Pocos temas relacionados con las causas del autismo generan tanta inquietud como este: ¿puede una infección o una fiebre durante el embarazo influir en la probabilidad de que el bebé sea autista? Es una pregunta legítima desde el punto de vista científico, que lleva más de una década investigándose bajo el nombre de «activación inmune materna». Pero es también un tema que, mal explicado, puede generar una culpa completamente injustificada en madres que simplemente tuvieron un resfriado, una gripe o una infección urinaria como las que tiene cualquier persona embarazada. Por eso este artículo no se queda solo en el primer estudio que suele citarse, sino que incluye el matiz más importante y más reciente: una investigación de 2022 que pone en duda que la relación sea, en realidad, de causa y efecto.
El estudio danés que encendió la pregunta
La investigación de referencia es la de Hjördis Atladóttir y su equipo, publicada en 2010 en el Journal of Autism and Developmental Disorders, basada en el registro nacional de nacimientos de Dinamarca: una cohorte de más de 1,6 millones de niños nacidos entre 1980 y 2005, de los cuales algo más de 10.000 recibieron un diagnóstico de autismo. Al analizar si las madres habían tenido infecciones durante el embarazo que requirieron hospitalización, el equipo encontró resultados mixtos y, sobre todo, matizados: considerando cualquier infección a lo largo de todo el embarazo, el riesgo ajustado no aumentaba de forma estadísticamente significativa. Donde sí aparecieron asociaciones fue en ventanas temporales más concretas: una infección viral durante el primer trimestre se asoció a un riesgo multiplicado por unas 3 veces, aunque ese resultado se basaba en un número muy pequeño de niños (solo 6 casos expuestos), y una infección bacteriana durante el segundo trimestre se asoció a un aumento de riesgo más moderado, de alrededor de un 40%. Los propios autores calificaron su estudio de «exploratorio», señalaron que no habían corregido estadísticamente el análisis por el hecho de probar muchas comparaciones distintas (lo que aumenta la probabilidad de encontrar algún resultado positivo por azar) y, sobre todo, no afirmaron en ningún momento que la infección causara el autismo.
¿Qué es la «activación inmune materna» y de dónde viene la hipótesis?
La hipótesis detrás de estos estudios tiene una base biológica concreta, construida principalmente a partir de modelos animales. Cuando una persona tiene una infección o fiebre, su sistema inmunitario libera mensajeros químicos llamados citocinas —entre ellas la interleucina 6 (IL-6) y la interleucina 17A (IL-17A)— para combatir el patógeno. En estudios con ratones gestantes, realizados sobre todo por el equipo de Paul Patterson y Craig Powell en la Caltech y posteriormente ampliados por otros laboratorios, se ha observado que estas citocinas pueden atravesar la placenta y alterar el desarrollo del cerebro fetal, dando lugar a crías con comportamientos que los investigadores interpretan como análogos a rasgos autistas (alteraciones en la comunicación social y conductas repetitivas). Es una hipótesis mecanicista plausible y bien documentada en animales, pero trasladar hallazgos de ratones a humanos tiene limitaciones reconocidas por la propia comunidad científica: la gestación humana, el sistema inmunitario humano y el desarrollo cerebral humano son mucho más complejos, y lo que se observa en un laboratorio con ratones genéticamente homogéneos no se traduce de forma automática ni proporcional a la población humana, mucho más diversa.
El matiz que cambia la interpretación: el estudio sueco de 2022
Aquí está el dato más importante de todo este artículo, y el que con más frecuencia se omite cuando se habla de este tema. En 2022, un equipo liderado por Martin Brynge, del Instituto Karolinska en Suecia, publicó en The Lancet Psychiatry un estudio con el registro de casi 550.000 niños suecos que puso a prueba precisamente esta cuestión, pero con un diseño más sofisticado: en lugar de limitarse a comparar madres con y sin infección, el equipo también comparó entre hermanos de la misma familia (algunos expuestos a una infección materna durante el embarazo y otros no), lo que permite controlar mejor factores genéticos y ambientales compartidos dentro de una misma familia. El resultado fue contundente: cuando se controlaban esos factores compartidos, la asociación entre infección materna y autismo prácticamente desaparecía. La interpretación de los propios autores, en palabras textuales de su estudio, es que «las infecciones comunes durante el embarazo no parecen aumentar el riesgo de autismo de sus hijos», y que la asociación observada en estudios anteriores probablemente se explica, al menos en parte, por una predisposición genética compartida: hay variantes genéticas que, al mismo tiempo, aumentan ligeramente la probabilidad de autismo o discapacidad intelectual en el niño y hacen a la madre algo más susceptible a infecciones más graves durante el embarazo. En otras palabras: no sería que la infección «causa» el autismo, sino que un trasfondo genético compartido podría explicar ambas cosas a la vez.
Por qué una fiebre o infección en el embarazo no debe generar culpa
Con esta información conviene ser muy claros, porque las implicaciones prácticas para cualquier madre que lea esto son tranquilizadoras:
- Las infecciones durante el embarazo son extremadamente comunes. Resfriados, gripes, infecciones urinarias o gastroenteritis afectan a una gran parte de los embarazos, y la inmensísima mayoría de esos embarazos no terminan en un diagnóstico de autismo.
- El estudio con el diseño metodológico más robusto hasta la fecha (Brynge et al. 2022) concluye que la asociación probablemente no es causal, sino explicada por factores genéticos compartidos entre madre e hijo.
- Los propios autores de ese estudio señalan explícitamente que prevenir infecciones maternas probablemente no reduciría la prevalencia de autismo, lo cual es una forma directa de decir que no hay nada que una madre «debería haber hecho distinto».
- El autismo tiene un origen multifactorial, con un componente genético muy importante y bien establecido, que no depende de decisiones ni de eventos puntuales durante el embarazo.
Qué sabemos con más certeza sobre el origen del autismo
Frente a hipótesis como esta, que siguen siendo objeto de investigación activa y matización, lo que la ciencia tiene mejor establecido es que el autismo tiene una heredabilidad muy alta (estimada entre el 60% y el 90% en estudios de gemelos y de familias), es decir, que la genética explica la gran mayoría de la variación en quién es o no autista dentro de una población. Esto no significa que exista «un gen del autismo»: se trata de la combinación de cientos de variantes genéticas, comunes y raras, que interactúan entre sí y con factores del desarrollo prenatal de forma todavía no completamente comprendida. Investigaciones como la de la activación inmune materna son valiosas precisamente porque ayudan a entender mejor esa complejidad, no porque señalen a las madres como responsables de algo que, según la evidencia más sólida disponible, muy probablemente no estuvo en sus manos cambiar.