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Problemas digestivos en el autismo: estreñimiento, reflujo y dolor abdominal, y por qué son tan frecuentes

El estreñimiento, el reflujo y el dolor abdominal son mucho más frecuentes en autismo que en la población general. Explicamos por qué ocurren, cómo pueden expresarse como cambios de conducta, y qué dice la evidencia sobre su manejo.

El estreñimiento, el reflujo o el dolor abdominal recurrente son mucho más frecuentes entre las personas autistas que en la población general, y sin embargo se habla poco de ellos como cuestión propia. En este portal ya hemos tratado la microbiota intestinal (la composición de bacterias del intestino) y la dieta sin gluten ni caseína como intervención dietética, pero este artículo trata algo distinto: los síntomas y trastornos digestivos funcionales en sí —por qué son tan comunes en autismo, por qué a veces cuesta detectarlos a tiempo, y qué dice la evidencia sobre cómo manejarlos.

Cuánto más frecuentes son: los números

El metaanálisis de referencia sobre este tema (McElhanon, McCracken, Karpen y Sharp, 2014, publicado en Pediatrics) encontró que los niños y niñas autistas tienen una probabilidad hasta 4,4 veces mayor de presentar síntomas gastrointestinales que sus iguales sin autismo. Una revisión publicada en Anales de Pediatría sitúa la prevalencia agrupada en autismo en torno al 33% frente al 13,5% en población pediátrica general; cuando se usan criterios diagnósticos más estrictos (los criterios Roma III para trastornos digestivos funcionales), la diferencia es aún mayor: 55% frente a 16,4%.

Un estudio de seguimiento de 2023 publicado en Autism Research, con 308 menores autistas de 6 a 17 años, encontró que casi la mitad de las familias (49%) reportaba algún síntoma digestivo, con esta distribución: estreñimiento (32%), dolor abdominal (21%) y rechazo de determinados alimentos (19%). Otras revisiones sistemáticas amplían aún más el rango, con cifras de hasta el 65% para estreñimiento o diarrea según el estudio y la metodología empleada.

Por qué ocurren: varios mecanismos a la vez

No hay una única causa; la investigación reciente apunta a varios factores que suelen combinarse:

  • El sistema nervioso entérico. Una revisión de 2024 en Nature Reviews Gastroenterology & Hepatology (Hung y Margolis) explica que el intestino tiene su propio sistema nervioso —a veces llamado «segundo cerebro»— y que las mismas alteraciones del desarrollo neurológico asociadas al autismo pueden afectar también a esa red. Se ha documentado, por ejemplo, una asociación entre conductas rígidas o de tipo compulsivo y estreñimiento funcional.
  • Ansiedad. Varios estudios encuentran una correlación clara entre el nivel de ansiedad y la presencia de síntomas digestivos, en una relación que probablemente funciona en ambas direcciones: la ansiedad empeora el tránsito intestinal, y el malestar digestivo crónico genera a su vez más ansiedad.
  • Selectividad alimentaria y dietas pobres en fibra. Cuando la alimentación se restringe mucho por motivos sensoriales, es habitual que la ingesta de fibra y líquidos quede por debajo de lo recomendado, lo que favorece directamente el estreñimiento.
  • Interocepción atípica e hipersensibilidad visceral. Una revisión de 2022 en Frontiers in Psychiatry (Bogdanova y colaboradores) describe lo que llaman la «paradoja del dolor» en autismo: en algunos contextos parece haber menor reacción visible al dolor, mientras que en otros hay una hipersensibilidad marcada. Los autores sitúan el origen en una alteración de la ínsula, la región cerebral que integra las señales internas del cuerpo, que desconectaría la señal fisiológica real (que sigue produciéndose con normalidad) de su expresión conductual o facial.

Cuando el cuerpo habla en lugar de las palabras

Uno de los aspectos más importantes —y más fáciles de pasar por alto— es que las dificultades de comunicación, especialmente en personas no verbales o con discapacidad intelectual asociada, pueden hacer que un malestar digestivo se exprese como cambio de conducta en vez de como queja verbal directa. El propio estudio de seguimiento de 2023 mencionado antes encontró que, cuanto más dependía un síntoma de que el menor lo verbalizara (como el dolor abdominal, frente a signos más objetivos como el estreñimiento visible), más incertidumbre mostraban las familias sobre si realmente estaba presente.

Un estudio de 2021 publicado en el Journal of Autism and Developmental Disorders (Kurtz-Nelson y colaboradores), con 112 personas con variantes genéticas asociadas al autismo, encontró que quienes tenían antecedentes de dolor abdominal severo eran ocho veces más propensos a presentar conductas autolesivas que quienes no los tenían, incluso controlando por edad y nivel de funcionamiento adaptativo. La propia revisión de Bogdanova et al. plantea que la autolesión podría funcionar, en algunos casos, como una respuesta al dolor —con la liberación de opioides naturales del propio cuerpo como alivio momentáneo— y no como un signo de insensibilidad al dolor, como a veces se ha asumido erróneamente.

La neuróloga pediátrica Margaret Bauman, del Child Mind Institute, describe otras señales conductuales concretas que pueden delatar un malestar digestivo no verbalizado: torcer el tronco o la cabeza hacia atrás (lo que se conoce como síndrome de Sandifer, asociado al reflujo), resistirse a tumbarse porque el reflujo empeora en posición horizontal, presionarse o golpearse el abdomen, o mostrar agresividad y crisis conductuales repentinas sin un desencadenante aparente. También señala que la dificultad para localizar el origen del dolor puede llevar a que alguien diga «me duele la cabeza» cuando el problema real está en el abdomen.

Qué dice la evidencia sobre el manejo

El informe de consenso de referencia sobre este tema (Buie y colaboradores, 2010, Pediatrics, elaborado por un panel de expertos) es claro en un punto: las personas autistas merecen la misma evaluación médica exhaustiva que cualquier otro paciente ante síntomas digestivos, sin asumir de entrada que el malestar «es cosa del autismo» o que un cambio de conducta es solo comportamental. El panel recomienda un abordaje coordinado entre gastroenterología y el equipo que trabaja los aspectos conductuales, especialmente cuando se sospecha dolor en una persona no verbal.

Para el estreñimiento funcional en la infancia en general, las guías clínicas de referencia (ESPGHAN/NASPGHAN, recogidas también por sociedades pediátricas españolas) recomiendan como primera línea el uso de laxantes osmóticos como el macrogol o polietilenglicol, con desimpactación previa si ya existe acumulación de heces (fecaloma), y fibra e hidratación como medidas de apoyo, no como tratamiento único cuando el estreñimiento ya está instaurado. El entrenamiento en el baño con refuerzo positivo también forma parte del abordaje habitual. En el caso del autismo, este proceso suele complicarse por la selectividad alimentaria, la aversión sensorial a según qué inodoros o cuartos de baño, y la resistencia a cambios de rutina, por lo que suele requerir más paciencia y adaptaciones específicas que en la población general.

Señales que conviene no pasar por alto

  • Dolor abdominal recurrente, aunque no se exprese con palabras claras.
  • Sangre en las heces, pérdida de peso o vómitos persistentes.
  • Un cambio de conducta brusco y sin causa aparente —irritabilidad, agresividad, autolesión— especialmente si coincide con cambios en el hábito intestinal.
  • Resistencia repentina a comer o a tumbarse que antes no existía.

Ante cualquiera de estas señales, la recomendación de los especialistas es descartar primero una causa médica antes de interpretar el cambio como puramente conductual. Tomarse en serio el malestar digestivo —y no asumir que «es solo parte del autismo»— puede marcar una diferencia real en la calidad de vida, sobre todo para las personas que tienen más dificultades para poner ese malestar en palabras.

Autismo

Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.