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🍽️ Alimentación

Lactancia materna y alimentación complementaria: lo que un estudio con 2.579 niños encontró sobre el autismo

Un estudio chino con más de 2.500 niños relaciona la duración de la lactancia materna y la edad de introducción de sólidos con el diagnóstico y los síntomas de autismo.

La selectividad alimentaria en el autismo suele analizarse a partir de los dos, tres o cuatro años, cuando ya hay una dieta restringida que preocupa a la familia. Pero un estudio chino publicado en 2023 en BMC Psychiatry ha mirado mucho más atrás en el tiempo: a los primeros doce meses de vida, cuando un bebé todavía se alimenta de leche materna o de fórmula y empieza, poco a poco, a probar sus primeros alimentos sólidos. Y ha encontrado que la forma en que transcurre esa etapa tan temprana guarda relación con el diagnóstico posterior de autismo y con la intensidad de algunos de sus síntomas.

Un estudio a gran escala en 13 ciudades chinas

El trabajo, firmado por Xiang, Yang, Chen y colaboradores, forma parte del China Multi-Center Children Autism Project y recogió datos de 2.579 niños y niñas menores de 7 años entre mayo de 2018 y diciembre de 2019, repartidos en 13 ciudades. De ellos, 1.389 tenían diagnóstico de trastorno del espectro autista (1.138 niños y 251 niñas, con una edad mediana de 3,9 años) y 1.190 tenían un desarrollo típico (784 niños y 406 niñas, edad mediana de 4,4 años).

A través de un cuestionario dirigido a los cuidadores principales, el equipo investigador recogió la duración de la lactancia materna, la edad a la que se introdujo la alimentación complementaria (los primeros sólidos) y el grado de aceptación de esos alimentos nuevos por parte del bebé. Además, evaluó a los niños con varias escalas estandarizadas: la ABC (Autism Behavior Checklist), la SRS (Social Responsiveness Scale), la CARS (Childhood Autism Rating Scale) y la CNBS-R2016, que mide el cociente de desarrollo general.

Lactancia materna más prolongada, menor probabilidad de autismo en la muestra

La duración mediana de la lactancia materna fue de 8 meses en el grupo con autismo frente a 10 meses en el grupo de desarrollo típico (diferencia estadísticamente significativa, p<0,001). El porcentaje de niños y niñas amamantados menos de 6 meses también fue mayor en el grupo con autismo: un 32,2%, frente a un 21,3% en el grupo de desarrollo típico.

Al comparar directamente la lactancia de 12 meses o más frente a menos de 6 meses, y ajustando estadísticamente por otros factores, los investigadores encontraron una probabilidad notablemente menor de autismo asociada a la lactancia prolongada (razón de posibilidades ajustada de 0,61; intervalo de confianza del 95% entre 0,49 y 0,76; p<0,001).

El momento de introducir los sólidos también parece importar

El segundo hallazgo tiene que ver con cuándo se empiezan a ofrecer alimentos sólidos. Introducirlos después de los 6 meses, en comparación con hacerlo entre los 4 y los 6 meses, se asoció con una mayor probabilidad de autismo en esta muestra (OR ajustada de 1,45; IC 95% entre 1,17 y 1,81; p=0,001). Y la forma en que el bebé aceptó esos primeros alimentos también contó: una «mala aceptación» de la alimentación complementaria, frente a una «buena aceptación», se asoció con una probabilidad más del doble de autismo (OR ajustada de 2,67; IC 95% entre 1,82 y 3,92; p<0,001).

Esta última cifra es, de las tres, la más llamativa, aunque también es la que más fácilmente se puede interpretar al revés: es muy posible que algunos bebés rechacen más los alimentos nuevos precisamente porque ya tenían, desde edades muy tempranas, diferencias de procesamiento sensorial u oral-motor que después se reconocerían como parte del autismo. El propio diseño del estudio no permite distinguir con certeza una dirección de la otra.

Dentro del grupo con autismo: la lactancia se asoció con síntomas más leves

Un análisis adicional, limitado solo a los niños y niñas ya diagnosticados con autismo, mostró algo interesante: entre quienes habían recibido lactancia materna durante 12 meses o más, las puntuaciones en la escala ABC (que mide la gravedad de las conductas autistas) fueron más bajas (β=-4,92; p<0,01), y lo mismo ocurrió con la escala CARS (β=-1,36; p<0,01). Es decir, dentro del propio grupo de niños autistas, una lactancia más prolongada se relacionó con síntomas conductuales algo más leves, no solo con una menor probabilidad de diagnóstico en general.

Por el contrario, introducir los sólidos después de los 6 meses se relacionó, dentro de este mismo grupo, con un cociente de desarrollo general más bajo (β=-3,58; p=0,012), así como con puntuaciones más bajas en motricidad fina (β=-3,28; p=0,035), conducta adaptativa (β=-4,02; p=0,011) y lenguaje (β=-4,68; p=0,018).

Lo que este estudio no dice (y es importante no malinterpretar)

Antes de sacar conclusiones apresuradas, conviene ser muy claros sobre los límites de este tipo de investigación:

  • Es un estudio transversal y retrospectivo: compara grupos en un momento dado y pide a los cuidadores que recuerden, años después, cómo fue la alimentación del bebé. No es un ensayo donde se asigna al azar a unas familias a amamantar más tiempo que a otras, así que no se puede afirmar que la lactancia «prevenga» el autismo ni que una introducción tardía de sólidos lo «cause».
  • El recuerdo de los cuidadores sobre hechos ocurridos varios años atrás puede ser impreciso, y ese sesgo de memoria podría distorsionar ligeramente las cifras.
  • El grupo con autismo no se reclutó de forma totalmente aleatoria, lo que limita cuánto se pueden generalizar los resultados a otras poblaciones fuera de China.
  • Existen muchísimos factores que influyen tanto en la duración de la lactancia como en el desarrollo infantil (salud materna, situación socioeconómica, apoyo al amamantamiento, temperamento del bebé) que este estudio no pudo controlar por completo.

Dicho esto, el tamaño de la muestra (más de 2.500 niños y niñas) y la consistencia de los resultados entre varias escalas distintas hacen que sea un hallazgo que merece tomarse en serio como punto de partida para más investigación, no como una verdad cerrada.

Qué significa esto para las familias, en la práctica

Es fundamental no transformar estos datos en una fuente de culpa para las madres que no pudieron o no quisieron amamantar, o que introdujeron los sólidos más tarde por motivos médicos, laborales o personales perfectamente legítimos. El autismo tiene un origen multifactorial, con un componente genético muy importante, y ningún patrón de alimentación en el primer año de vida determina por sí solo si un niño será autista.

Lo que sí aporta este tipo de estudio son algunas ideas razonables:

  • Seguir las recomendaciones generales de pediatría sobre lactancia materna cuando sea posible y deseado por la familia, sabiendo que trae beneficios generales para el desarrollo, más allá de cualquier relación específica con el autismo.
  • Si un bebé muestra un rechazo marcado y persistente a los alimentos nuevos durante la introducción de sólidos, no restarle importancia por sistema: puede ser una variación normal, pero también puede ser una señal temprana que merece seguimiento, especialmente si se acompaña de otras diferencias en el desarrollo.
  • Hablar con el pediatra sobre el ritmo de introducción de alimentos complementarios si hay dudas, en lugar de guiarse solo por lo que hacen otras familias o por recomendaciones genéricas de internet.
  • Recordar que, si un niño ya tiene diagnóstico de autismo, estos datos no sirven para «volver atrás» ni cambiar el pasado, sino como una pieza más del rompecabezas para entender el desarrollo infantil en conjunto.

La investigación sobre alimentación temprana y autismo todavía está en una fase inicial, pero estudios de este tamaño abren una vía poco explorada hasta ahora en el sitio: mirar no solo qué come un niño autista hoy, sino cómo fueron sus primeros meses de alimentación, mucho antes de que llegara cualquier diagnóstico.

Autismo

Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.