a las evaluaciones», y las tasas de aumento interanual parecen empezar a estabilizarse.
A nivel global, la revisión sistemática de referencia (Zeidan y colaboradores, 2022, publicada en Autism Research) sitúa la prevalencia mediana mundial en torno al 1% de la población infantil, aunque con una heterogeneidad enorme entre países y con muchísimos menos datos disponibles en países de renta baja o media, donde es probable que exista un infradiagnóstico considerable. En España, distintos estudios regionales ofrecen cifras dispares: en torno al 0,6% en Guipúzcoa (estudio ASDEU, 2020), entre el 1% y el 1,55% según la franja de edad en Tarragona (2018), y un 1,23% en Cataluña en el seguimiento del sistema público realizado entre 2009 y 2017.
El papel de los criterios diagnósticos: un mapa que ha cambiado varias veces
Parte del aumento tiene una explicación sencilla: la definición de lo que cuenta como autismo ha cambiado sustancialmente en las últimas décadas. El DSM-III, en 1980, introdujo por primera vez el «autismo infantil» como categoría diagnóstica, con criterios muy estrictos. El DSM-III-R, en 1987, amplió esos criterios adoptando el modelo de «tríada de alteraciones» propuesto por la psiquiatra Lorna Wing, y redujo el umbral necesario para el diagnóstico. El DSM-IV, en 1994, incorporó el síndrome de Asperger y el trastorno generalizado del desarrollo no especificado (TGD-NE) como categorías dentro del espectro; de hecho, se ha documentado que una imprecisión en la redacción original de los criterios del TGD-NE amplió, sin que fuera la intención, el número de personas que podían recibir ese diagnóstico. Finalmente, el DSM-5, en 2013, unificó todas estas categorías en un único «trastorno del espectro autista», reflejando la idea, ya consolidada, de que se trata de un espectro continuo y no de categorías separadas.
La sustitución diagnóstica: otra etiqueta para el mismo perfil
Otro factor documentado es lo que se conoce como sustitución diagnóstica: personas a las que antes se les habría asignado otra categoría diagnóstica y que ahora reciben un diagnóstico de autismo. Un estudio de referencia de King y Bearman (2009, International Journal of Epidemiology), realizado en California, calculó que un 26,4% del aumento de casos de autismo registrado entre 1992 y 2005 se explicaba solo por la recodificación de personas que antes tenían un diagnóstico de discapacidad intelectual («retraso mental», en la terminología de la época). Los propios autores señalan que ese porcentaje corresponde solo a una vía de sustitución (desde discapacidad intelectual); otras posibles vías, como la sustitución desde trastornos del lenguaje, no se llegaron a cuantificar en ese estudio, por lo que el porcentaje real explicado por sustitución diagnóstica podría ser aún mayor.
Más conciencia social, cribado más temprano y mejor acceso
La recomendación de la Academia Americana de Pediatría, en 2006, de realizar cribado de autismo en todas las revisiones pediátricas rutinarias, se señala como otro factor que disparó el número de diagnósticos en la década siguiente. A esto se suma una mayor formación de pediatras, docentes y profesionales sanitarios para reconocer signos de autismo que antes pasaban desapercibidos, y un acceso más amplio —aunque todavía muy desigual— a la evaluación diagnóstica. Investigadores como Maureen Durkin, al frente de una de las redes de vigilancia de los CDC, resumen la postura mayoritaria en la comunidad científica: interpretan el aumento de la prevalencia registrada principalmente como una señal de mejor reconocimiento, no como evidencia de una epidemia biológica real.
El infradiagnóstico histórico en mujeres y en adultos, corrigiéndose ahora
Una parte nada desdeñable del aumento reciente tiene que ver con perfiles que durante décadas quedaron fuera de las estadísticas: mujeres y personas adultas. La investigación sobre enmascaramiento (Lai, Lombardo, Baron-Cohen y colaboradores, 2017, Autism) documentó que las mujeres autistas tienden a camuflar más sus rasgos que los hombres, lo que contribuyó históricamente a que muchas quedaran sin diagnosticar durante la infancia y llegaran a la edad adulta sin saber que eran autistas. A medida que esto se conoce mejor y se adaptan las herramientas diagnósticas, cada vez se identifican más mujeres y más adultos, lo que se traduce en un aumento estadístico que no refleja más casos «nuevos», sino casos que antes existían y no se detectaban.
¿Y las vacunas?
Conviene dedicar solo el espacio justo a esta idea, porque la evidencia científica sobre este punto es contundente y no ha cambiado en más de dos décadas de investigación: no existe relación entre las vacunas y el autismo. El estudio más amplio realizado hasta la fecha (Hviid, Hansen, Frisch y Melbye, 2019, Annals of Internal Medicine), con 657.461 niños daneses seguidos durante más de una década, no encontró ningún aumento del riesgo de autismo asociado a la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubeola), ni siquiera en los subgrupos considerados de mayor riesgo, como los hermanos y hermanas de niños ya diagnosticados.
Entonces, ¿hay más autismo real o no?
La síntesis que ofrece la investigación disponible es matizada: la inmensa mayoría del aumento observado en las últimas décadas se explica por cambios en los criterios diagnósticos, sustitución diagnóstica, mayor conciencia social, cribado más temprano y mejor acceso a la evaluación —incluyendo la corrección del infradiagnóstico histórico en mujeres y adultos—. Algunos estudios apuntan a una pequeña contribución adicional de factores biológicos reales, como el aumento de la edad paterna en el momento de la concepción o la mayor supervivencia de bebés prematuros, pero ningún grupo de investigación serio sostiene que estemos ante una «epidemia» comparable, en magnitud, al aumento estadístico registrado.
Entender esto no es un detalle académico: cambia la conversación. En lugar de preguntarnos qué está «causando» tanto autismo nuevo, la pregunta más productiva —y la que reflejan mejor los datos— es cuántas personas autistas llevaban toda la vida sin ser identificadas, y qué necesitan ahora que por fin lo son.