Durante décadas, hablar de autismo era hablar de una sola entidad: un diagnóstico que se ponía o no se ponía, aunque todo el mundo supiera, por experiencia directa, que dos personas autistas pueden parecerse muy poco entre sí. Esa intuición —la de que «si conoces a una persona autista, conoces a una persona autista», como suele decirse en la comunidad— empieza por fin a tener un correlato biológico claro. En los últimos años, varios equipos de investigación han usado herramientas de genética y computación a gran escala, junto con modelos de neurodesarrollo en laboratorio, para preguntarse algo muy concreto: ¿existen distintas rutas biológicas que llevan al autismo, con genes y momentos del desarrollo diferentes, aunque el resultado conductual final comparta el nombre de trastorno del espectro autista?
La respuesta que está emergiendo es que sí. No se trata de sustituir el diagnóstico clínico actual ni de crear «autismos de primera y de segunda», sino de entender mejor por qué el espectro es tan amplio: por qué un niño necesita apoyo intensivo para comunicarse y otro llega a la edad adulta sin que nadie sospechara nada hasta que él mismo empezó a investigar por qué siempre se había sentido diferente. Repasamos aquí varios de los hallazgos más sólidos y recientes, explicados sin tecnicismos innecesarios.
Un espectro, muchas rutas: por qué la genética del autismo es tan compleja
El autismo tiene un componente genético muy fuerte —está entre los rasgos del neurodesarrollo con mayor heredabilidad—, pero nunca ha sido «un gen, una condición». Se han identificado varios cientos de genes relacionados con un mayor riesgo de autismo, y ninguno de ellos, por sí solo, explica más que una fracción pequeña de los casos. Esta complejidad ha sido durante años uno de los mayores obstáculos para la investigación: si cada persona autista puede tener una combinación distinta de variantes genéticas, ¿cómo se agrupan los datos de forma que digan algo útil?
La estrategia que ha dado resultados más recientes no ha sido buscar «el gen del autismo», sino cambiar la pregunta: en lugar de partir de la genética para predecir el comportamiento, partir del comportamiento y las características de desarrollo de miles de personas autistas para ver si, estadísticamente, se agrupan en perfiles distintos, y comprobar después si esos perfiles tienen también una firma genética propia.
Cuatro subtipos con firma genética propia: el estudio de Princeton y la Simons Foundation
El hallazgo más relevante de los últimos meses procede de un estudio publicado en 2025 en la revista Nature Genetics, liderado por investigadores de la Universidad de Princeton, el Flatiron Institute y la Simons Foundation. El equipo, con Aviya Litman y Natalie Sauerwald como primeras autoras y Olga Troyanskaya como autora senior, analizó datos de más de 5.000 niños y niñas autistas de entre 4 y 18 años procedentes de SPARK, el mayor estudio de autismo del mundo, impulsado por la propia Simons Foundation.
En vez de fijarse en un solo rasgo, el equipo utilizó un modelo estadístico capaz de analizar simultáneamente más de 230 características por persona —desde el lenguaje y la interacción social hasta las conductas repetitivas o los hitos del desarrollo— con un enfoque que los propios autores llaman «centrado en la persona». El resultado fueron cuatro perfiles claramente diferenciados:
- Retos sociales y conductuales (en torno al 37% de la muestra): desarrollo motor y del lenguaje dentro de lo típico, pero con alta presencia de TDAH, ansiedad, depresión y dificultades para regular el estado de ánimo, además de conductas restringidas y repetitivas. Es el grupo con la edad media de diagnóstico más tardía, precisamente porque no hay un retraso evidente que llame la atención en la primera infancia.
- TEA mixto con retraso del desarrollo (en torno al 19%): hitos como caminar o hablar que se alcanzan más tarde de lo esperado, con relativamente poca ansiedad, depresión o alteraciones del ánimo asociadas.
- Retos moderados (en torno al 34%): una presentación más leve de los rasgos sociales y conductuales del autismo, sin retraso del desarrollo y con baja presencia de condiciones psiquiátricas asociadas.
- Afectación amplia (en torno al 10%): el perfil con mayor intensidad de dificultades en casi todas las áreas —comunicación, conducta, desarrollo— combinado con ansiedad, depresión y alteraciones del ánimo.
Lo verdaderamente novedoso no es solo que existan estos cuatro grupos a nivel de comportamiento, algo que la clínica ya intuía, sino que, al cruzar los datos con la genética de cada participante, cada grupo mostró un patrón propio de variantes genéticas, con muy poca superposición entre unos y otros. Es decir: no son etiquetas arbitrarias, sino agrupaciones que parecen tener una base biológica real.
El momento importa: genes que actúan antes o después de nacer
Uno de los datos más interesantes del estudio de Princeton y la Simons Foundation tiene que ver con el cuándo, no solo con el qué. Los investigadores observaron que el grupo de «afectación amplia» concentraba la mayor proporción de mutaciones genéticas dañinas de novo, es decir, variantes que no estaban presentes en ninguno de los progenitores y que surgieron de nuevo en el óvulo, el espermatozoide o el embrión, mientras que el grupo de «TEA mixto con retraso del desarrollo» tenía más variantes raras heredadas de los padres.
Además, en el grupo de «retos sociales y conductuales», el que se diagnostica más tarde y no presenta retraso del desarrollo, los genes implicados tienden a estar activos sobre todo después del nacimiento, durante la infancia, mientras que en el grupo con retraso del desarrollo la actividad genética relevante se concentra en la etapa prenatal. Esto encaja con algo que muchas familias observan de forma intuitiva: hay niños en los que las diferencias son visibles casi desde el nacimiento, y otros en los que el desarrollo temprano parece típico y las dificultades se hacen evidentes más adelante, a menudo coincidiendo con las mayores exigencias sociales del colegio.
Genes distintos, mismo destino: las rutas cerebrales convergentes
Si la genética del autismo implica a cientos de genes distintos, ¿cómo puede tener sentido hablar de «subtipos» con un número manejable de rutas biológicas? Una investigación de la Universidad de Yale, coliderada por Kristen Brennand y Ellen Hoffman, ofrece una pista importante. El equipo utilizó edición genética CRISPR para desactivar, uno por uno, 23 genes distintos asociados al neurodesarrollo en células cerebrales humanas cultivadas en laboratorio, y observó cómo cada desactivación alteraba la actividad genética a lo largo de las distintas fases de la maduración neuronal. Después validó varios de esos hallazgos en modelos animales, concretamente en peces cebra portadores de mutaciones equivalentes.
La conclusión es que, aunque los genes de partida sean muy distintos entre sí, muchos de ellos convergen en un número limitado de procesos biológicos compartidos: la comunicación entre neuronas a través de las sinapsis, la regulación de qué genes se activan o desactivan dentro de la célula, y la producción de energía en las mitocondrias. Dicho de otro modo, hay muchas puertas de entrada distintas, pero varias de ellas desembocan en pasillos comunes dentro del cerebro en desarrollo. Esta idea de convergencia es la que permite pensar, a largo plazo, en abordajes que no tengan que diseñarse gen por gen, sino ruta por ruta compartida, aunque conviene subrayar que esa fase de posibles tratamientos dirigidos está todavía en una etapa muy inicial de investigación con animales, no en la clínica humana.
Dos formas distintas de crecer: lo que muestran los organoides cerebrales
Otra línea de investigación, también del Yale Child Study Center y liderada por Flora Vaccarino, se ha centrado directamente en observar el cerebro en formación. Su equipo creó organoides cerebrales, pequeñas estructuras tridimensionales de tejido neuronal cultivadas en laboratorio a partir de células madre, usando muestras de 13 niños con autismo, ocho de los cuales tenían también macrocefalia (una cabeza de mayor tamaño de lo habitual), y las comparó con las de sus propios padres.
El resultado, publicado hace unos años pero que sigue siendo una referencia clave en este campo, fue que aparecían dos patrones de desarrollo neuronal completamente distintos ya en las primeras semanas de formación del cerebro: los niños autistas con macrocefalia mostraban un exceso de neuronas excitadoras respecto a sus padres, mientras que los niños autistas sin macrocefalia mostraban justo lo contrario, un déficit del mismo tipo de neuronas. Como resumía la propia Vaccarino, resulta llamativo que niños con síntomas muy similares en la superficie puedan tener, por debajo, redes neuronales alteradas de formas casi opuestas. Este hallazgo es coherente con la idea general de los subtipos: el autismo, como diagnóstico conductual, puede ser el punto de llegada de trayectorias de desarrollo cerebral distintas.
Qué significa todo esto en la práctica (y qué no significa)
Es importante situar estos avances en su justa medida. Ninguno de estos estudios propone una cura para el autismo, ni convierte estos hallazgos en un test diagnóstico disponible hoy en una consulta. El diagnóstico sigue basándose, y seguirá haciéndolo durante bastante tiempo, en la observación clínica del comportamiento y el desarrollo, no en un análisis genético. Tampoco hay que interpretar los subtipos como una jerarquía de «autismos mejores o peores»: son perfiles estadísticos que ayudan a entender la diversidad del espectro, no categorías cerradas en las que cada persona autista tenga que encajar a la perfección.
Lo que sí aportan estos trabajos es una confirmación, con datos sólidos, de algo que las familias y las propias personas autistas llevan años señalando: que el autismo no es una condición uniforme, sino un conjunto de rutas de desarrollo distintas que comparten un mismo nombre diagnóstico. A medio y largo plazo, entender estas rutas puede ayudar a anticipar qué apoyos concretos, logopedia, terapia ocupacional, apoyo psicológico para la ansiedad, seguimiento del desarrollo motor, tienen más probabilidades de encajar con cada perfil, y a explicar mejor por qué dos niños con el mismo diagnóstico pueden necesitar planes de apoyo tan diferentes. Por ahora, el mensaje más útil para las familias no es esperar una solución genética inminente, sino algo más sencillo: la ciencia empieza a poner nombre, con rigor, a una diversidad que en la comunidad autista siempre se ha dado por sabida.