Ya se ha hablado en este portal de los trastornos del sueño en adultos autistas: dificultad para conciliar el sueño, despertares frecuentes, el papel de la melatonina. Pero hay una pregunta distinta, más específica, que la investigación lleva años intentando responder: no solo si las personas autistas duermen peor, sino si su reloj biológico interno —el que decide a qué hora del día el cuerpo «quiere» dormir, despertarse o estar más activo— funciona de forma distinta. La respuesta, con los estudios disponibles hasta ahora, es sorprendentemente menos uniforme de lo que cabría esperar.
Qué es el ritmo circadiano y por qué es distinto de «dormir mal»
El ritmo circadiano es el ciclo de aproximadamente 24 horas que regula, entre otras cosas, la temperatura corporal, la secreción de melatonina, el nivel de alerta y la propensión al sueño a lo largo del día. Una persona puede dormir el número de horas recomendado y aun así tener su reloj biológico desplazado respecto al horario social habitual —por ejemplo, sintiendo sueño de forma natural de madrugada y alerta máxima por la tarde-noche—, lo que en la literatura se llama fase retrasada; o, al contrario, tener el reloj adelantado respecto a lo esperado. Esto se mide de forma objetiva con actigrafía (un sensor de movimiento en la muñeca durante varios días) o con monitorización circadiana ambulatoria, que registra también la temperatura de la piel y la exposición a la luz, y es distinto de simplemente preguntar «¿duermes bien?».
Un estudio: fase retrasada en adultos autistas sin discapacidad intelectual
Elizabeth Baker y Amanda Richdale, de la Universidad La Trobe (Australia), publicaron en 2017 en el Journal of Autism and Developmental Disorders un estudio con 36 adultos autistas sin discapacidad intelectual asociada, comparados con un grupo de control emparejado por edad y sexo. A todos se les pidió completar un cuestionario online, un diario de sueño de 14 días y, de forma simultánea, un registro de actigrafía durante esos mismos 14 días.
El hallazgo central fue que una proporción mayor de adultos autistas cumplía los criterios de un trastorno del ritmo sueño-vigilia, y en concreto el trastorno de fase de sueño retrasada fue especialmente frecuente en este grupo: su reloj biológico tendía a estar desplazado hacia horarios más tardíos de los esperados, tanto para dormirse como para despertar. Los propios autores señalan que el estado laboral y la presencia de ansiedad o depresión asociadas parecían influir también en estos patrones de sueño.
Otro estudio, con una población distinta, encuentra justo lo contrario
Un año después, un equipo español liderado por Pura Ballester y Ana M. Peiró, con la colaboración de la propia Richdale, publicó en Autism Research un estudio con una población muy diferente: 41 adultos autistas con discapacidad intelectual, reclutados en su mayoría a través de asociaciones españolas de autismo, comparados con 51 adultos con desarrollo típico. Aquí la monitorización circadiana ambulatoria durante 7 días mostró, en lugar de un retraso, un adelanto consistente de fase: los marcadores de temperatura corporal y actividad motora de los participantes autistas estaban desplazados hacia horarios más tempranos, con una «zona de mantenimiento de la vigilia» (el momento del día en que es más difícil quedarse dormido) situada hacia las 17:00-18:00h, frente a las 20:00-21:00h del grupo control.
Este grupo también mostró peor eficiencia de sueño (70% frente a 85%), más tiempo para conciliar el sueño (60 frente a 14 minutos de media) y más despertares nocturnos, aunque el tiempo total de sueño no llegó a ser significativamente distinto entre grupos. Los autores señalan como posibles factores explicativos la medicación (la mayoría tomaba antipsicóticos o anticonvulsivos), los horarios institucionales y la exposición a la luz, y advierten de que su herramienta de medición no estaba validada específicamente en autismo y de que el estudio solo cubrió siete días, insuficientes para confirmar con certeza un diagnóstico formal de trastorno circadiano.
¿Por qué resultados tan distintos?
La explicación más probable no es que uno de los dos estudios esté «equivocado», sino que están describiendo poblaciones y contextos distintos:
- Uno estudió a adultos autistas independientes, sin discapacidad intelectual, con sus propios horarios de vida; el otro, a adultos con discapacidad intelectual, en su mayoría vinculados a asociaciones y, en muchos casos, con medicación psiquiátrica relevante.
- Las metodologías de medición fueron distintas (actigrafía estándar frente a monitorización ambulatoria circadiana con temperatura y luz).
- Los horarios y rutinas externas —laborales, familiares o institucionales— pueden empujar el reloj biológico en direcciones opuestas según el entorno de cada persona.
Un tercer estudio, de Emilie Reynaud y su equipo, publicado también en Autism Research en 2022, aporta otra pieza: una encuesta online a 207 adultos autistas y 1.652 adultos de la población general, realizada durante el confinamiento por la COVID-19. Antes del confinamiento, los adultos autistas ya declaraban un punto medio de sueño más tardío y horarios de despertar más irregulares que el grupo de comparación, con una distribución de horas de acostarse que se concentraba, de forma poco habitual, tanto en extremos muy tempranos como muy tardíos. Al tratarse de un cuestionario no validado y de autoinforme, sin medición objetiva, sus datos deben leerse como un complemento, no como una prueba definitiva.
Posibles mecanismos biológicos
Ninguno de estos estudios identifica una causa única, pero la literatura que citan apunta a varias vías posibles, todas ellas hipótesis en desarrollo:
- Variantes en los llamados «genes reloj», que regulan el ciclo circadiano a nivel celular.
- Alteraciones en la vía de síntesis de la melatonina, la hormona que señala al cuerpo que es de noche.
- Factores de estilo de vida y de entorno, como el uso de pantallas por la noche o una exposición insuficiente a la luz natural durante el día, que en algunas personas autistas puede ser menor de lo habitual.
Qué puede hacerse con esta información
Más allá de la causa exacta, estos estudios comparten una implicación práctica: para muchos adultos autistas, el problema de sueño no es solo «dormir poco» o «dormir mal», sino que el momento del día en que el cuerpo está preparado para dormir puede no coincidir con los horarios sociales esperados. Esto tiene algunas consecuencias razonables:
- Registrar durante una o dos semanas, con la mayor objetividad posible (una app de seguimiento del sueño o un diario simple), no solo cuántas horas se duerme, sino a qué hora concreta se concilia el sueño y a qué hora se despierta de forma natural, sin alarma.
- Exponerse a luz natural intensa por la mañana y reducir la luz brillante por la noche, una estrategia con buen respaldo general en medicina del sueño para ayudar a sincronizar el reloj biológico, especialmente en casos de fase retrasada.
- Si existe sospecha de un trastorno circadiano (no solo insomnio puntual), consultarlo específicamente con un especialista en sueño, ya que el abordaje no es el mismo que el de un insomnio convencional: puede incluir cronoterapia o melatonina administrada en el momento preciso del ciclo, no a cualquier hora.
Conclusión
La investigación disponible no permite afirmar que exista «un» patrón circadiano característico del autismo: lo que muestra es que el reloj biológico puede estar desajustado, y que la dirección de ese desajuste —hacia fases más tardías o más tempranas— parece depender en buena medida de quién se estudia y en qué contexto. Para una persona autista o su familia, el mensaje práctico es el mismo en ambos casos: si los problemas de sueño persisten a pesar de buenos hábitos generales, merece la pena preguntarse no solo cuánto se duerme, sino cuándo quiere dormir el propio cuerpo, porque esa pregunta concreta a menudo se queda sin hacer.