Cuando se habla de señales tempranas de autismo, suele pensarse en hitos muy concretos: si el bebé balbucea, si responde a su nombre, si gatea a tiempo. Pero hay otra vía de investigación, menos conocida fuera de los círculos académicos, que se fija en algo más difícil de medir pero igual de real: el temperamento, es decir, el estilo general con el que un bebé reacciona al mundo que lo rodea. Un estudio con hermanos pequeños de niños autistas encontró diferencias de temperamento detectables ya en los primeros meses de vida.
Por qué estudiar a los hermanos pequeños
Los hermanos menores de niños ya diagnosticados de autismo tienen, en conjunto, una probabilidad más alta que la población general de recibir el mismo diagnóstico. Por eso, desde hace más de veinte años, varios equipos de investigación los siguen de forma prospectiva desde el nacimiento: en lugar de esperar a que aparezcan señales claras hacia los dos o tres años, observan a estos bebés mes a mes para detectar en qué momento y de qué forma empiezan a notarse diferencias con el desarrollo típico.
El estudio: 150 bebés de alto riesgo seguidos desde el nacimiento
Uno de los trabajos de referencia en este campo es el de Lonnie Zwaigenbaum, Susan Bryson, Tasha Rogers, Wendy Roberts, Jessica Brian y Peter Szatmari, publicado en 2005 en la International Journal of Developmental Neuroscience. El equipo siguió a 150 hermanos pequeños de niños con un trastorno del espectro autista, de los cuales 65 completaron el seguimiento hasta los 24 meses, comparándolos con un grupo de bebés sin antecedentes familiares de autismo. Usaron una escala observacional específica para conductas propias del autismo en bebés, una prueba computerizada de orientación visual, y medidas estandarizadas de temperamento, desarrollo cognitivo y lenguaje.
A los 6 meses: pasividad y menos actividad
Una de las diferencias que encontró el estudio ya a los 6 meses de edad, en los bebés que más adelante mostrarían signos de autismo, fue una marcada pasividad y un nivel de actividad más bajo de lo esperado para la edad. No se trata de un bebé «problemático» ni especialmente llorón, sino casi lo contrario: un bebé que se mueve, explora y reclama atención con menos intensidad que la media, algo que paradójicamente puede pasar desapercibido precisamente porque no genera preocupación inmediata en el entorno.
Hacia los 12 meses: fijación visual, malestar y menos afecto positivo
El patrón cambiaba conforme avanzaba el primer año. Hacia los 12 meses, el estudio describió en estos mismos bebés una tendencia a fijar la mirada de forma prolongada en objetos concretos del entorno, junto con reacciones de malestar más intensas de lo habitual y una disminución del afecto positivo (sonrisas, expresiones de alegría compartida) en comparación con los demás bebés del estudio. Es decir: el bebé pasa de ser «tranquilo y poco activo» a mostrar un patrón más complejo, con menos emociones positivas visibles y una atención que se queda más tiempo «atascada» en ciertos estímulos.
Otras señales que aparecieron en el mismo estudio
Además del temperamento, el trabajo de Zwaigenbaum y su equipo documentó otras diferencias en el mismo grupo de bebés durante el primer año:
- Contacto visual atípico y dificultad para despegar la mirada de un estímulo hacia otro (lo que los investigadores llaman «latencia de desengagamiento» prolongada).
- Menor respuesta al propio nombre.
- Diferencias en la imitación y en la sonrisa social compartida con el adulto.
- Conductas de tipo sensorial poco habituales para la edad.
- Retraso en el lenguaje tanto comprensivo como expresivo.
Lo interesante de este estudio no es un único marcador aislado, sino el conjunto: una combinación de temperamento, atención visual y comunicación social que, vista en su globalidad, dibuja un patrón de desarrollo distinto ya en el primer año de vida.
En qué se diferencia de las señales motoras y de la atención conjunta ya tratadas en este portal
Este portal ya dedicó un artículo a las señales motoras tempranas del autismo —hipotonía, retraso en hitos motores, el llamado «head lag»— y conviene no confundirlas con lo que describe este estudio. Las señales motoras tienen que ver con el cuerpo: el tono muscular, el control de la cabeza, la forma de moverse. El temperamento, en cambio, tiene que ver con el estilo conductual y emocional del bebé: cuánto se activa, cómo reacciona al malestar, cuánto afecto positivo muestra. Tampoco debe confundirse con la atención conjunta (señalar, mostrar objetos, mirar a otras personas para compartir una experiencia), que es un gesto social dirigido a otra persona, mientras que el temperamento es un estilo general de reactividad que puede observarse incluso cuando el bebé está solo. Son líneas de investigación distintas que, de momento, se han estudiado en gran medida por separado, aunque es razonable pensar que todas reflejan, desde ángulos distintos, un desarrollo neurológico que ya está tomando un camino diferente.
Una pista de investigación, no una prueba diagnóstica
Es fundamental leer estos hallazgos con la prudencia que merecen. Un bebé pasivo o poco activo a los 6 meses no es, ni de lejos, sinónimo de autismo: la inmensa mayoría de los bebés tranquilos tienen un desarrollo completamente típico, y el temperamento infantil varía enormemente de un niño a otro sin que eso signifique nada en absoluto. Este tipo de estudios no están pensados para que las familias diagnostiquen a sus hijos observándolos en casa, sino para ayudar a los profesionales de la atención temprana a perfeccionar las herramientas de cribado y a entender mejor cómo se construye, paso a paso, el desarrollo autista desde los primeros meses de vida.
Por qué merece la pena conocer esta investigación
Lo que aporta este estudio es sobre todo una idea de fondo: las diferencias asociadas al autismo no «aparecen» de repente a los dos o tres años, sino que pueden estar presentes, de forma sutil, mucho antes de lo que solemos pensar. Cuantas más piezas de este puzle se conozcan —temperamento, atención conjunta, señales motoras, comunicación—, mejor podrán los profesionales combinarlas para ofrecer una valoración temprana y ajustada a cada niño, en lugar de esperar a que un único signo aislado resulte «suficientemente llamativo» para generar preocupación.