«Muévete más» es uno de los consejos de salud más repetidos y, para muchas mujeres autistas adultas, uno de los más difíciles de seguir sin más matices. No porque falte motivación, sino porque el mundo del deporte y del ejercicio físico —gimnasios ruidosos, vestuarios compartidos, clases dirigidas a gran velocidad, ropa técnica que irrita la piel— está diseñado casi siempre pensando en un cuerpo y una forma de procesar el entorno que no es la suya. El resultado es que la actividad física, lejos de ser un refugio de bienestar, se convierte a menudo en otra fuente más de sobrecarga.
Un hueco de investigación que empieza a cerrarse
La investigación sobre autismo y ejercicio físico ha sido, durante años, casi exclusivamente infantil: cómo mejorar la coordinación motora en niños autistas, cómo introducir el deporte en la escuela. Los estudios en adultos son mucho más recientes y escasos, y los que además distinguen la experiencia concreta de las mujeres autistas son todavía menos. No es un dato menor: si la investigación apenas mira a las mujeres autistas adultas en general —como ya se ha comentado en otros artículos de este portal sobre diagnóstico tardío y masking—, tampoco es sorprendente que su relación específica con el deporte esté casi inexplorada.
Las barreras sensoriales, primera línea de fricción
Un informe de 2024 de la Sociedad Americana de Medicina del Deporte (ACSM) sobre autismo y participación en ejercicio resume bien los obstáculos que se repiten en la literatura científica: sensibilidades sensoriales al ruido, a las luces y a los espacios concurridos; dificultades de coordinación motriz; y dificultades de comunicación social dentro de contextos deportivos grupales. A esto se añade, específicamente en el caso de muchas mujeres, la ropa deportiva ajustada o con costuras molestas, los olores intensos de gimnasios y vestuarios, la música alta como acompañamiento constante de las clases dirigidas, y la exposición social que suponen los espejos y los vestuarios compartidos.
El mismo informe señala que la falta de programas de ejercicio verdaderamente adaptados al autismo, la ausencia de políticas inclusivas en la recreación comunitaria y el acceso limitado a profesionales con formación específica en autismo agravan el problema a nivel estructural, no solo individual.
«No vale la pena»: lo que cuentan los propios adultos autistas
Un estudio cualitativo reciente recogió, a través de conversaciones asíncronas en redes sociales durante doce semanas, las respuestas de diez adultos autistas (de una muestra inicial de 21 personas, la mayoría mujeres) sobre su relación con la actividad física. El 70% declaró tener al menos una dificultad motora asociada —dispraxia, hipermovilidad articular o tono muscular bajo—, un dato que recuerda que el cuerpo autista no solo procesa el entorno de forma distinta, sino que en muchos casos también se mueve de forma distinta, con más esfuerzo del que resulta visible desde fuera.
De ese estudio surgieron tres ideas que se repitieron con fuerza:
- El apoyo de personas de confianza importa más que el de profesionales. Muchas participantes preferían moverse acompañadas de alguien cercano y de confianza antes que seguir las indicaciones de un monitor o entrenador desconocido.
- Necesitan que el esfuerzo sea medible. Preferían objetivos concretos y verificables —minutos caminados, pulsaciones alcanzadas— frente a indicaciones ambiguas del tipo «esfuérzate un poco más» o «nota cómo te sientes».
- «Simplemente no compensa». Cuando el coste sensorial, el esfuerzo mental de gestionar el entorno y, en muchos casos, el dolor físico superaban el beneficio percibido, la conclusión honesta de varias participantes fue que el ejercicio, tal y como se les ofrecía, no merecía la pena.
Lo que cambia con la edad: el estudio de Durham
Un estudio de 2025 de la Universidad de Durham (McLeod, Roderick, Hanley, Riby y Jachyra, publicado en la revista Autism) se centró específicamente en adultos autistas de entre 36 y 59 años, una franja de edad casi ausente en la investigación previa sobre ejercicio y autismo. Los autores encontraron que las barreras van mucho más allá de la simple capacidad física: pesan tanto las expectativas sociales sobre cómo «debería» hacerse ejercicio como las experiencias negativas acumuladas durante años —clases de educación física escolares vividas como humillantes, por ejemplo— y el desconocimiento del autismo entre entrenadores personales, monitores de gimnasio y profesionales sanitarios.
La recomendación central del equipo de Durham no es «insistir más», sino cambiar el punto de partida: construir, junto con personas autistas adultas y no para ellas, propuestas de actividad física diseñadas desde la neurodiversidad, que parten de lo que cada persona puede y quiere hacer en lugar de partir de un déficit que hay que corregir.
Encontrar el movimiento adecuado, no «el deporte correcto»
Con esta información en la mano, algunas ideas prácticas pueden ayudar a replantear la actividad física no como una obligación de salud más, sino como algo sostenible:
- Priorizar el control del entorno antes que la disciplina deportiva en sí: horarios de menos afluencia en piscinas o gimnasios, clases reducidas, espacios exteriores frente a salas cerradas y ruidosas.
- Elegir actividades individuales o de ritmo propio —caminar, nadar, ciclismo, senderismo, yoga en solitario— frente a deportes de equipo que exigen procesar instrucciones verbales rápidas y coordinación social simultánea, si esa es la preferencia de la persona.
- Usar métricas objetivas (pasos, minutos, pulsaciones) en lugar de indicaciones subjetivas sobre «cómo debería sentirse» el esfuerzo.
- Cuidar la ropa y el material: telas sin costuras que rocen, sin etiquetas, sin necesidad de ajuste excesivo, y auriculares o tapones si el ruido ambiente es un problema.
- Moverse con alguien de confianza en lugar de sentir la presión de encajar en una clase dirigida por una persona desconocida.
- Tener en cuenta la posible dispraxia o hipermovilidad a la hora de elegir actividad, evitando deportes de alto impacto articular si hay hipermovilidad, o buscando apoyo de fisioterapia si la coordinación motora es un obstáculo real, no solo percibido.
Conclusión: el problema no es la falta de voluntad
Cuando una mujer autista adulta dice que «no consigue mantener el ejercicio», rara vez se trata de falta de disciplina. La investigación reciente apunta en una dirección más honesta: el problema está, muchas veces, en un modelo de actividad física pensado sin tener en cuenta cómo procesa el entorno un cuerpo autista. Cambiar la pregunta de «¿qué deporte debería hacer?» a «¿qué tipo de movimiento puedo sostener sin que el coste supere el beneficio?» es, según lo que muestran estos estudios, un punto de partida mucho más realista.