La jubilación se suele hablar como un cambio universal: menos horas de trabajo, más tiempo libre, una nueva etapa. Pero casi toda la investigación sobre cómo se vive ese cambio se ha hecho con población general, y el autismo apenas aparece en ella. Hasta 2024 solo existía un caso clínico publicado, de un único hombre autista, sobre qué supone jubilarse siendo autista. Ese año, un equipo del Centre for Research in Autism and Education (CRAE) del University College London publicó el primer estudio dedicado específicamente a esta pregunta, y sus resultados ayudan a entender por qué esta transición puede sentirse distinta cuando se es autista.
Un estudio pequeño, pero el primero de su clase
El estudio, firmado por Jade Davies, Rose Matthews, Anna Melissa Romualdez, Elizabeth Pellicano y Anna Remington, se publicó en la revista Autism in Adulthood (DOI 10.1089/aut.2023.0155). El equipo buscó personas autistas de 55 años o más que se hubieran jubilado (total o parcialmente) en los últimos diez años, o que planearan hacerlo en los próximos cinco. Respondieron 24 personas a la convocatoria; tras descartar solicitudes sospechosas de no ser genuinas y algunas que no llegaron a concretar la entrevista, el estudio final se hizo con 12 participantes.
El grupo tenía una edad media de 63 años (entre 56 y 70), ocho eran mujeres, diez tenían un diagnóstico formal de autismo y dos se autoidentificaban como autistas. Ocho ya estaban jubilados o semijubilados, y cuatro planeaban jubilarse en breve. Todos tenían estudios universitarios o una cualificación profesional, y todos declararon alguna condición asociada además del autismo. Es, por tanto, una muestra pequeña y poco diversa —sin personas con discapacidad intelectual, mayoritariamente blanca y con alto nivel educativo—, algo que las propias autoras señalan como una limitación importante. Pero es, hoy por hoy, lo único que tenemos.
Las entrevistas, de una hora de duración aproximada, se analizaron mediante análisis temático reflexivo, un método cualitativo que busca patrones de significado compartidos entre los relatos de las personas participantes. De ahí surgieron cinco temas.
Un cambio que llega de improviso
El primer tema que identificó el estudio es que, para buena parte de las personas entrevistadas, la jubilación no llegó como un plan cuidadosamente trazado, sino como algo que «vino de la nada». En algunos casos fue una decisión propia; en otros, estuvo forzada por conflictos laborales o por problemas de salud que hicieron insostenible seguir trabajando. Esta falta de control sobre el momento y la forma de dejar el empleo apareció como un hilo común en varios relatos.
Lo que el autismo pone a favor, y lo que pone en contra
El segundo tema recoge algo que probablemente resuene a muchas personas autistas adultas: la sensación de que los propios rasgos autistas pueden ayudar y dificultar la transición al mismo tiempo. Algunas personas mencionaron que su atención al detalle les permitió planificar la jubilación con minuciosidad. Otras, en cambio, describieron que esos mismos rasgos les dificultaron anticipar o gestionar el cambio.
Un patrón que apareció con fuerza fue el de trayectorias laborales «irregulares», marcadas por el estrés y el agotamiento (burnout) en empleos que no se ajustaban bien a sus necesidades. Varias personas señalaron que un diagnóstico tardío de autismo había sido un factor importante en esas dificultades profesionales, y que eso había llevado a jubilaciones anticipadas, a veces con consecuencias económicas. Una participante lo resumió así: «el burnout es el precio que pago por tener una jubilación relativamente segura y menos estresante».
Este hallazgo cobra más sentido si se tiene en cuenta el contexto que las propias autoras citan en la introducción del estudio: se calcula que solo entre el 3,5% y el 7,9% de las personas autistas mayores de 50 años cuentan con un diagnóstico formal, y que apenas un 29% de las personas autistas en el Reino Unido tienen empleo. Llegar a la edad de jubilación siendo autista, especialmente sin diagnóstico durante buena parte de la vida laboral, es ya en sí mismo una trayectoria poco explorada.
La ayuda que no llegó
El tercer tema fue la falta de apoyo específico durante la transición. Varias personas describieron un vacío de orientación centrada en sus necesidades como personas autistas. Una participante lo expresó con una frase especialmente clara: «lo que no tengo es un plan emocional para la jubilación». El estudio recoge que las personas entrevistadas hubieran valorado un apoyo pensado específicamente para gestionar el cambio y para mantener el contacto social, algo que no encontraron en los recursos genéricos disponibles.
«Un montón de horas de más»
El cuarto tema aborda algo muy concreto: qué hacer con todo el tiempo que antes ocupaba el trabajo. Una persona lo planteó en términos prácticos: «trabajamos 30, 35 o 40 horas a la semana, y eso es un montón de horas de más» una vez que desaparecen. Otra participante relató la pérdida de una estructura que hasta entonces había sido fundamental: «no he tenido rutina, y sigo sin tenerla, y eso es una carencia enorme». Junto a esto, el estudio recoge menciones a la soledad y a la preocupación por el futuro como parte de esta misma etapa.
El quinto tema, que las autoras describen como un cambio de identidad y propósito tras dejar el empleo, completa el cuadro: para quienes el trabajo había sido también una fuente central de sentido o de rutina estructurante —algo frecuente en personas autistas que han construido su vida alrededor de intereses y horarios predecibles—, la jubilación obliga a reconstruir ese sentido desde otro lugar.
Qué hacer con esto, en la práctica
Ninguna persona debería esperar a los 63 años para empezar a pensar en esto, y el propio estudio lo sugiere entre líneas. Algunas ideas que se derivan directamente de sus hallazgos:
- Planificar con margen, no solo en lo económico. Pensar con antelación no solo en la jubilación financiera, sino en cómo se va a sustituir la estructura horaria y social que daba el trabajo.
- Buscar o crear apoyo específico. Si los recursos genéricos sobre jubilación no encajan, puede ayudar hablar con otras personas autistas que ya hayan pasado por esta transición, o con un profesional que entienda las particularidades sensoriales y de rutina del autismo.
- Anticipar el hueco de rutina. Sustituir deliberadamente las horas que antes ocupaba el trabajo por actividades, intereses o compromisos con una estructura similar, en lugar de dejar ese espacio completamente abierto.
- No subestimar el componente identitario. Si el trabajo ha sido una fuente importante de sentido, vale la pena pensar con tiempo en qué lo va a sustituir, no solo en qué se va a «dejar de hacer».
Este primer estudio es modesto en tamaño, pero abre una pregunta que hasta ahora prácticamente no se había formulado: la jubilación no es un cambio neutro que se vive igual al margen de la neurología de cada persona. Para alguien autista, que durante toda su vida adulta puede haber dependido de la rutina laboral como estructura organizadora, dejar de trabajar no es solo «tener más tiempo libre»: es perder, de golpe, una de las columnas que sostenían el día.