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🧑‍💼 Autismo en adultos

Hipermovilidad articular y síndrome de Ehlers-Danlos: la comorbilidad física del autismo

Hasta 4 de cada 10 personas autistas evaluadas clínicamente tienen las articulaciones más flexibles de lo habitual, un rasgo que puede traer dolor y fatiga si pasa desapercibido.

Cuando se habla de autismo, casi siempre se habla de la mente: la comunicación, los intereses, la sensorialidad, las emociones. Se habla mucho menos de un dato que la investigación lleva años documentando: una parte considerable de las personas autistas tiene las articulaciones más flexibles de lo habitual, y eso no es un detalle anecdótico. Puede traer dolor crónico, fatiga, lesiones de repetición y, en algunos casos, un diagnóstico adicional que explica síntomas que durante años no tenían nombre: el síndrome de Ehlers-Danlos o, de forma más amplia, los trastornos del espectro de hipermovilidad.

Qué es la hipermovilidad articular y qué es el síndrome de Ehlers-Danlos

La hipermovilidad articular significa que las articulaciones se mueven más allá del rango considerado habitual: codos y rodillas que se «doblan al revés», dedos que se estiran mucho hacia atrás, o una facilidad inusual para hacer posturas que a otras personas les resultarían imposibles o dolorosas. Cuando esta flexibilidad extra viene acompañada de síntomas —dolor articular, luxaciones o subluxaciones frecuentes, fatiga, problemas de piel o del sistema digestivo— se habla de trastornos del espectro de hipermovilidad (HSD) o, en su forma genética mejor caracterizada, de síndromes de Ehlers-Danlos (EDS), un grupo de condiciones hereditarias del tejido conectivo. El tejido conectivo es, básicamente, el «material de sujeción» del cuerpo: tendones, ligamentos, piel y vasos sanguíneos dependen de él para mantener su forma y su resistencia.

No toda persona flexible tiene EDS, igual que no toda persona autista es hipermóvil. Pero la coincidencia entre ambos rasgos es mucho más frecuente de lo que el azar explicaría, y por eso la investigación lleva más de una década intentando entender esta relación.

Qué dice la ciencia: una comorbilidad con datos ya consistentes

La revisión y metaanálisis más reciente y completo sobre el tema, publicado en 2025 en la revista Autism por Carolina Baeza-Velasco, Judith Vergne, Marianna Poli, Larissa Kalisch y Raffaella Calati, reunió 20 estudios distintos sobre la relación entre autismo, hipermovilidad articular y síndromes de Ehlers-Danlos. Los resultados, agregados de todos esos estudios, son contundentes:

  • Entre las personas autistas, la hipermovilidad articular generalizada aparece en el 22,3 % de los casos de media; cuando solo se cuentan las evaluaciones hechas por un profesional clínico (más fiables que los autoinformes), la cifra sube al 31 %.
  • Los trastornos del espectro de hipermovilidad o el síndrome de Ehlers-Danlos aparecen en el 27,9 % de media, y hasta en el 39 % cuando se mide clínicamente.

Para poner estas cifras en contexto: en la población general, la hipermovilidad articular generalizada suele estimarse en torno al 10-20 % (y algo más frecuente en mujeres), y el síndrome de Ehlers-Danlos hipermóvil, su forma más común, se considera relativamente infrecuente fuera de ese marco. Que en personas autistas la cifra clínica llegue a cuatro de cada diez señala una comorbilidad real, no una curiosidad estadística.

¿Por qué podrían estar relacionados?

La respuesta honesta, a día de hoy, es que no se sabe con certeza. La propia revisión de 2025 señala que la relación es clara a nivel estadístico, pero que el mecanismo biológico exacto sigue sin confirmarse del todo. Entre las hipótesis que se investigan actualmente destacan la posibilidad de que ciertos genes relacionados con el desarrollo del tejido conectivo influyan también en el desarrollo del sistema nervioso, y la idea de que ambas condiciones podrían compartir rutas del neurodesarrollo todavía no identificadas con precisión. Ninguna de estas hipótesis está cerrada ni debe tomarse como una explicación definitiva: es, sencillamente, el estado actual de una pregunta abierta.

Cómo se nota en el día a día

Para quien no conoce esta relación, los síntomas físicos de la hipermovilidad pueden pasar desapercibidos durante años, atribuidos a «ser muy flexible» o a estar «un poco torpe». En la práctica, suelen traducirse en:

  • Dolor articular o muscular que aparece sin una lesión clara que lo explique, a veces después de actividades cotidianas como estar de pie mucho tiempo o cargar peso.
  • Fatiga que va más allá del cansancio habitual, porque mantener la postura y la estabilidad exige a los músculos un esfuerzo extra para compensar unas articulaciones menos «sujetas».
  • Esguinces, luxaciones o subluxaciones repetidos, a veces por movimientos aparentemente poco intensos.
  • Dificultades de propiocepción, es decir, de percibir con precisión dónde está el cuerpo en el espacio, lo que puede añadirse a la sensorialidad vestibular y propioceptiva que ya forma parte de la experiencia autista de muchas personas.

Esta conexión con la propiocepción no es casual: el sistema que informa al cerebro sobre la posición de las articulaciones depende en parte de la tensión en ligamentos y tendones, así que una mayor laxitud articular puede hacer que esas señales lleguen de forma menos precisa.

El ángulo de las mujeres autistas, con cautela

La hipermovilidad articular y los síndromes de Ehlers-Danlos se diagnostican, en la población general, con más frecuencia en mujeres que en hombres. En el contexto del autismo, donde el diagnóstico en mujeres ya suele llegar más tarde y de forma más difícil, esta doble capa puede complicar aún más el panorama: el dolor crónico o la fatiga se atribuyen a veces a ansiedad, a estrés o a «ser muy sensible», sin que nadie llegue a preguntarse si hay una explicación articular y de tejido conectivo detrás. La revisión de 2025 no desglosa sus cifras por sexo, así que no existe todavía un dato específico y sólido sobre la prevalencia diferencial en mujeres autistas, pero la combinación de ambas realidades conocidas —mayor frecuencia de hipermovilidad en mujeres, y mayor dificultad para diagnosticar autismo en mujeres— es un motivo razonable para prestar atención a esta posibilidad en las consultas.

Qué hacer si esto resuena

  • No autodiagnosticar, pero sí documentar: llevar un registro de los dolores, las luxaciones o la fatiga ayuda a que una consulta médica tenga información útil con la que trabajar.
  • Pedir una valoración específica: existen escalas sencillas, como la escala de Beighton, que un profesional sanitario puede usar en consulta para valorar el grado de hipermovilidad.
  • Buscar un enfoque multidisciplinar: reumatología, genética clínica y fisioterapia especializada en hipermovilidad suelen ser los puntos de partida más útiles cuando se confirma la sospecha.
  • Adaptar la actividad física, no evitarla: el ejercicio orientado a fortalecer la musculatura que sostiene las articulaciones suele recomendarse como parte del abordaje, siempre ajustado por un profesional que entienda la hipermovilidad.

En conclusión

El autismo no se vive solo en la mente: también se vive en el cuerpo, y la ciencia empieza a tomarse en serio esa parte de la experiencia. Saber que la hipermovilidad articular y el síndrome de Ehlers-Danlos acompañan al autismo con una frecuencia muy por encima del azar no es un dato más: puede ser la pieza que faltaba para entender un dolor, una fatiga o una torpeza que durante años no tenían explicación.

Autismo

Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.