Cuando se habla de salud física en el autismo adulto, suelen mencionarse la ansiedad, los problemas digestivos o las dificultades de sueño. Hay un riesgo, en cambio, que apenas se menciona y que dos estudios recientes sitúan como mucho más relevante de lo que parece: la fragilidad de los huesos. La osteoporosis —la pérdida de densidad mineral ósea que aumenta el riesgo de fracturas— podría aparecer en personas autistas antes y con más frecuencia de lo esperado para su edad.
Un estudio poblacional con más de 3.500 personas
El dato más sólido proviene de un estudio de 2024 publicado en BJPsych Open por Melissa Hunt, Jennifer F. G. Underwood, Leon Hubbard y Jeremy Hall, que analizó datos clínicos del National Centre for Mental Health de Inglaterra y Gales. El estudio comparó a 813 adultos autistas con 2.781 adultos sin autismo ni enfermedad mental diagnosticada, dentro de un diseño transversal anidado que examinó el riesgo de 28 condiciones médicas distintas.
Sobre el papel, la diferencia en osteoporosis parecía pequeña: un 1,8% de las personas autistas (14 personas) la tenían diagnosticada, frente a un 1,9% del grupo de comparación (54 personas), una diferencia que no era estadísticamente significativa (p=0,722). Pero ahí no termina la historia.
El dato clave: mucho más joven y ya con el mismo riesgo
El grupo autista del estudio tenía una edad media de 33,7 años, frente a los 49,6 años del grupo de comparación: casi 16 años de diferencia. La osteoporosis es una condición que, en la población general, se vuelve mucho más frecuente con la edad, sobre todo a partir de la menopausia en mujeres y entrada la vejez en ambos sexos. Que un grupo mucho más joven iguale la tasa bruta de osteoporosis de un grupo bastante mayor es, en sí mismo, una señal de alarma.
Por eso, cuando el equipo investigador ajustó estadísticamente por edad y sexo, el panorama cambió por completo: la razón de posibilidades (OR) de tener osteoporosis en el grupo autista pasó a ser de 5,16 (intervalo de confianza del 95% entre 2,37 y 11,25; p<0,001). Incluso tras ajustar también por tabaquismo y el uso de antipsicóticos o estabilizadores del ánimo —fármacos que pueden afectar al metabolismo óseo—, la asociación se mantuvo fuerte: OR de 4,66 (IC 95% 1,76-12,33; p=0,002).
Al separar según la presencia de discapacidad intelectual, el riesgo fue mayor en las personas autistas con discapacidad intelectual asociada (OR=29,54, aunque basado en muy pocos casos y con un intervalo de confianza muy amplio) que en quienes no la tenían (OR=3,90; IC 95% 1,41-10,81), aunque en ambos subgrupos el riesgo ajustado fue claramente superior al del grupo de comparación.
No es el único riesgo elevado en este estudio
La osteoporosis no apareció como un hallazgo aislado. De las 28 condiciones físicas analizadas, 16 estaban significativamente elevadas en el grupo autista tras los ajustes estadísticos, entre ellas la artritis reumatoide (OR=4,55), la enfermedad renal (OR=4,96) y las úlceras gástricas (OR=2,37). La migraña apareció en un 33,2% de las personas autistas frente a un 15,5% del grupo de comparación, y el asma en un 33,2% frente a un 16,3%. Esto sitúa el hallazgo sobre los huesos dentro de un patrón más amplio: en esta muestra, buena parte de las condiciones médicas físicas analizadas eran más frecuentes en adultos autistas, no solo las relacionadas con salud mental.
Lo que muestra una densitometría: el porqué detrás del riesgo
Un estudio anterior, más pequeño pero con una medición física directa, ayuda a entender el mecanismo. Lotte Ekhlaspour, Charumathi Baskaran, Karen Campoverde, Nicole Cano Sokoloff, Ann Neumeyer y Madhusmita Misra publicaron en 2016, en el Journal of Autism and Developmental Disorders, un estudio con densitometría ósea (DXA) en 9 adolescentes y adultos jóvenes autistas (de 14 a 21 años) comparados con 9 controles emparejados por edad, sexo y origen étnico.
Los resultados, expresados en puntuaciones Z (que comparan la densidad ósea de cada persona con lo esperable para su edad, sexo y talla), mostraron diferencias claras y estadísticamente significativas en todas las zonas medidas:
- Columna lumbar: Z-score mediano de -0,79 en el grupo autista frente a 0,05 en el grupo control (p=0,047; p=0,020 tras ajustar por índice de masa corporal).
- Cuello femoral: -1,57 frente a -0,01 (p=0,014; p=0,002 ajustado).
- Cadera total: -2,2 frente a 0,01 (p=0,006; p=0,002 ajustado).
Un Z-score negativo indica menos masa ósea de la esperada para la edad; valores por debajo de -2 ya se consideran clínicamente bajos. En este estudio, siete de los nueve jóvenes autistas tomaban medicación antiepiléptica, seis tomaban inhibidores de la bomba de protones (para el reflujo), cuatro tomaban antidepresivos ISRS o antipsicóticos, y dos usaban corticoides inhalados para el asma: todos ellos fármacos con un efecto conocido, directo o indirecto, sobre la salud ósea.
Los propios autores advierten de que se trata de una muestra muy pequeña, y que las pruebas de densitometría se pidieron porque ya existía sospecha clínica (por ejemplo, déficit de vitamina D o uso prolongado de ciertos medicamentos), lo que puede exagerar la diferencia observada. Aun así, junto con el estudio poblacional de 2024, dibuja una imagen coherente: hay varios factores plausibles —la polifarmacia, una menor actividad física de carga de peso, una dieta más restrictiva en algunos casos y posiblemente menor exposición solar— que podrían explicar por qué los huesos de muchas personas autistas envejecen más deprisa de lo esperado.
Qué se puede hacer al respecto
Ninguno de estos dos estudios sugiere que todas las personas autistas vayan a desarrollar osteoporosis, ni que haya que alarmarse sin más. Pero sí son un buen argumento para tomarse la salud ósea más en serio de lo que se suele hacer, sobre todo en adultos autistas que toman medicación de forma continuada. Algunas ideas prácticas:
- Si una persona autista adulta lleva años tomando antiepilépticos, inhibidores de la bomba de protones, antipsicóticos o corticoides, conviene comentar con su médico si procede una densitometría ósea, sin esperar a los 50 o 60 años como se haría por protocolo general.
- Revisar los niveles de vitamina D con un análisis de sangre, especialmente si hay poca exposición solar o una dieta muy restringida, y valorar la suplementación si el médico lo indica.
- Favorecer, dentro de lo posible y de forma adaptada a cada perfil sensorial y motor, alguna actividad física que implique carga de peso (caminar, subir escaleras, ejercicios con el propio peso corporal), que es precisamente el tipo de estímulo que fortalece el hueso.
- No asumir que el dolor óseo o las caídas leves «no son nada» solo por ser joven: la edad cronológica no siempre refleja la edad real de los huesos, como muestra este estudio.
- Si hay antecedentes de fracturas con traumatismos leves, es una señal que merece evaluación médica específica, no solo tratarse como una caída puntual sin más consecuencias.
La salud ósea rara vez forma parte de las conversaciones habituales sobre autismo adulto, pero la evidencia disponible —aunque todavía limitada en volumen— apunta a que debería estar presente en las revisiones médicas rutinarias, igual que ya lo están la salud digestiva o la salud mental.