Durante décadas circuló la idea de que las personas autistas «no sienten dolor» o lo sienten mucho menos que el resto, una creencia que llegó incluso a justificar la falta de analgesia adecuada en algunos contextos médicos. La investigación de los últimos años dibuja un panorama bastante distinto, y en algunos aspectos justo el contrario: varios estudios con medición objetiva del dolor apuntan a que las personas autistas, de media, no sienten menos dolor, sino que pueden tener más dificultad para regularlo una vez que aparece.
Por qué surgió la idea de la «indiferencia al dolor»
La creencia de la indiferencia al dolor no nació de la nada: algunas personas autistas muestran, en determinadas situaciones, reacciones externas al dolor que no coinciden con lo que un observador esperaría —menos expresión facial, ausencia de llanto, o una respuesta retardada ante una lesión evidente. El problema es que esa observación conductual se interpretó durante años como ausencia de sensación interna, dando por hecho que cómo se expresa el dolor hacia fuera equivale a cuánto se siente por dentro. Son dos cosas distintas, y la investigación con pruebas psicofísicas —que miden la sensación directamente, sin depender solo de la expresión observable— permite separarlas.
Lo que muestran los estudios con medición directa
Un estudio de 2020 publicado en Pain Reports por Megan Failla, Michelle Gerdes, Zachary Williams, David Moore y Carissa Cascio comparó a 24 adultos autistas verbales con 19 adultos sin autismo, usando dolor térmico controlado por ordenador en la pantorrilla: estímulos de calor de duración y temperatura precisas, calificados por cada participante en una escala visual. El grupo autista no mostró un umbral de dolor distinto con el método clásico de medición, pero sí puntuó de forma sistemáticamente más alta al valorar la intensidad del dolor ante estímulos por encima de 44°C, y especialmente ante el dolor sostenido (series de calor repetido durante segundos). Además, el grupo autista presentó puntuaciones más altas de ansiedad y miedo relacionados específicamente con el dolor, y esa ansiedad se asoció con una percepción de dolor mayor —una relación que no apareció en el grupo de comparación.
Un estudio posterior, con una muestra bastante más amplia (52 adultos autistas con capacidad cognitiva dentro de la media, el mayor grupo estudiado hasta la fecha en este campo), firmado por Tami Bar-Shalita, Yelena Granovsky y su equipo en la revista PAIN, utilizó pruebas psicofísicas estandarizadas para separar dos componentes del procesamiento del dolor: cuánta señal de dolor «entra» y qué tan bien el propio sistema nervioso logra atenuarla después. El hallazgo central fue que las personas autistas del estudio no mostraban un umbral de dolor más bajo de entrada, pero sí una capacidad de modulación o inhibición del dolor menos eficaz una vez que el estímulo doloroso se mantenía en el tiempo. En otras palabras: el problema no estaría tanto en «activar» la señal de dolor, sino en la dificultad para que el propio organismo la frene o la atenúe, lo que puede traducirse en una experiencia de dolor más intensa y persistente ante estímulos repetidos o prolongados que ante un pinchazo puntual.
Entonces, ¿por qué a veces parece justo lo contrario?
Esta investigación no niega que existan personas autistas con respuestas aparentemente reducidas al dolor en ciertos contextos: el procesamiento sensorial en autismo es heterogéneo, y conviven perfiles de hipersensibilidad y de hiposensibilidad, a veces en la misma persona según el tipo de estímulo. Lo que cuestionan estos estudios es la generalización de que «las personas autistas no sienten dolor» como regla, y señalan al menos tres factores que pueden hacer que el dolor pase desapercibido desde fuera aunque se esté sintiendo con intensidad por dentro:
- Diferencias en cómo se expresa externamente una sensación interna, que no tienen por qué reflejar cuánto se siente.
- Dificultades para identificar, nombrar o comunicar en el momento que algo duele, especialmente bajo estrés o sobrecarga.
- Un posible retraso entre el inicio del estímulo doloroso y la reacción visible, coherente con una modulación menos eficiente que tarda en manifestarse hacia fuera.
Por qué esto no es un detalle académico
Las implicaciones prácticas son importantes, sobre todo en contextos médicos. Si un profesional sanitario asume que una persona autista «no siente tanto dolor», puede infravalorar molestias reales durante una exploración, una intervención dental, una analgesia postoperatoria o el seguimiento de una enfermedad crónica, retrasando diagnósticos de problemas de salud que de otro modo se habrían detectado antes por el propio dolor como señal de alarma. A la inversa, dar por hecho que toda ausencia de expresión visible significa ausencia de dolor deja a muchas personas autistas sin el abordaje analgésico que necesitarían.
Las limitaciones que los propios investigadores reconocen
Ambos estudios citados son honestos sobre sus límites: las muestras son pequeñas (43 y 52 personas respectivamente, frente a los miles que suelen requerirse para conclusiones poblacionales firmes), se centran en personas autistas adultas, verbales y sin discapacidad intelectual asociada, por lo que no es seguro que los resultados se generalicen a todo el espectro, y varias de las escalas de autoinforme utilizadas —diseñadas originalmente para población general— no están validadas específicamente en personas autistas. Los propios autores piden estudios con muestras más amplias y más diversas antes de dar por cerrada la cuestión.
Qué conviene llevarse de todo esto
El mensaje más sólido que respalda hoy la evidencia no es «las personas autistas sienten más dolor» ni «menos dolor» como norma fija, sino algo más matizado y, en la práctica, más útil: la expresión externa del dolor en una persona autista no es un indicador fiable de cuánto dolor está sintiendo realmente por dentro. Eso significa que, ante una sospecha de malestar físico, conviene preguntar explícitamente y de varias formas, buscar vías de comunicación alternativas si el lenguaje verbal no está disponible en ese momento, y no descartar un dolor real solo porque la reacción visible no coincide con la que se esperaría en otra persona.