Cuando se habla de la visión en el autismo, casi siempre se piensa en lo mismo: la hipersensibilidad a la luz, la evitación del contacto visual o la sobrecarga ante ciertos estímulos visuales. Son fenómenos reales y bien documentados, pero no son lo único que la ciencia ha encontrado. Existe otra línea de investigación, mucho menos conocida, que no habla de cómo se procesa la información visual en el cerebro, sino de problemas estructurales y oculomotores del propio ojo: estrabismo, ambliopía, errores de refracción y dificultades de convergencia. Varios estudios clínicos sugieren que estos problemas son más frecuentes en la población autista que en la población general, y eso tiene implicaciones prácticas muy concretas.
Un hallazgo que no depende de un solo estudio
El hallazgo más citado en este campo proviene de un estudio retrospectivo firmado por Ikeda y colaboradores, publicado en 2013 en la Journal of Autism and Developmental Disorders. El equipo revisó los historiales de 407 niños diagnosticados de autismo o un trastorno relacionado, de los cuales 154 se habían sometido a un examen oftalmológico completo por parte de un oftalmólogo pediátrico. El resultado: el 40% de estos niños presentaba algún tipo de patología oftalmológica. Desglosado, un 29% tenía errores de refracción significativos (como miopía, hipermetropía o astigmatismo), un 21% tenía estrabismo (desviación de los ojos) y un 10% tenía ambliopía (lo que coloquialmente se llama «ojo perezoso»).
Un estudio anterior, firmado por Black y colaboradores y publicado en 2013 en la revista Strabismus, había encontrado un patrón similar en una muestra mucho más pequeña y clínica: de 44 niños autistas atendidos en un centro oftalmológico de Baltimore entre 2007 y 2011, 18 tenían estrabismo (4 de ellos necesitaron cirugía), 5 tenían ambliopía y 3 tenían anisometropía (una diferencia de graduación entre ambos ojos). Los propios autores señalan que su muestra no era representativa de la población autista en general, ya que procedía de niños que ya habían sido remitidos a una consulta oftalmológica, probablemente porque alguien había notado algo. Esto significa que la cifra real en la población autista general podría ser menor, pero también confirma que, cuando se busca, se encuentra.
La convergencia: el hallazgo más consistente y menos conocido
Más allá de estos dos estudios clínicos, un trabajo de 2009 de Elizabeth Milne, Helen Griffiths, David Buckley y Alison Scope, publicado también en la Journal of Autism and Developmental Disorders, se propuso algo distinto: evaluar sistemáticamente varios aspectos de la función visual —agudeza visual, estereoagudeza, convergencia, divergencia, motilidad ocular y la respuesta optoquinética— en 51 personas autistas y 44 personas con desarrollo típico, niños y adolescentes en ambos grupos.
La conclusión de este estudio es más matizada de lo que cabría esperar, y vale la pena citarla con precisión porque suele malinterpretarse: según sus propias autoras, la mayoría de los aspectos de la visión evaluados, incluida la agudeza visual, no mostraron diferencias entre el grupo autista y el grupo de comparación. El hallazgo que sí destacó, y que las autoras señalan explícitamente como un aspecto que merece más investigación, fue la convergencia: la capacidad de los dos ojos para girar hacia dentro y enfocar juntos un objeto cercano. Es un hallazgo distinto de un diagnóstico de estrabismo franco, y se refiere más bien a cómo coordinan ambos ojos su movimiento en una tarea concreta.
Este matiz importa: no se trata de que «las personas autistas vean peor» en términos generales, sino de que ciertos componentes muy específicos del sistema oculomotor —cómo se alinean y coordinan los ojos, no cuánto se agudiza la vista— parecen comportarse de forma distinta con más frecuencia que en la población general.
Por qué esto se pasa por alto con facilidad
Hay varias razones por las que estos problemas pueden quedar sin detectar durante años en una persona autista:
- Dificultad para describir el síntoma. Un niño pequeño, o una persona con dificultades de comunicación, puede no tener manera de expresar que ve doble, que un ojo se le desvía o que le cuesta enfocar de cerca.
- Solapamiento con otros rasgos. Evitar el contacto visual, mirar de reojo o acercarse mucho a los objetos puede atribuirse directamente a «rasgos autistas» sin plantearse que detrás pueda haber, además, un problema oftalmológico tratable.
- Barreras sensoriales en la propia revisión. Una revisión oftalmológica estándar implica luces brillantes, acercamiento físico y, a veces, esperar en salas de espera ruidosas: factores que pueden hacer que la cita sea en sí misma difícil de completar, y que a veces se evite por ese motivo.
Lo que se puede hacer
El propio estudio de Ikeda y colaboradores concluye con una recomendación concreta: que todos los niños autistas se sometan a un examen oftalmológico completo, no solo a un cribado visual básico. Esa recomendación sigue siendo razonable más de una década después, y se puede aplicar con algunos matices prácticos:
- Pedir una revisión oftalmológica completa, no solo la prueba de agudeza visual que a veces se hace en el colegio o en el pediatra, que no detecta ni estrabismo latente ni problemas de convergencia.
- Mencionar explícitamente el autismo al profesional, para que tenga en cuenta tanto la mayor probabilidad estadística de estos hallazgos como las posibles necesidades de adaptación sensorial durante la prueba.
- Adaptar la cita en lo posible: pedir hora a primera o última hora para evitar esperas, preguntar si se puede atenuar la luz de la sala de espera, o llevar algo que ayude a regular la espera.
- No descartar un problema visual solo porque ciertas conductas (acercarse mucho a las pantallas, girar la cabeza al mirar, cerrar un ojo) ya se hayan interpretado como «algo autista»: pueden serlo y, a la vez, señalar algo que un oftalmólogo puede corregir.
Ninguno de estos estudios permite afirmar que todas las personas autistas tengan problemas oculares, ni que estos expliquen las diferencias sensoriales que sí están mejor establecidas en la investigación sobre autismo. Lo que sí sugieren, de forma consistente entre distintos equipos y distintas muestras, es que vale la pena mirar también hacia el propio ojo, y no asumir que todo lo relacionado con la mirada en una persona autista tiene necesariamente una explicación puramente sensorial o conductual.