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🧑‍💼 Autismo en adultos

¿Los hombres autistas también enmascaran? Lo que dice la investigación

El enmascaramiento autista se asocia casi siempre a las mujeres, pero la investigación con niños y con adultos muestra un panorama más complejo según la edad.

Cuando se habla de enmascaramiento o masking en el autismo, casi siempre el foco recae en las mujeres: el esfuerzo de imitar gestos, forzar el contacto visual o preparar guiones de conversación para pasar desapercibidas. Es una asociación con fundamento —la investigación sobre camuflaje nació en buena parte para explicar por qué tantas mujeres autistas llegaban al diagnóstico mucho más tarde que los hombres—, pero ha dejado en segundo plano una pregunta igual de relevante: ¿también enmascaran los hombres autistas? Y si lo hacen, ¿de la misma forma y por los mismos motivos?

La respuesta, según la investigación de los últimos años, es más matizada de lo que parece a primera vista: depende de la edad a la que se mire, y probablemente también de qué se entiende exactamente por «enmascarar».

Qué dicen los estudios con niños: las chicas camuflan más que los chicos

Uno de los estudios más citados en este terreno es el de Holly Wood-Downie y su equipo de la Universidad de Southampton, publicado en 2020 en el Journal of Autism and Developmental Disorders. Compararon la reciprocidad social observada en 84 niños y niñas de entre 8 y 14 años, divididos en cuatro grupos: niños y niñas autistas (o con rasgos autistas elevados) y niños y niñas de desarrollo típico.

El hallazgo central fue este: las niñas autistas mostraban una reciprocidad social observada notablemente más alta que los niños autistas, pese a tener niveles de rasgos autistas similares según los informes de sus familias. Es decir, a ojos de un observador externo, las niñas «se comportaban» de forma más parecida a lo esperado socialmente que los niños, aunque internamente ambos grupos tuvieran un perfil autista comparable. Los propios investigadores interpretan esta diferencia como un indicio de camuflaje compensatorio en las niñas, que no aparece con la misma intensidad en los niños de esa franja de edad.

Conviene ser prudentes con este dato: los subgrupos del estudio eran pequeños (entre 18 y 22 niños por grupo) y parte de los participantes autistas no tenían todavía un diagnóstico formal, lo que limita cuánto se puede generalizar. Pero la dirección del resultado coincide con la intuición clínica que lleva años circulando: en la infancia, el enmascaramiento parece ser, sobre todo, un fenómeno más visible en las niñas.

Qué dicen los estudios con adultos: la brecha se estrecha

La fotografía cambia bastante cuando se pasa de la infancia a la edad adulta. La revisión de referencia sobre camuflaje en autismo, de Laura Hull y su equipo del University College de Londres (2017), recogió los relatos en primera persona de adultos autistas de todos los géneros sobre sus propias estrategias de enmascaramiento. Lo llamativo es que, en ese estudio, hombres y mujeres describían camuflar con una frecuencia similar, aunque no necesariamente de la misma manera ni por las mismas razones.

Entre los motivos que los participantes —hombres y mujeres— pusieron sobre la mesa estaban el deseo de encajar socialmente, la necesidad de establecer y mantener relaciones, conseguir o conservar un empleo, y evitar ser objeto de burla, rechazo o victimización. Ninguno de estos motivos es exclusivo de un sexo: son, más bien, respuestas razonables a un entorno que penaliza lo que se sale de la norma, independientemente de quién lo haga.

Esta aparente contradicción —niños que camuflan poco en la infancia, hombres que camuflan tanto como las mujeres en la edad adulta— puede explicarse por varias vías no excluyentes entre sí:

  • El camuflaje se aprende con el tiempo. Es plausible que las estrategias de enmascaramiento se perfeccionen con la experiencia social acumulada, y que en la infancia simplemente no se hayan desarrollado todavía en ningún género.
  • Las formas de camuflar pueden ser distintas. Un niño puede no camuflar imitando reciprocidad social fina (que es lo que mide el instrumento del estudio infantil), pero sí recurrir a otras estrategias —retirarse, canalizar el interés hacia temas «aceptables», regular menos la expresión emocional en público— que no se capturan con la misma herramienta.
  • El umbral social es distinto según el género. A las niñas se les exige desde edades tempranas un repertorio social más explícito (jugar en grupo, leer matices, mantener conversaciones), lo que podría adelantar la presión para camuflar en la infancia, mientras que a los niños esa presión llega con más fuerza más adelante, en la adolescencia y la vida adulta.

Por qué esta brecha de visibilidad tiene consecuencias reales

Esta idea de que «los hombres no enmascaran, o lo hacen menos» tiene consecuencias prácticas que van más allá de lo académico. En autismo.es ya hemos hablado del diagnóstico tardío en hombres autistas como «la cara menos contada» de la brecha de género en el diagnóstico: un fenómeno real, aunque menos visible que el de las mujeres, en el que hombres con un perfil más sutil —menos hiperactividad, menos conductas disruptivas visibles— pasan desapercibidos durante años. El enmascaramiento, cuando existe, es parte de esa invisibilidad: un hombre que ha aprendido a sostener el contacto visual lo justo, a dosificar sus intereses especiales en conversación o a imitar bromas y referencias culturales puede no activar ninguna de las señales de alarma que el entorno asocia con el autismo.

El riesgo de asumir que «el enmascaramiento es cosa de mujeres» es doble. Por un lado, puede llevar a profesionales y familias a no considerar el autismo en un hombre que se presenta como sociable o adaptado, simplemente porque no exhibe las conductas más estereotipadas del «autismo masculino clásico». Por otro, invisibiliza el coste personal del camuflaje en los hombres que sí lo practican: el agotamiento, la disonancia entre quién se es y quién se muestra, y la sensación de estar actuando un papel, son experiencias que la literatura sobre burnout autista describe sobre todo en mujeres, pero que no hay ninguna razón biológica para suponer exclusivas de ellas.

Lo que todavía no sabemos

Es importante no sobrevender lo que la ciencia dice aquí. La investigación sobre camuflaje en hombres autistas es, en comparación con la centrada en mujeres, todavía escasa, y los estudios disponibles tienen limitaciones de peso: muestras pequeñas, instrumentos de medida distintos entre estudios (lo que dificulta comparar directamente infancia y adultez), y una definición de «camuflaje» que varía según quién investigue. No existe, a día de hoy, un consenso sólido sobre si los hombres autistas camuflan menos, igual o distinto que las mujeres autistas; existe, sobre todo, la certeza de que camuflan, y de que merece más atención de la que ha recibido hasta ahora.

Qué puede ayudar, mientras la investigación avanza

Independientemente del género, reconocer que el enmascaramiento tiene un coste —y que ese coste no se reparte de forma desigual por razones biológicas, sino por cómo se mira socialmente a cada persona— abre la puerta a algunas ideas prácticas:

  • No descartar un posible autismo en un hombre adulto solo porque «se desenvuelve bien» socialmente; preguntar también por el esfuerzo y el agotamiento que ese desenvolvimiento le supone.
  • Crear espacios, en casa o en terapia, donde no haga falta sostener el camuflaje: donde esté bien no mantener la mirada, no seguir el ritmo de una conversación social o mostrar un interés especial sin filtros.
  • Validar el cansancio que sigue a situaciones sociales exigentes, en lugar de interpretarlo como desinterés o pereza.
  • Tener presente que el camuflaje, en cualquier género, no es una elección caprichosa sino una respuesta aprendida a un entorno que durante mucho tiempo ha penalizado lo distinto.

La pregunta de si los hombres autistas enmascaran sigue abierta en muchos de sus detalles, pero la respuesta de fondo ya no admite tanta duda: el camuflaje no es un fenómeno exclusivamente femenino, y tratarlo como tal deja fuera a una parte de las personas autistas que más lo necesitan reconocer.

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Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.