Hay quien, al escuchar a otra persona masticar patatas fritas o sorber una sopa, siente una simple molestia pasajera. Y hay quien, ante ese mismo sonido, nota que se le acelera el corazón, le sube una oleada de rabia o asco y necesita salir de la habitación como si le fuera la vida en ello. Esto último tiene nombre: misofonía, literalmente «odio a los sonidos». En muchas personas autistas, sobre todo cuando el disparador son los ruidos de la comida —masticar, tragar, sorber, chasquear la lengua—, esta reacción es habitual, intensa y, a menudo, muy mal entendida por quienes les rodean. En este artículo nos centramos precisamente en eso: qué es la misofonía, por qué parece tan frecuente en el autismo y qué se puede hacer al respecto, sin prometer soluciones milagrosas.
¿Qué es exactamente la misofonía?
La misofonía no es simplemente «que te molesten los ruidos». Es una respuesta emocional y fisiológica desproporcionada ante sonidos muy concretos y repetitivos, casi siempre producidos por otra persona: masticar, respirar fuerte, tragar saliva, el clic de un bolígrafo, el tecleo de un teclado, sorber. No hace falta que el sonido sea fuerte —de hecho, suele ser bajito— para que dispare una reacción de rabia, asco intenso, ansiedad o un impulso urgente de huir o de hacer callar a quien lo produce. Quien la vive no elige sentir eso: es una respuesta automática, del sistema nervioso, que aparece antes de que dé tiempo a razonar «total, es solo un ruido».
Es importante decir esto alto y claro: la misofonía no es un capricho ni un problema de mal carácter. La persona que la sufre suele ser la primera en sentirse mal por su propia reacción, especialmente cuando el sonido lo produce alguien a quien quiere.
Por qué los sonidos de la comida son el disparador más habitual
Si hay una categoría de sonidos que aparece una y otra vez como desencadenante de la misofonía, esa es la de comer: masticar con la boca abierta, tragar, sorber bebidas o sopa, chasquear la lengua, el ruido de los cubiertos contra el plato. También son frecuentes los sonidos respiratorios (respirar fuerte, sorberse la nariz) y algunos sonidos repetitivos mecánicos (un boli que se pulsa una y otra vez, un pie que golpetea el suelo). No se sabe con certeza por qué los sonidos orales y de la comida son tan predominantes, pero una hipótesis que se maneja es que son sonidos muy cercanos, muy repetitivos y casi imposibles de evitar en la vida social —compartimos mesa con la familia, con compañeros de trabajo o de clase varias veces al día—, lo que los convierte en un estímulo constante sobre el que, además, la persona misofónica no tiene ningún control.
Autismo y misofonía: qué dice realmente la investigación
Durante años, la misofonía se ha estudiado sobre todo como un fenómeno aparte, pero cada vez hay más investigación que explora su solapamiento con el autismo. Un estudio publicado en el Journal of Autism and Developmental Disorders (Rinaldi, Simner, Koursarou y Ward, 2022) comparó a adultos con misofonía con un grupo de control y encontró que las personas misofónicas puntuaban significativamente más alto en todas las subescalas del Autism Spectrum Quotient (AQ) —comunicación, habilidades sociales, imaginación, cambio de atención— y que un 21,4% de los adultos con misofonía alcanzaba el umbral clínico del AQ, frente a solo un 2,8% del grupo de control. El mismo estudio, con una muestra de adolescentes y sus familias, encontró que los chicos y chicas con misofonía mostraban mayor reactividad emocional negativa: se activaban antes y sentían las emociones negativas con más intensidad.
Más recientemente, una revisión sistemática publicada en 2025 (Aldakhil y Shaik) analizó catorce estudios con casi 90.000 participantes y encontró que la prevalencia de misofonía en población autista oscilaba entre el 12,8% y el 35,5% según el estudio, una cifra notablemente más alta que en población general. La misma revisión señala un dato relevante para las familias: alrededor del 79% de las personas autistas con misofonía presentaba además alguna condición psiquiátrica asociada, principalmente ansiedad, trastorno obsesivo-compulsivo o depresión, lo que sugiere que la misofonía rara vez llega sola y conviene abordarla dentro de un cuadro más amplio de regulación emocional.
Conviene ser honestos con los límites de lo que sabemos: la propia revisión de 2025 señala que existen muy pocos estudios centrados específicamente en tratamiento dentro de población autista, y que hace falta investigación con herramientas diagnósticas más estandarizadas. La relación entre autismo y misofonía parece real y consistente, pero todavía no se comprende del todo por qué se solapan tanto.
Qué ocurre en el cerebro cuando salta la alarma
Parte de la explicación de por qué la misofonía se siente tan fuera de control viene de la neurociencia. Un estudio ya clásico del neurocientífico Sukhbinder Kumar, publicado en 2017 en la revista Current Biology, comparó mediante resonancia magnética a personas con y sin misofonía mientras escuchaban distintos sonidos. Los sonidos «trigger» activaban de forma anómala la corteza insular anterior, una región del cerebro implicada en procesar emociones y en decidir qué estímulos merecen nuestra atención inmediata. Además, encontraron una conectividad funcional atípica entre esta región y otras zonas relacionadas con la memoria y la regulación emocional, junto con respuestas fisiológicas de estrés (como el aumento del ritmo cardíaco) ante los sonidos disparadores. Dicho de forma sencilla: en la misofonía, el cerebro no está «exagerando» de forma voluntaria, sino que su sistema de alarma emocional se activa de verdad, y con fuerza, ante un estímulo que para otra persona pasa completamente desapercibido.
Misofonía, hiperacusia y selectividad alimentaria: no es lo mismo
Es fácil confundir la misofonía con otras sensibilidades sensoriales muy presentes en el autismo, pero conviene distinguirlas porque no se abordan igual. La hiperacusia es una sensibilidad al volumen o a la intensidad general del sonido: un ambiente ruidoso, una alarma, el bullicio de un centro comercial resultan dolorosos o abrumadores independientemente de qué sonido concreto sea. La misofonía, en cambio, no depende del volumen: un susurro al masticar puede disparar la misma reacción que un ruido mucho más fuerte, porque lo que importa no es la intensidad, sino el significado y el patrón del sonido concreto. Tampoco hay que confundirla con la selectividad alimentaria por textura, sabor o aspecto de los alimentos, que tiene que ver con lo que se lleva a la boca, no con lo que se escucha. Una persona puede tener defensividad táctil o rechazar ciertas texturas y no tener ni rastro de misofonía, y viceversa: puede comer con total tranquilidad casi cualquier cosa y, aun así, no soportar el sonido de otra persona comiendo a su lado. Son fenómenos sensoriales distintos que, eso sí, pueden coexistir en la misma persona.
Estrategias que ayudan en el día a día
No existe un interruptor que apague la misofonía, pero sí hay estrategias que reducen su impacto y que cuentan con el respaldo de la comunidad autista y de quienes trabajan con misofonía. Ninguna implica «acostumbrarse a la fuerza» ni exponerse al sonido hasta el agotamiento: eso no funciona y solo añade sufrimiento.
- Auriculares con cancelación de ruido o tapones discretos para comidas familiares, viajes en transporte público o la oficina, sin que eso tenga que interpretarse como «antisocial».
- Ruido blanco o rosa de fondo (un ventilador, una app específica, música instrumental suave) para enmascarar el sonido disparador sin tener que aislarse por completo.
- Comer con música, un podcast o una serie de fondo, si eso ayuda a desviar la atención del sonido de los cubiertos o de la propia masticación de otros.
- Elegir el sitio en la mesa estratégicamente: quedar más lejos de quien mastica con la boca abierta o de quien sorbe la sopa no es una grosería, es una adaptación razonable.
- Explicarlo a la familia y al entorno cercano, con calma y sin dramatizar: decir «no es por ti, es que ese sonido concreto me dispara una reacción que no puedo controlar del todo» ayuda a que dejen de tomárselo como algo personal.
- Salir un momento de la sala cuando la reacción empieza a subir, en lugar de forzarse a aguantar hasta el estallido. Marcharse dos minutos y volver es mucho más sostenible que aguantar y explotar.
Terapias que se han probado (y lo que todavía no sabemos)
En el terreno terapéutico, dos enfoques cuentan con cierto respaldo, aunque ninguno cura la misofonía de forma garantizada. El primero es una adaptación de la Terapia de Reentrenamiento del Tinnitus (TRT), desarrollada originalmente para el tinnitus y la hiperacusia y adaptada después a la misofonía por los investigadores Pawel y Margaret Jastreboff. Combina información detallada sobre qué le ocurre al sistema nervioso (counseling) con una terapia de sonido gradual pensada para debilitar, poco a poco, la asociación automática entre el sonido disparador y la reacción de alarma. Los propios autores han publicado resultados prometedores en series de pacientes, pero ellos mismos reconocen que se trata de estudios sin grupo de control, por lo que la evidencia científica todavía es limitada.
El segundo enfoque es la terapia cognitivo-conductual (TCC), que no elimina la sensibilidad al sonido en sí, pero ayuda a trabajar la respuesta de rabia o pánico que la acompaña: identificar los pensamientos automáticos («me está haciendo esto adrede»), practicar técnicas de regulación antes de que la reacción se dispare del todo, y planificar con antelación situaciones previsibles (comidas familiares, la oficina). Es importante decir que ninguna de estas terapias debería incluir técnicas de exposición forzada, castigo o «aguantar el dolor hasta acostumbrarse»: ese enfoque no cuenta con respaldo científico serio y puede empeorar la ansiedad asociada.
Para terminar
Si te reconoces en esta descripción, o reconoces a tu hijo o hija, la primera adaptación práctica no es ningún dispositivo ni ninguna terapia: es entender que esa reacción es real, tiene una base neurológica y no depende de la voluntad. A partir de ahí, unos auriculares, un poco de ruido de fondo, un sitio pensado en la mesa y una conversación honesta con la familia suelen aliviar mucho más de lo que parece. Y si la misofonía interfiere seriamente en el día a día —comidas familiares imposibles, ansiedad anticipatoria, conflictos constantes—, merece la pena buscar a un profesional con experiencia tanto en autismo como en misofonía, que pueda acompañar el proceso sin recurrir a atajos que prometan una cura rápida que, hoy por hoy, no existe.