«Las personas autistas no tienen empatía» es, probablemente, uno de los mitos más extendidos y más dañinos sobre el autismo. Se repite tanto que ha llegado a colarse en representaciones populares, en comentarios cotidianos e incluso, durante décadas, en parte de la literatura científica. Y sin embargo, la investigación de los últimos años —en particular el trabajo del sociólogo autista británico Damian Milton— ha ido desmontando esta idea desde una perspectiva mucho más precisa: no es que falte empatía, es que la comunicación entre personas autistas y no autistas falla en ambas direcciones. A esto se le llama el problema de la doble empatía.
Comprender esta teoría cambia por completo el enfoque: deja de poner el «problema» únicamente sobre la persona autista y lo sitúa donde en realidad ocurre, en el desajuste entre dos formas distintas de comunicarse y de experimentar el mundo.
De dónde viene la idea de que el autismo implica falta de empatía
Durante mucho tiempo, la investigación sobre autismo se apoyó en modelos centrados en el «déficit»: se observaba que las personas autistas tenían dificultades para predecir o interpretar los estados mentales de los demás —lo que en psicología se conoce como teoría de la mente— y se concluía que esa dificultad era, en esencia, un fallo de empatía. El problema de este razonamiento es que toda la observación se hacía desde un único punto de vista: el de cómo la persona autista interpretaba a personas no autistas, nunca al revés. Nadie preguntaba si las personas no autistas eran igual de capaces de interpretar correctamente a las personas autistas.
La propuesta de Damian Milton
En 2012, Damian Milton —investigador de la Universidad de Kent y él mismo autista— formuló el problema de la doble empatía. Su planteamiento central es sencillo de enunciar y profundo en sus implicaciones: cuando dos personas experimentan el mundo de forma muy distinta, a ambas les cuesta ponerse en el lugar de la otra. No es un fallo unidireccional de la persona autista hacia la persona neurotípica, sino una desconexión mutua, en la que ninguna de las dos partes es «la que falla» por sí sola.
Dicho de otro modo: cuando una persona autista y una persona no autista intentan comunicarse, ambas hacen suposiciones sobre lo que la otra piensa, siente o necesita basándose en su propio marco de referencia, que resulta ser diferente al del otro. El malentendido, en este marco, no nace de una carencia de una de las dos partes, sino del choque entre dos estilos de comunicación igualmente válidos.
Lo que dicen los estudios
Esta idea no se sostiene solo como teoría: hay investigación que la respalda de forma bastante directa. Uno de los hallazgos más citados en este campo muestra que, cuando se pone a personas no autistas a intentar interpretar los estados mentales o las intenciones de personas autistas —a partir de vídeos, expresiones o relatos—, su capacidad de acierto es notablemente peor que cuando interpretan a otras personas no autistas. Es decir: el fallo de interpretación no es exclusivo de la persona autista, ocurre exactamente igual en la dirección contraria.
Otro tipo de estudios se ha centrado en algo más cotidiano: el «rapport», esa sensación de conexión y fluidez que se genera al hablar con alguien. Investigaciones que compararon grupos formados exclusivamente por personas autistas, grupos mixtos y grupos exclusivamente no autistas encontraron un patrón revelador: los grupos formados solo por personas autistas mostraron niveles de conexión y comodidad social comparables —o incluso superiores— a los grupos solo de personas no autistas. Los grupos mixtos, en cambio, fueron los que peor rapport registraron. Esto encaja mal con la idea de que la dificultad social es un rasgo fijo e interno de la persona autista: si lo fuera, debería manifestarse igual da con quién interactúe. Lo que sugiere la evidencia es más bien que la dificultad aparece específicamente en el cruce entre estilos comunicativos distintos.
Empatía cognitiva y empatía afectiva: por qué conviene distinguirlas
Parte de la confusión histórica sobre «falta de empatía» viene de mezclar dos capacidades que son distintas:
- Empatía cognitiva: la capacidad de inferir o deducir lo que otra persona piensa o siente a partir de señales indirectas —expresión facial, tono de voz, lenguaje corporal, contexto social implícito—. Es en esta dimensión donde muchas personas autistas pueden encontrar más dificultad, especialmente cuando las señales son sutiles, ambiguas o dependen de normas sociales no explicitadas.
- Empatía afectiva: la capacidad de sentir con la otra persona, de conmoverse genuinamente ante su malestar o su alegría. Numerosos testimonios y parte de la investigación reciente coinciden en que esta dimensión suele estar intacta, y en muchos casos puede llegar a ser especialmente intensa —hasta el punto de resultar abrumadora— en personas autistas.
Confundir ambas dimensiones es lo que ha alimentado el mito: que a alguien le cueste leer una expresión facial ambigua o interpretar un tono de voz sarcástico no significa que no le importe lo que le pasa a la otra persona, ni que sea incapaz de sentir compasión, tristeza compartida o alegría genuina por alguien.
Qué cambia si se entiende la comunicación como bidireccional
Aceptar el problema de la doble empatía tiene consecuencias prácticas, no solo teóricas:
- Cuestiona el «modelo del déficit»: deja de tener sentido plantear la intervención únicamente como «enseñar a la persona autista a comportarse de forma neurotípica», porque el problema nunca fue solo suyo.
- Reparte la responsabilidad de entenderse: si la comunicación falla en ambas direcciones, también corresponde a las personas no autistas —familiares, docentes, compañeros de trabajo, profesionales sanitarios— hacer el esfuerzo de comprender el estilo comunicativo autista, en lugar de esperar que toda la adaptación venga de un solo lado.
- Explica por qué los espacios entre iguales alivian tanto: el hecho de que muchas personas autistas se sientan notablemente más cómodas, entendidas y «fluidas» socialmente cuando están con otras personas autistas no es casualidad ni un efecto secundario menor: es justamente lo que predice esta teoría, y es una de las razones por las que los espacios y comunidades autistas tienen tanto valor.
- Cambia el objetivo terapéutico: en lugar de centrar la intervención en «corregir» el estilo comunicativo autista, el foco puede desplazarse hacia la accesibilidad mutua: encontrar puntos de encuentro, explicitar lo que antes se daba por implícito, y aceptar que hay más de una forma válida de comunicarse.
Una idea que cambia la pregunta, no solo la respuesta
El problema de la doble empatía no niega que existan dificultades de comunicación entre personas autistas y no autistas: las hay, y son reales. Lo que hace es cambiar la pregunta de fondo. En lugar de «¿qué le falta a la persona autista para comunicarse bien?», propone preguntar «¿por qué a dos formas de comunicarse, ambas válidas, les cuesta encontrarse?». Es una diferencia que parece sutil sobre el papel, pero que en la práctica cambia por completo cómo se diseñan los apoyos, cómo se educa sobre autismo y, sobre todo, cómo se trata a las personas autistas: no como alguien a quien le falta algo, sino como alguien que se comunica de un modo distinto, en un mundo que rara vez se ha molestado en aprender a escucharlo.