Entrar en un supermercado un sábado por la mañana parece un gesto tan cotidiano que casi nadie se detiene a pensarlo. Pero para muchas personas autistas, ese trayecto de veinte minutos entre las estanterías puede ser una de las tareas más agotadoras de la semana. No es capricho ni exageración: es la suma de un entorno sensorial hostil y una cantidad de decisiones que el cerebro tiene que procesar, una detrás de otra, sin pausa.
En este artículo nos centramos en algo muy concreto: la experiencia física de ir a comprar alimentos, desde que se entra por la puerta hasta que se sale con las bolsas. No hablamos de qué cocinar en casa ni de cómo decidir el menú del día, sino de lo que ocurre dentro de la propia tienda: las luces, el ruido, las colas y esa balda interminable con veinte marcas distintas de tomate frito.
Un entorno diseñado sin pensar en el sistema sensorial
Los supermercados no son neutros. Están pensados para maximizar el tiempo de permanencia y el impulso de compra, y eso se traduce en una combinación de estímulos que un sistema nervioso hipersensible puede vivir como una agresión constante:
- Luz fluorescente parpadeante y muy intensa, sin apenas luz natural.
- Megafonía con ofertas, avisos y llamadas al personal, superpuesta a la música ambiente.
- Ruido de fondo constante: carros, cámaras frigoríficas, cajas registradoras, conversaciones, niños.
- Mezcla de olores entre la panadería, la pescadería, los productos de limpieza y el perfume de otros clientes.
- Aglomeración y contacto físico involuntario en pasillos estrechos o en las colas de caja.
Ninguno de estos estímulos es intenso por sí solo. El problema es que llegan todos a la vez y durante un tiempo prolongado, sin que la persona pueda controlar ni predecir cuándo va a aparecer el siguiente pitido de caja o el siguiente anuncio por megafonía.
Lo que dicen los datos sobre autismo y espacios públicos
La campaña Too Much Information, lanzada en 2016 por la National Autistic Society en Reino Unido, sigue siendo una de las referencias más citadas sobre este tema. Su informe recogió que el 50% de las personas autistas y sus familias evitan a veces salir de casa por miedo a cómo va a reaccionar la gente ante ellas, y que un 73% de las personas autistas y un 60% de las familias modifican su comportamiento para intentar pasar más desapercibidas en público. También encontró que solo un 16% de las personas autistas y sus familias cree que el público entiende de verdad lo que significa ser autista, pese a que un 99,5% de la población ha oído hablar del autismo.
Estas cifras no hablan específicamente de supermercados, pero explican algo clave: mucha gente autista no solo lidia con el entorno sensorial de la tienda, sino también con la ansiedad social de estar siendo observada mientras intenta gestionarlo. Esa doble carga —sensorial y social— es la que convierte una compra rápida en una tarea de alto coste energético.
La sobrecarga de elección: cuando «más opciones» es «más difícil»
Además del ruido y las luces, hay un segundo fenómeno que rara vez se nombra: la fatiga de decisión ante estanterías con decenas de marcas prácticamente idénticas. Elegir entre seis tipos de tomate frito exige comparar precio, tamaño, ingredientes y marca seis veces seguidas; elegir entre veinticinco multiplica ese esfuerzo sin que la recompensa final sea mayor.
Este efecto está documentado fuera del ámbito del autismo. El estudio clásico de las mermeladas de las psicólogas Sheena Iyengar y Mark Lepper (2000) mostró que, en un mostrador con 24 variedades, un 60% de los clientes se paraba a mirar, pero solo un 3% de ellos acababa comprando un tarro. En el mostrador con solo 6 variedades, se paraba menos gente (un 40%), pero acababa comprando un 30% de quienes se detenían: diez veces más. Es decir, cuantas más opciones hay, más atractivo resulta el escaparate, pero más difícil se vuelve decidirse.
Si a esto le sumamos que muchas personas autistas presentan diferencias en la función ejecutiva —el conjunto de procesos mentales que permiten planificar, organizar y decidir entre alternativas—, el resultado es que cada pasillo del supermercado puede convertirse en una sucesión de pequeñas decisiones agotadoras, todas ellas encima del ruido y las luces que ya están consumiendo recursos de atención.
Iniciativas reales que ya reducen la sobrecarga
Algunas cadenas han empezado a adaptar sus tiendas. En España, Carrefour puso en marcha «La Hora Silenciosa», una franja diaria en la que se atenúa la iluminación, se apaga la música ambiente, se suspende la megafonía y se reduce el volumen de las cajas, disponible en sus hipermercados y en más de un centenar de supermercados Carrefour Market, en colaboración con Autismo España. En Reino Unido, cadenas como Asda, Sainsbury’s o Morrisons ofrecen desde hace años franjas similares —conocidas como quiet hours—, con las luces bajadas y sin música ni avisos por megafonía.
Estas iniciativas no resuelven el problema por completo (siguen existiendo los olores, la gente, las decisiones entre marcas), pero demuestran algo importante: el entorno del supermercado se puede modificar, y cuando se hace, deja de ser tan agotador. No es la única solución posible, pero conviene tenerla como un recurso más.
Estrategias prácticas para el día a día
Más allá de esperar a que una tienda active su hora silenciosa, hay decisiones que cada persona o familia puede tomar por su cuenta:
- Elegir el horario con cuidado. A primera hora de la apertura o a última hora de la tarde entre semana suele haber mucha menos gente, menos colas y menos ruido acumulado que un sábado a mediodía.
- Llevar una lista organizada por secciones (frutería, lácteos, congelados…) en el mismo orden en que aparecen en la tienda, para reducir las paradas a pensar «¿qué me falta?» en mitad del pasillo.
- Fijar la marca de antemano. Decidir en casa, con calma, qué marca o producto concreto se va a comprar en cada categoría, en lugar de decidirlo delante de la estantería. Esto elimina buena parte de la sobrecarga de elección de la que hablábamos antes.
- Usar protección sensorial: auriculares con cancelación de ruido o simplemente tapones, y gafas de sol dentro de la tienda si la luz fluorescente resulta molesta.
- Priorizar el autocobro frente a las cajas con cajera o cajero cuando la interacción social añade presión, o al revés, si el autocobro genera más estrés por tener que resolver incidencias sola.
- Valorar la compra online o a domicilio como alternativa habitual, no solo como «solución de emergencia». Elegir los productos desde casa, sin prisa ni ruido, y con la posibilidad de repetir la misma cesta cada semana, elimina buena parte tanto de la carga sensorial como de la carga de decisión.
- Repartir o delegar la tarea entre distintos miembros de la familia, o alternar quién hace la compra física y quién la hace online, si eso es posible.
Por qué merece la pena nombrar esto
Hacer la compra no debería ser, en teoría, una tarea que exija una planificación tan minuciosa. Pero cuando se entiende por qué agota —el entorno sensorial, la incertidumbre social y la sobrecarga de elección se acumulan al mismo tiempo—, deja de parecer una cuestión de «poca tolerancia» y se convierte en lo que realmente es: una tarea con un coste cognitivo y sensorial real, que puede aliviarse con estrategias concretas.
Nombrar esta dificultad también sirve para justificar, sin culpa, decisiones como delegar la compra, pedirla online de forma habitual o ir siempre a la misma hora tranquila. No son «atajos»: son formas legítimas de gestionar una tarea que, para un cerebro autista, puede pesar mucho más de lo que parece desde fuera.
La próxima vez que la compra se haga cuesta arriba, puede ayudar recordar tres ideas: elegir bien el momento, reducir el número de decisiones que hay que tomar dentro de la tienda con listas y marcas ya decididas de antemano, y proteger el sistema sensorial con las herramientas que mejor funcionen para cada persona, ya sean auriculares, gafas de sol o directamente la pantalla del móvil para pedirla desde el sofá. No hay una única forma correcta de hacer la compra: hay la que menos agota a cada persona, y esa es la que vale la pena elegir.