«Comer sano» suena, casi siempre, a buena noticia. Pero cuando las normas sobre qué, cuándo y cómo comer se vuelven tan estrictas que generan ansiedad, aíslan socialmente o ocupan buena parte del día, dejan de ser una cuestión de salud y pasan a llamarse ortorexia: una obsesión por la alimentación «correcta» que puede convertirse en un problema por sí misma. Una investigación reciente ha empezado a explorar su relación con los rasgos autistas, y en especial con el camuflaje social, con resultados que conviene leer con matices.
¿Qué es la ortorexia (y por qué no es lo mismo que comer sano)?
La ortorexia nerviosa no figura todavía como categoría diagnóstica independiente en los principales manuales clínicos, pero la literatura científica la describe como una preocupación excesiva por la calidad y la «pureza» de los alimentos, hasta el punto de que esa preocupación interfiere con la vida cotidiana. No se trata de seguir una dieta concreta —vegetariana, sin azúcar, sin procesados— sino de la rigidez con la que se vive esa dieta: la culpa intensa si se rompe una norma propia, la necesidad de controlar cada ingrediente, el tiempo desproporcionado dedicado a planificar comidas o la retirada progresiva de situaciones sociales que no permiten cumplir las propias reglas alimentarias.
Es importante distinguirla de la selectividad alimentaria sensorial, un terreno que ya se ha tratado en este portal: en la selectividad, el rechazo a ciertos alimentos suele venir de la textura, el sabor o el olor; en la ortorexia, el eje es moral y de control («esto es correcto, esto no»), más cercano a la rigidez cognitiva que a la hipersensibilidad sensorial, aunque ambas pueden convivir en la misma persona.
El estudio: autismo, camuflaje social y ortorexia
En mayo de 2025, un equipo de investigadores italianos liderado por Barbara Carpita publicó en la revista Brain Sciences un estudio titulado «The Mediating Role of Social Camouflaging on the Relationship Between Autistic Traits and Orthorexic Symptoms». El equipo encuestó a 554 estudiantes universitarias mujeres, a quienes se les pidió completar tres cuestionarios validados: el AdAS Spectrum, que mide rasgos autistas subclínicos (es decir, sin que esto implique un diagnóstico); el CAT-Q, que mide el grado de camuflaje social (el esfuerzo por ocultar o disimular rasgos propios para adaptarse socialmente); y el ORTO-R, que mide tendencias ortorexicas.
Los resultados mostraron que las participantes veganas y vegetarianas presentaban, de media, más tendencias ortorexicas y determinados rasgos autistas que el resto del grupo. Además, las puntuaciones más altas en rasgos autistas se asociaron con puntuaciones más altas en ortorexia, tanto de forma directa como indirecta, a través del camuflaje social: es decir, parte de la relación entre rasgos autistas y ortorexia parecía explicarse por la cantidad de esfuerzo que estas mujeres invertían en camuflar sus rasgos ante los demás.
Un matiz importante: esta muestra no estaba compuesta por mujeres con diagnóstico clínico de autismo, sino por estudiantes universitarias evaluadas mediante una escala de rasgos subclínicos. Los propios autores señalan que los datos reflejan una asociación, no una relación de causa y efecto, y que hace falta más investigación —incluida en muestras con diagnóstico confirmado— para entender mejor el vínculo.
¿Por qué podría existir esta relación?
Los autores del estudio proponen una explicación plausible, aunque todavía provisional: las conductas alimentarias muy estructuradas y basadas en reglas estrictas podrían funcionar, para algunas personas con rasgos autistas, como una forma de controlar la incertidumbre y reducir la ansiedad en un terreno —la comida— que se vive varias veces al día y que resulta, por tanto, fácil de convertir en un sistema de normas predecibles. El vínculo con el camuflaje social añade otra capa: seguir una dieta con reglas claras y socialmente valoradas (comer «limpio», evitar ciertos ingredientes) puede ofrecer, de forma indirecta, un marco de comportamiento aceptado por el entorno que ayuda a enmascarar otras dificultades sociales, sin que la persona sea necesariamente consciente de esa función.
Señales de alerta que conviene conocer
No toda dieta estricta es ortorexia, y es importante no patologizar elecciones alimentarias legítimas (veganismo ético, alergias, intolerancias reales o convicciones religiosas). Algunas señales que sí pueden indicar que la alimentación «sana» se ha vuelto un problema incluyen:
- Ansiedad o culpa intensas al romper, aunque sea una vez, una norma alimentaria autoimpuesta.
- Tiempo creciente dedicado a planificar, leer etiquetas o investigar sobre la «pureza» de los alimentos, hasta interferir con el trabajo, el estudio o el descanso.
- Evitar cada vez más comidas sociales, restaurantes o visitas familiares porque no garantizan cumplir las propias reglas.
- Una autoestima que depende en gran medida de lo «correctamente» que se ha comido ese día.
- Restricción progresiva de grupos de alimentos enteros sin una indicación médica o nutricional que lo respalde.
Diferenciarla de la selectividad y del TEA/ARFID
Este portal ya ha tratado la selectividad alimentaria sensorial y la relación entre autismo y trastornos como el ARFID (trastorno de evitación/restricción de la ingesta de alimentos), que suelen tener un origen sensorial o de ansiedad ante alimentos nuevos, no un origen ligado a la «pureza» o a la salud percibida. La ortorexia, en cambio, suele empezar desde una intención consciente de comer mejor que, poco a poco, se vuelve rígida y empieza a generar más malestar que beneficio. Las tres realidades pueden solaparse en una misma persona, y por eso una evaluación profesional cuidadosa —que no las confunda entre sí— es clave para ofrecer el apoyo adecuado.
Cuándo y cómo buscar ayuda
Si la alimentación empieza a generar más ansiedad que bienestar, o si las reglas propias sobre comida están limitando la vida social, laboral o familiar, merece la pena hablarlo con un profesional de la salud mental o un dietista-nutricionista con experiencia en trastornos de la conducta alimentaria y, si es posible, también en autismo. No hace falta esperar a una crisis evidente: la rigidez alimentaria tiende a reforzarse con el tiempo si no se aborda, precisamente porque cada vez que se cumple la norma, la ansiedad baja momentáneamente y esa sensación de alivio refuerza la conducta.
La ortorexia no es un fallo de voluntad ni una simple «manía» con la comida sana: para algunas personas, autistas o no, puede ser una forma de gestionar la incertidumbre y la ansiedad social a través de un terreno muy concreto y cotidiano. Nombrarla con precisión, sin confundirla con la selectividad sensorial ni con una dieta saludable bien llevada, es el primer paso para distinguir cuándo «comer bien» ha dejado de ser bueno para la persona que lo practica.