Se le suele llamar «torpeza» y se trata como un rasgo de carácter: la persona que tropieza con sus propios pies, que tarda el doble en abrocharse los botones, que nunca aprendió a montar en bicicleta con soltura o que evita el fútbol en el recreo porque «no se le da bien». En muchas personas autistas, sin embargo, esa torpeza tiene un nombre clínico y una explicación neurológica: la dispraxia, o Trastorno del Desarrollo de la Coordinación (TDC, DCD por sus siglas en inglés). Es una de las comorbilidades más frecuentes del autismo y, paradójicamente, una de las que menos se evalúa.
Qué es la dispraxia y en qué se diferencia del autismo
Según los criterios del DSM-5-TR, el Trastorno del Desarrollo de la Coordinación se define por una adquisición y ejecución de habilidades motoras coordinadas sustancialmente por debajo de lo esperado para la edad, que interfiere de forma persistente en actividades cotidianas, académicas o de ocio, con inicio en el desarrollo temprano y sin que se explique mejor por una discapacidad intelectual u otra condición neurológica. En la población general, sin relación con el autismo, afecta a entre un 1,8 % y un 6 % de la infancia, y es hasta siete veces más frecuente en niños que en niñas.
Es importante subrayar que autismo y dispraxia son dos diagnósticos distintos e independientes: el autismo se define por criterios sociales, comunicativos y de conducta restringida o repetitiva, no por la motricidad; la dispraxia se define exclusivamente por la coordinación motora. El problema es que, cuando coinciden en la misma persona —algo que ocurre con muchísima más frecuencia de lo que cabría esperar por azar—, la dispraxia queda habitualmente eclipsada por el diagnóstico de autismo y nunca llega a nombrarse ni a tratarse de forma específica.
Unas cifras que sorprenden por lo altas que son
La investigación de las últimas dos décadas es sorprendentemente consistente en un punto: las dificultades motoras no son una excepción en el autismo, sino casi la norma.
- Un estudio ya clásico de Green, Charman, Pickles y colaboradores (2009, Developmental Medicine & Child Neurology), con 101 niños autistas, encontró que un 79 % mostraba un deterioro motor «definido» según pruebas estandarizadas, y un 10 % adicional presentaba problemas límite. Solo alrededor de un 11 % no mostraba ninguna dificultad motora.
- Licari y su equipo (2020, Autism Research), con una muestra amplia de 2.084 niños del Registro de Autismo de Australia Occidental, obtuvieron una cifra prácticamente idéntica: 79,1 % con puntuaciones motoras bajas o moderadamente bajas.
- Un análisis de Anjana Bhat (2020, Physical Therapy) sobre casi 12.000 participantes del estudio SPARK encontró que un 87 % de los niños autistas tenía probablemente problemas motores relevantes, pero solo un 30 % recibía algún tipo de terapia física u ocupacional para abordarlos.
- Un estudio de Miller y colaboradores comparando autismo y dispraxia encontró que más del 90 % del grupo autista cumplía criterios formales de dispraxia al ser evaluado específicamente para ello.
- Una revisión sistemática de Alito y colaboradores (2025, Diagnostics), sobre 22 estudios, confirma rangos de entre un 79 % y un 97 % de deterioro motor significativo, y concluye que el trastorno de coordinación motora está «sustancialmente infrarreconocido» en las personas autistas.
Una revisión más antigua de Gowen y Hamilton (2013, Journal of Autism and Developmental Disorders) sitúa el rango total citado en la literatura entre un 21 % y un 100 %, según el instrumento de medida utilizado, y reconoce abiertamente que todavía no está resuelto si estas dificultades son un rasgo nuclear del propio autismo o una condición que simplemente coexiste con mucha frecuencia. Lo que sí parece claro, con las muestras más amplias y recientes, es que hablamos de una mayoría, no de una minoría.
Cómo se nota en el día a día
Las dificultades motoras en el autismo no se limitan a un solo tipo de movimiento. Suelen dividirse en tres planos:
- Motricidad gruesa: problemas de equilibrio al caminar o correr, dificultad para montar en bicicleta, saltar a la comba, lanzar y atrapar una pelota, coordinar ambos lados del cuerpo o mantener una postura estable; una marcha que puede resultar visiblemente atípica.
- Motricidad fina: escritura a mano lenta o poco legible —que puede no reflejar en absoluto la capacidad intelectual real de la persona—, dificultad para manejar cubiertos, abrochar botones, subir cremalleras, atarse los cordones o manipular objetos pequeños.
- Planificación motora (praxis): dificultad para secuenciar movimientos nuevos o imitar gestos con significado. Un estudio de Kilroy y colaboradores (2022, Autism Research) encontró que las personas autistas tenían más dificultad que las personas con dispraxia «pura» precisamente en esta imitación gestual —por ejemplo, reproducir el gesto de decir adiós o de martillar—, lo que sugiere que en el autismo hay algo más que un problema de coordinación básica.
El coste emocional de una torpeza que nadie explica
Un estudio cualitativo de Gowen, Earley, Waheed y Poliakoff (2023, PLOS ONE), con 17 adultos autistas de entre 19 y 67 años, retrata con crudeza lo que supone vivir con estas dificultades sin que nadie les ponga nombre. Una participante se describió a sí misma como «un desastre torpe andante»; otra, tras recibir el diagnóstico de autismo, consiguió reencuadrarlo como «una parte fundamental de mi carácter». Entre los hallazgos del estudio:
- Relaciones tensionadas por la frustración de otras personas ante la torpeza percibida.
- Exclusión de actividades deportivas y sociales, y burlas o acoso por la forma de caminar o de moverse.
- Vergüenza, ansiedad por la propia seguridad física y, en un caso extremo relatado en el estudio, diez años de aislamiento casi total como consecuencia combinada de las dificultades motoras y sociales.
- Un cansancio real: coordinar el propio cuerpo exige, para muchas personas autistas, un esfuerzo mental consciente que resulta agotador y que limita cuánta actividad física pueden sostener en un día.
A esto se suma un problema estructural: como la coordinación motora no forma parte de los criterios diagnósticos del autismo, rara vez se evalúa en las consultas, y la torpeza se interpreta socialmente como pereza, desinterés por el deporte o simple mala suerte, en lugar de como lo que es: una diferencia neurológica real que responde a intervención específica.
Qué ayuda de verdad
La terapia ocupacional y la fisioterapia siguen siendo la base del abordaje, aunque la investigación sobre su eficacia específica en el perfil motor autista sigue siendo un área activa. Dos enfoques concretos cuentan con evidencia creciente:
- CO-OP (Cognitive Orientation to daily Occupational Performance): en lugar de práctica repetitiva pasiva, la persona elige objetivos motores funcionales concretos —atarse los cordones, montar en bici— y aprende una estrategia de resolución de problemas («objetivo, plan, hacer, comprobar») que puede aplicar a cualquier tarea motora nueva. Existen ya estudios específicos sobre su aplicación en niños autistas con dispraxia comórbida.
- Integración sensorial: un enfoque de terapia ocupacional que trabaja el procesamiento sensorial de base sobre el que se apoya después el movimiento coordinado.
En el día a día, pequeñas adaptaciones prácticas marcan una diferencia real: cierres de velcro o botones con elástico en lugar de ojales, cubiertos ergonómicos, protectores de plato para estabilizar la comida, actividades de motricidad gruesa que resultan además motivadoras como la cama elástica, la natación o los juegos con balones grandes, y actividades de motricidad fina como la plastilina, los ensartables o el uso de palillos chinos. El yoga o el pilates pueden ayudar además con la estabilidad del tronco, la base sobre la que se sostiene buena parte del resto del movimiento.
Nombrar la dificultad para poder apoyarla
Si una persona autista —niña o adulta— arrastra desde siempre una torpeza motora que le genera vergüenza, exclusión o cansancio, merece la pena plantear una evaluación específica de dispraxia o trastorno de coordinación motora, en lugar de dar por hecho que «así es ella» o que «ya se le pasará». No es un rasgo de personalidad ni una cuestión de esfuerzo: es una condición neurológica bien descrita, con nombre propio, con apoyos que funcionan y con un coste emocional que se puede aliviar bastante en cuanto se le pone nombre.