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🧩 Autismo y salud

La retina como ventana al cerebro: lo que revela un examen ocular sobre el autismo

Un estudio reciente con tomografía de coherencia óptica (OCT) encontró diferencias en el grosor de la retina de adultos autistas. Qué significa este hallazgo y qué limitaciones tiene todavía.

La retina no es, estrictamente hablando, un órgano aparte del cerebro. Desde el punto de vista embriológico, se forma a partir del mismo tejido que dará lugar al sistema nervioso central, y por eso algunos investigadores la describen como «una extensión visible del cerebro». Esa idea, que suena casi poética, está detrás de una línea de investigación reciente que explora algo muy concreto: ¿puede un examen ocular no invasivo revelar diferencias estructurales relacionadas con el autismo?

Qué es la tomografía de coherencia óptica (OCT)

La tomografía de coherencia óptica, conocida por sus siglas en inglés, OCT, es una técnica de imagen que ya se usa de forma habitual en oftalmología para diagnosticar enfermedades como el glaucoma o la degeneración macular. Funciona de forma parecida a una ecografía, pero con luz en lugar de sonido, y permite obtener imágenes de alta resolución de las distintas capas de la retina, midiendo su grosor con precisión micrométrica. Es rápida, no invasiva, no requiere sedación y ya existe en cualquier consulta de oftalmología mínimamente equipada, lo que la convierte en una herramienta especialmente atractiva si llegara a tener valor como posible biomarcador.

El hallazgo: una retina interna más gruesa en adultos autistas

En mayo de 2025, Montazeri, Liu y Emani-Naeini publicaron en la revista Ophthalmology Science un estudio de casos y controles que comparó 80 ojos de personas adultas autistas con 160 ojos de personas neurotípicas emparejadas por edad. Se excluyó deliberadamente a cualquier participante con enfermedad neurodegenerativa, patología del nervio óptico, trastornos retinianos propios, cirugía de glaucoma previa, errores de refracción muy altos o presión intraocular fuera del rango normal, precisamente para aislar lo que pudiera estar relacionado específicamente con el autismo.

El resultado principal: los adultos autistas presentaban un grosor significativamente mayor en varias capas de la retina interna —la capa de fibras nerviosas, la capa plexiforme interna y la capa nuclear interna— en comparación con el grupo de control. No se encontraron diferencias relevantes en el volumen cerebral total entre ambos grupos, lo que sitúa el hallazgo como algo específico de la retina y no simplemente un reflejo de «cerebros más grandes» en general.

Qué relación tiene este grosor con el cerebro

Lo más interesante del estudio no es solo que la retina fuera más gruesa, sino cómo se relacionaba con otras estructuras cerebrales medidas por resonancia magnética en los mismos participantes:

  • El grosor de la retina interna se correlacionó positivamente con el volumen cerebral total y con el cuerpo calloso posterior.
  • Se correlacionó negativamente con el volumen del hipocampo y del giro temporal inferior.
  • El grosor de la retina interna, en conjunto, no se relacionó con la presencia de discapacidad intelectual. Sin embargo, una capa distinta —el segmento interno de los fotorreceptores, más fina en el grupo autista— sí se asoció con una mayor probabilidad de discapacidad intelectual.

Estas correlaciones no prueban causalidad ni explican el mecanismo exacto, pero sugieren que lo que ocurre en la retina no es un hallazgo aislado, sino que guarda relación con la forma en que se ha desarrollado el cerebro en su conjunto.

Una pista distinta a otras ya conocidas, no una repetición

Vale la pena situar este hallazgo junto a otras pistas biológicas que ya se han tratado en este portal, porque a primera vista podrían parecer lo mismo y no lo son. El sobrecrecimiento cerebral temprano que detectan los estudios de resonancia magnética y perímetro cefálico mide el tamaño del cerebro desde fuera, en la primera infancia. La activación microglial observada en tejido cerebral post mortem mide inflamación directamente en el cerebro, pero solo puede estudiarse después de la muerte. El hallazgo retiniano es distinto en un aspecto clave: se mide con un examen no invasivo, en personas vivas, en la edad adulta, usando un tejido accesible desde fuera del cráneo. Es, en cierto modo, un nuevo ángulo para asomarse a procesos que hasta ahora solo podían estudiarse de forma indirecta o post mortem.

Los propios autores proponen que el engrosamiento retiniano podría reflejar procesos de neuroinflamación —como la activación de células gliales—, anomalías vasculares o un desarrollo neurológico atípico, y mencionan explícitamente que estudios previos ya habían descrito un crecimiento cerebral acelerado en la primera infancia en autismo. Pero son cautos: lo plantean como hipótesis, no como explicación confirmada, y reconocen que las correlaciones entre retina y cerebro son complejas y necesitan más investigación para aclarar el mecanismo real, especialmente en los distintos subgrupos dentro del espectro.

¿Podría usarse algún día como herramienta diagnóstica?

Es la pregunta que surge de inmediato, y conviene responderla con la misma cautela que mantienen los propios investigadores. Los autores del estudio sugieren que la OCT podría llegar a ser, en el futuro, un complemento no invasivo útil junto a las herramientas diagnósticas ya existentes. Pero lo plantean como una posibilidad a explorar, no como algo disponible hoy. No existe, de momento, ningún criterio de grosor retiniano que permita diagnosticar autismo, ni ninguna sociedad científica lo recomienda con ese fin. Un examen ocular no sustituye, ni de lejos, a una evaluación conductual y del desarrollo realizada por profesionales especializados, que sigue siendo la única vía de diagnóstico reconocida.

Las limitaciones que hay que tener presentes

Como ocurre con buena parte de la investigación biológica sobre autismo, este hallazgo pide prudencia antes que entusiasmo:

  • La muestra —80 ojos autistas frente a 160 de control— es relativamente pequeña para un hallazgo que se quiere generalizar a todo el espectro.
  • El estudio se centró en población adulta; no sabemos todavía si el mismo patrón aparece en la infancia, cuándo empieza a manifestarse ni si se mantiene estable con la edad.
  • El mecanismo biológico sigue siendo una hipótesis, no una explicación demostrada.
  • Como con cualquier hallazgo basado en correlaciones cerebro-retina, hace falta que estudios independientes repliquen el resultado antes de darle un peso clínico real.

Qué significa esto, hoy, para las familias y las personas autistas

En términos prácticos, todavía nada cambia: no hay ningún examen ocular que sustituya a la valoración diagnóstica actual, ni se recomienda buscar uno por cuenta propia con fines diagnósticos. Lo que aporta este tipo de investigación es, sobre todo, una pieza más dentro de un rompecabezas biológico todavía incompleto: una forma más de mirar al autismo como algo con una base neurológica medible, en este caso a través de un tejido tan accesible y tan poco invasivo como la retina. Si en los próximos años la evidencia se confirma y se amplía a muestras más grandes y a otras edades, podríamos tener, por primera vez, un complemento objetivo y sencillo de aplicar junto a la evaluación conductual tradicional. Por ahora, es ciencia prometedora, no una herramienta lista para usarse.

Autismo

Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.