Ya sabemos, porque lo hemos tratado en este portal, que las mujeres autistas suelen recibir su diagnóstico más tarde y de forma distinta a los hombres, y que el enmascaramiento tiene mucho que ver en ello. Pero hay un error diagnóstico concreto, con nombre propio, que empieza a documentarse con más detalle en la investigación reciente: a muchas mujeres autistas se les diagnostica trastorno límite de la personalidad (TLP) en lugar de autismo, y ese error puede tener consecuencias que se prolongan durante años.
Dos diagnósticos que, desde fuera, pueden parecerse
El trastorno límite de la personalidad se caracteriza por inestabilidad emocional intensa, miedo a sentirse abandonada, relaciones interpersonales muy intensas y cambiantes, impulsividad y, en ocasiones, autolesiones. Algunas de estas manifestaciones —la desregulación emocional, las dificultades en las relaciones sociales, ciertas conductas impulsivas— pueden parecerse, en una consulta breve, a lo que vive una mujer autista que está desbordada por la sobrecarga sensorial o social, o que arrastra un cansancio crónico por el enmascaramiento sostenido.
La diferencia está en el origen. En el autismo, esa desregulación suele nacer de una sobrecarga sensorial o social concreta, de dificultades de comunicación o de agotamiento por el esfuerzo de encajar; en el TLP, suele estar ligada al miedo al abandono y a una identidad inestable que se reorganiza en función de la relación del momento. Son mecanismos distintos que, vistos desde fuera y sin una evaluación específica del neurodesarrollo, pueden confundirse con facilidad.
Lo que cuentan las personas que vivieron ese error: el estudio de Sussex
En septiembre de 2024, un equipo de la Brighton and Sussex Medical School —con Bruce Tamilson como autor principal, Sebastian Shaw como investigador principal y Jessica Eccles entre los autores— publicó en la revista Autism un estudio cualitativo basado en entrevistas en profundidad con 10 personas autistas que habían sido diagnosticadas previamente con TLP. El objetivo era sencillo y, a la vez, poco habitual en la investigación sobre autismo: escuchar directamente la experiencia de quienes vivieron el error.
Algunos de los hallazgos más relevantes:
- Los participantes identificaban, en retrospectiva, rasgos autistas de la infancia que nadie había detectado ni investigado en su momento.
- La etiqueta de TLP trajo consigo estigma y lo que los autores llaman eclipsamiento diagnóstico: una vez puesta esa etiqueta, otras necesidades reales quedaron desatendidas.
- Algunos tratamientos recibidos para el TLP —centrados en reducir conductas que en realidad eran estrategias de afrontamiento autista— fomentaban el enmascaramiento, y los participantes lo vivieron como dañino, no como ayuda.
- Describieron sentirse con poca capacidad para cuestionar un diagnóstico que intuían equivocado, y encontraron barreras importantes para conseguir una evaluación de autismo después de haber recibido ya la etiqueta de TLP.
- Recibir finalmente un diagnóstico de autismo se describió como un punto de inflexión que mejoró su salud mental y su bienestar.
Uno de los matices que señalan los propios autores es especialmente revelador: el estigma del autismo tiende a cuestionar la competencia de la persona, mientras que el estigma del TLP transmite la idea de que la persona está «rota» o es potencialmente peligrosa para quienes la rodean. Son dos cargas muy distintas de llevar.
Por qué el riesgo parece mayor en mujeres y niñas
Unos meses más tarde, en diciembre de 2024, la revista Autism in Adulthood publicó un análisis conceptual centrado específicamente en por qué este error diagnóstico parece afectar de forma desproporcionada a mujeres y niñas autistas. Sus planteamientos centrales:
- El autismo sin discapacidad intelectual asociada ya se diagnostica más tarde y con más dificultad en niñas y mujeres que en niños y hombres —algo que este portal ya ha tratado desde otros ángulos.
- Los propios autores señalan que la «confusión con rasgos o diagnóstico de TLP puede ser particularmente frecuente» en esta población.
- El enmascaramiento oculta rasgos autistas y cambia cómo se presenta el autismo en la consulta clínica, lo que retrasa la derivación a una evaluación adecuada.
- Proponen que existe un sesgo de género en ambas direcciones: así como el autismo tiende a infradiagnosticarse en mujeres, el TLP tiende a sobrediagnosticarse en ellas —dos sesgos que, combinados, aumentan la probabilidad del error.
- Insisten en que los profesionales de salud mental deberían recoger siempre una historia del neurodesarrollo completa, porque una presentación que solo se hace visible en la adolescencia o la adultez puede estar escondiendo diferencias autistas presentes desde mucho antes.
Los propios autores también recuerdan algo importante: cuanto más tarde llega el diagnóstico correcto de autismo, más problemas de salud mental suele acumular la persona en el camino. Reducir este tipo de error diagnóstico, por tanto, no es solo una cuestión de precisión clínica, sino de bienestar real.
Por qué esta distinción importa más allá de la etiqueta
El tratamiento estándar para el TLP suele incluir terapias centradas en la exposición social sostenida, la tolerancia al malestar en contextos interpersonales intensos y, en ocasiones, objetivos terapéuticos que —sin pretenderlo— refuerzan el enmascaramiento: «sonreír más», «mantener más contacto visual», «tolerar mejor» situaciones que, para una persona autista, son genuinamente agotadoras a nivel sensorial o social, no solo incómodas a nivel emocional. Si la causa real del malestar es la sobrecarga autista y no el miedo al abandono, ese tipo de intervención puede empeorar el agotamiento en lugar de aliviarlo, por mucho que a corto plazo parezca «funcionar» porque la persona aprende a disimular mejor.
Qué puede ayudar a sospechar que hay un error
Ninguna de estas señales sirve como diagnóstico por sí sola —eso solo puede establecerlo una evaluación profesional—, pero la investigación apunta a algunas pistas que conviene poner sobre la mesa en una revisión diagnóstica:
- Existencia de intereses intensos y sostenidos en el tiempo, más que cambios abruptos de identidad o de intereses en función de la relación del momento.
- Historia de dificultades sensoriales o sociales ya presentes en la infancia, aunque no se hubieran identificado como tales entonces.
- Episodios de colapso (meltdown) o bloqueo (shutdown) claramente ligados a sobrecarga sensorial o social concreta, más que a miedo al abandono o a conflictos relacionales.
- Una sensación, muchas veces descrita por las propias personas, de que el tratamiento recibido «no encaja» con lo que realmente están viviendo, por mucho que los síntomas superficiales parezcan coincidir con los descritos en las guías clínicas.
Qué hacer si se sospecha un diagnóstico equivocado
Si una mujer diagnosticada con TLP, o su entorno cercano, sospecha que el autismo podría explicar mejor lo que vive, lo más recomendable es buscar una segunda valoración con profesionales que tengan formación específica en la presentación del autismo en la edad adulta y en mujeres, y plantear explícitamente esa duda, aportando la historia de desarrollo desde la infancia siempre que sea posible. No se trata de descartar que alguien pueda tener ambas condiciones a la vez —ocurre, y también está documentado—, sino de asegurarse de que ninguna de las dos quede sin nombrar ni sin el abordaje que realmente necesita. Como resumía uno de los investigadores del estudio de Sussex, este tipo de error diagnóstico es prevenible con la formación y el cribado adecuados, y detectarlo a tiempo puede cambiar por completo el rumbo de una vida.