El hierro no suele aparecer en las conversaciones habituales sobre autismo. Se habla mucho de vitamina D, de omega-3 o de probióticos, pero rara vez de este mineral, pese a que interviene en procesos tan básicos como el transporte de oxígeno, la producción de mielina y la síntesis de dopamina y serotonina. Un estudio turco publicado en 2017 en la Italian Journal of Pediatrics decidió mirar justamente eso: si los niños autistas tienen, en términos generales, peores reservas de hierro que sus iguales sin autismo, y si eso guarda alguna relación con la gravedad de sus síntomas.
El resultado no es el titular sencillo que cabría esperar. Es más matizado, y precisamente por eso merece explicarse con cuidado, en vez de resumirse en una frase tipo «el autismo causa anemia» o «el hierro cura el autismo», que serían ambas inexactas.
El estudio: 100 niños autistas, 100 controles
Serkan Gunes, Ozalp Ekinci y Tanju Celik reclutaron, entre marzo de 2014 y abril de 2015, a 100 niños y adolescentes con diagnóstico de TEA según el DSM-5 (de 2 a 18 años, 84% niños) en un servicio de psiquiatría infantil de Turquía. Los compararon con 100 niños sin diagnóstico psiquiátrico, derivados por motivos como adaptación escolar o relaciones familiares (71% niños), aunque algo mayores de media que el grupo autista (11 años frente a 8,4 años), una diferencia que los propios autores señalan como limitación.
A todos los participantes se les analizaron varios marcadores sanguíneos relacionados con el hierro: hemoglobina, hematocrito, hierro sérico, ferritina y volumen corpuscular medio (MCV). La mitad del grupo autista tenía un TEA leve-moderado y la otra mitad, grave (según la escala CARS); 58 de los 100 niños autistas tenían también discapacidad intelectual.
Lo que fue significativo (y lo que no)
Aquí está el matiz más importante del estudio. Si se mira solo el porcentaje de niños con un diagnóstico formal de deficiencia de hierro o de anemia ferropénica, las diferencias entre grupos no alcanzaron significación estadística:
- Deficiencia de hierro: 25% en el grupo autista frente a 15% en controles (p = 0,077, no significativo).
- Anemia ferropénica: 13% frente a 6% (p = 0,091, no significativo, aunque el riesgo relativo era más del doble).
Sin embargo, al comparar los valores medios continuos de los marcadores sanguíneos, sí aparecieron diferencias claras y estadísticamente significativas: los niños autistas tenían, de media, menos hemoglobina (12,68 frente a 13,02 g/dL, p = 0,045), menos hematocrito (36,43 frente a 38,74, p = 0,002), menos hierro sérico (56,06 frente a 73,97 µg/dL, p < 0,001) y menor MCV (74,25 frente a 78,42 fL, p < 0,001). La ferritina, en cambio, no mostró diferencias (p = 0,702).
Es decir: en conjunto, el grupo autista tendía hacia valores de hierro más bajos, aunque el número de casos que cruzaba el umbral clínico de «deficiencia» o «anemia» no fuera, por sí solo, estadísticamente distinto del grupo control. Son dos preguntas distintas y el estudio responde a ambas de forma diferente, algo que conviene no mezclar al leer titulares sobre este tema.
La anemia, más frecuente en el TEA grave y con discapacidad intelectual
El hallazgo más consistente del estudio aparece al mirar dentro del grupo autista. Ahí sí hubo diferencias claras:
- Los niños con TEA grave tuvieron anemia ferropénica en el 24% de los casos, frente al 2% de los que tenían TEA leve-moderado (p = 0,001).
- Los niños con discapacidad intelectual asociada tuvieron anemia ferropénica en el 18,9% de los casos, frente al 4,7% de quienes no la tenían (p = 0,037).
- El hematocrito se correlacionó negativamente con la puntuación en la escala CARS (r = −0,328, p = 0,001): a mayor gravedad de los síntomas, menor hematocrito.
Los propios autores advierten de que esta asociación podría explicarse por la discapacidad intelectual más que por el autismo en sí, ya que ambas variables están relacionadas entre sí en la muestra. No es una distinción menor: sugiere que, si existe un vínculo real, probablemente tenga más que ver con el perfil de alimentación y conducta asociado a un TEA más complejo que con el autismo como categoría diagnóstica única.
¿Por qué podría pasar esto? Las hipótesis (todavía sin confirmar)
El estudio no midió directamente la dieta de los niños, así que no puede demostrar una causa. Pero los autores plantean varias hipótesis razonables, que convendría leer como eso: hipótesis, no conclusiones probadas.
- Selectividad alimentaria. Es la explicación más intuitiva: si un niño come un repertorio muy restringido de alimentos, es más probable que su dieta tenga poco hierro, sobre todo si evita carnes rojas, legumbres o verduras de hoja verde.
- Papel del hierro en el desarrollo cerebral. Citando investigación en modelos animales, los autores apuntan que niveles bajos de hierro en el cerebro podrían alterar los sistemas serotoninérgico y dopaminérgico, las redes corticales y el proceso de mielinización, aunque esta vía no se comprobó en este estudio con humanos.
- Menor exploración y movimiento. Los niños con anemia tienden a explorar menos su entorno, lo que en teoría podría limitar la estimulación y el desarrollo de habilidades, aunque de nuevo es una hipótesis, no un hallazgo directo del estudio.
El propio artículo es honesto sobre sus límites: es un diseño transversal (una sola medición en el tiempo), por lo que no permite saber si la deficiencia de hierro precede al autismo, lo sigue, o simplemente coexiste con él por otras razones; no se registró la dieta real de los niños; y no se midieron marcadores de inflamación, que pueden alterar artificialmente los niveles de ferritina.
Qué significa esto en la práctica para las familias
Ningún resultado de este estudio justifica dar suplementos de hierro sin indicación médica: el exceso de hierro también tiene riesgos, y la suplementación debe basarse siempre en un análisis de sangre real, no en la sospecha. Lo que sí parece razonable, a la luz de este y otros estudios similares citados en la literatura (algunos con prevalencias de deficiencia de hierro de hasta el 24-52% en muestras autistas, aunque esas cifras proceden de otros trabajos y no de este), es lo siguiente:
- Si un niño o adolescente autista tiene una dieta muy restringida, especialmente si evita de forma sistemática las fuentes principales de hierro (carne, legumbres, cereales fortificados), puede tener sentido comentarlo con el pediatra y considerar un análisis de rutina.
- Síntomas como cansancio inusual, palidez, irritabilidad o cambios en el apetito merecen valorarse médicamente, en vez de atribuirse automáticamente al autismo.
- Un posible empeoramiento conductual asociado a anemia es reversible si se trata la causa; no requiere intervenciones conductuales adicionales si el origen es nutricional.
Conclusión
Este estudio no demuestra que el autismo cause anemia, ni que la anemia cause autismo, ni que corregir el hierro mejore los síntomas centrales del TEA. Lo que sí aporta es un dato concreto y verificable: en esta muestra de 200 niños, los que tenían autismo grave o discapacidad intelectual asociada presentaron con más frecuencia anemia ferropénica que el resto, y el grupo autista en conjunto mostró valores de hierro en sangre más bajos que los controles. Es un motivo razonable para no descartar un análisis de hierro de rutina en revisiones pediátricas, sobre todo cuando hay selectividad alimentaria marcada, sin convertirlo en una alarma generalizada ni en una promesa de mejora que la ciencia, por ahora, no respalda.