Pocos suplementos generan tanta expectativa entre familias de personas autistas como la vitamina D. Se vende como cápsulas, gotas, jarabes «para el autismo»; circulan testimonios de mejoras espectaculares; y durante años se citó un estudio científico muy concreto como prueba de que funcionaba. El problema es que ese estudio, el más citado de todos, fue retirado por la propia revista que lo publicó al descubrirse que sus datos no eran fiables. Es una historia que merece contarse completa, porque ilustra muy bien cómo distinguir una promesa de una evidencia real.
Por qué se empezó a sospechar de la vitamina D
La hipótesis no surgió de la nada. La vitamina D no actúa solo sobre los huesos: sus receptores están presentes también en tejido cerebral, incluidas zonas implicadas en el neurodesarrollo, y participa en procesos como la diferenciación neuronal. A esto se suma que varios estudios observacionales han encontrado niveles de vitamina D en sangre más bajos en niños autistas que en niños con desarrollo típico.
Ahora bien, esos estudios son transversales: miden el nivel de vitamina D en un momento dado y lo comparan entre grupos, pero no pueden establecer qué es causa y qué es consecuencia. Una selectividad alimentaria marcada, pasar menos tiempo al aire libre o ciertos patrones de juego podrían explicar unos niveles más bajos sin que la vitamina D tenga ningún papel causal en el autismo en sí. Esa ambigüedad es precisamente la que un buen ensayo clínico aleatorizado está diseñado para resolver.
El estudio que iba a cambiarlo todo (y que no resultó ser fiable)
En 2016, un equipo liderado por Khaled Saad publicó en la revista Journal of Child Psychology and Psychiatry un ensayo con 109 niños autistas a los que se administró vitamina D3 en dosis altas durante cuatro meses, frente a placebo. El estudio reportó mejoras significativas en las escalas de síntomas de autismo del grupo tratado, y se presentó como el primer ensayo doble ciego que demostraba eficacia. Tuvo una enorme repercusión mediática y se convirtió, durante varios años, en la referencia principal para quienes recomendaban vitamina D como tratamiento.
Tras la publicación de una carta de otros investigadores señalando estadísticas no reportadas e inconsistencias, la propia revista pidió a los autores los datos originales. Los autores respondieron que la base de datos electrónica se había perdido en un corte de suministro informático, y solo pudieron entregar 95 de las 120 hojas de datos en papel, porque uno de los centros del estudio había cerrado. Al reanalizar esas 95 hojas, los editores encontraron diferencias importantes respecto a las medias y desviaciones típicas publicadas, además de datos faltantes no declarados previamente e irregularidades en los registros. La revista concluyó que ya «no tenía confianza en los hallazgos» y retiró formalmente el artículo en 2019, siguiendo las directrices del Committee on Publication Ethics (COPE) y de la propia editorial, Wiley.
¿Qué evidencia sólida queda en pie, entonces?
Con el estudio de Saad descartado, la referencia más relevante que sigue vigente es un análisis secundario del ensayo VIDOMA, realizado en Nueva Zelanda por el equipo de Mazahery y publicado en 2019 en Prostaglandins, Leukotrienes and Essential Fatty Acids. Fue un ensayo aleatorizado, doble ciego y controlado con placebo, de 12 meses de duración, en niños autistas de entre 2,5 y 8 años, con cuatro grupos: placebo, vitamina D (2.000 UI al día), omega-3 (722 mg diarios de DHA) y la combinación de ambos.
De los 111 niños que empezaron, completaron el estudio 73 (un 66%). Usando la Aberrant Behavior Checklist como medida principal, la irritabilidad mejoró más en el grupo de omega-3 y en el de vitamina D que en el placebo; la hiperactividad mejoró de forma significativa solo en el grupo de vitamina D sola, no en el de omega-3 ni en el combinado. Los niveles de vitamina D en sangre subieron de forma consistente con la dosis administrada, lo que respalda que la adherencia al tratamiento fue buena.
Es un resultado interesante, pero conviene leerlo con la misma cautela que piden los propios autores: los grupos finales eran pequeños (entre 15 y 23 niños cada uno), una tercera parte de los participantes abandonó el estudio, y se trata de un análisis secundario de un ensayo diseñado originalmente para otra cosa. Es evidencia preliminar, no una recomendación clínica establecida.
Una pregunta distinta: la vitamina D durante el embarazo
Aparte de la suplementación en niños ya diagnosticados, existe una línea de investigación separada sobre los niveles de vitamina D de la madre durante el embarazo y el riesgo de autismo en el hijo. Algunos estudios observacionales han encontrado una asociación entre deficiencia materna de vitamina D y mayor riesgo de autismo, pero los resultados son menos consistentes que en otras áreas de la nutrición prenatal, y de nuevo se trata de estudios observacionales que no pueden demostrar causalidad por sí solos. Es una pregunta de investigación activa, no una conclusión cerrada.
Lo que dicen las revisiones sistemáticas cuando se junta todo
Cuando distintos equipos han intentado reunir todos los ensayos clínicos disponibles sobre vitamina D y autismo en revisiones sistemáticas y metaanálisis, la conclusión habitual es parecida: hay pocos ensayos aleatorizados de calidad, con muestras pequeñas, dosis y duraciones muy distintas entre sí, y un riesgo de sesgo considerable en varios de ellos. Algunas revisiones encuentran un beneficio promedio modesto en determinadas escalas de conducta al combinar los estudios disponibles, pero casi todas coinciden en pedir ensayos más grandes, mejor diseñados y replicados de forma independiente antes de poder recomendar la vitamina D como tratamiento del autismo en sí. El episodio de la retractación de Saad es, además, un recordatorio concreto de por qué conviene mirar más allá de un titular o de un único estudio llamativo.
Qué puede hacer una familia con esta información
- La deficiencia de vitamina D es frecuente en la población infantil en general, autista o no, sobre todo con poca exposición solar o dietas muy restringidas; pedir al pediatra un análisis de los niveles es razonable y de bajo riesgo.
- Si hay una deficiencia confirmada, suplementar con la dosis que indique el pediatra es una recomendación pediátrica estándar, independiente del autismo, no un «tratamiento del autismo».
- Conviene evitar dosis altas por cuenta propia: la vitamina D es liposoluble y se acumula en el cuerpo, con riesgo real de toxicidad si se toma en exceso sin supervisión médica.
- Ante cualquier estudio que promete resultados espectaculares, merece la pena preguntar si se ha replicado en otros equipos independientes, y no solo fiarse del titular.
La vitamina D probablemente no es ni el fraude inútil que algunos querrían ver tras la retractación, ni el tratamiento revolucionario que prometía el titular de 2016. Es, por ahora, un suplemento razonable para corregir una carencia frecuente, con alguna evidencia preliminar de que podría ayudar algo con la irritabilidad o la hiperactividad en ciertos niños, y ninguna evidencia sólida de que trate el autismo en su núcleo. Esa distinción, aunque menos vendible, es la que de verdad importa.