«Los autistas no tienen empatía» es una de las frases más repetidas —y más dañinas— sobre el autismo. Circula en series, en comentarios de redes sociales y, por desgracia, también en algunas consultas profesionales. Para muchas personas autistas, sin embargo, la experiencia es justo la contraria: describen sentir el malestar o la alegría de otra persona de forma tan intensa que resulta agotador, hasta el punto de tener que apartar la mirada o salir de la habitación. Esta contradicción —el mito de la frialdad frente al testimonio de la sobrecarga emocional— tiene una explicación que la investigación reciente empieza a poner sobre la mesa: no es que falte empatía, es que su arquitectura interna es distinta.
De dónde viene el mito de la falta de empatía
La idea de que el autismo implica un déficit de empatía se apoya en parte en estudios clásicos sobre la llamada «teoría de la mente»: la capacidad de inferir lo que otra persona piensa, sabe o cree, que en ciertas pruebas aparece con más dificultad en personas autistas. De ahí se extrapoló, de forma apresurada, que si cuesta inferir lo que otro piensa, también debe costar sentir lo que otro siente. Pero inferir y sentir son procesos distintos, y ahí está la clave del malentendido.
Dos tipos de empatía, no una sola
La psicología distingue habitualmente entre dos componentes de la empatía:
- Empatía cognitiva: la capacidad de reconocer e inferir qué siente o piensa otra persona, aunque no lo exprese con claridad. Es más una habilidad de interpretación.
- Empatía emocional (o afectiva): la capacidad de sentir, resonar o verse afectado por la emoción de otra persona. Es más una respuesta visceral, casi automática.
Durante años, la narrativa dominante sobre el autismo asumía que la empatía cognitiva estaba reducida mientras que la emocional permanecía intacta. Un estudio de 2022 cuestiona justamente esa simplificación.
El estudio de 2022: qué es el «desequilibrio empático»
Itay Shalev, Varun Warrier, Daniel M. Greenberg, Paula Smith, Carrie Allison, Simon Baron-Cohen, Alal Eran y Florina Uzefovsky publicaron en la revista Autism Research un estudio con 1.905 adultos autistas y 3.009 adultos no autistas, reclutados a través de la base de datos de investigación sobre autismo de la Universidad de Cambridge. Todos completaron el Cociente de Empatía (que mide por separado la parte cognitiva y la emocional), el Cociente del Espectro Autista y el Cociente de Sistematización.
En lugar de limitarse a comparar puntuaciones medias entre grupos, el equipo utilizó una técnica estadística llamada análisis de superficie de respuesta con regresión polinómica. Esta técnica permite estudiar no solo si la empatía total es alta o baja, sino si está desequilibrada: si la parte emocional pesa más que la cognitiva, o al revés. A esa descompensación la llamaron desequilibrio empático (empathic disequilibrium).
Qué encontraron exactamente
Los resultados principales del estudio fueron estos:
- Una empatía total más baja, combinada con una inclinación hacia la empatía emocional por encima de la cognitiva, predecía una mayor probabilidad de tener un diagnóstico de autismo.
- El predominio de la empatía emocional se asoció sobre todo con rasgos autistas de tipo social (dificultades en la interacción), mientras que el predominio de la empatía cognitiva se asoció con rasgos no sociales, como una mayor tendencia a sistematizar (identificar reglas, patrones y estructuras).
- Las mujeres autistas mostraron una tendencia más marcada que los hombres autistas hacia el predominio de la empatía emocional sobre la cognitiva.
Los propios autores señalan que su estudio no elimina por completo la idea de un déficit: la empatía total seguía siendo, en conjunto, más baja en el grupo autista. Pero matizan de forma importante el relato clásico: en lugar de «falta empatía cognitiva, sobra empatía emocional» de forma ordenada, lo que aparece es un reparto interno distinto en cada persona, que puede inclinarse hacia un lado o hacia otro, y que no siempre coincide con el estereotipo.
Por qué este matiz no es un tecnicismo
La diferencia entre «falta de empatía» y «desequilibrio empático» no es solo una cuestión de vocabulario académico. Encaja mucho mejor con algo que muchas personas autistas llevan años describiendo en primera persona: no la ausencia de emoción ante el malestar ajeno, sino una intensidad emocional que puede resultar desbordante —a veces hasta el punto de necesitar retirarse de una situación precisamente porque se siente demasiado, no demasiado poco—. A la vez, explica por qué la parte más visible socialmente —anticipar lo que el otro espera, leer una indirecta, seguir el ritmo de una conversación grupal— puede costar más esfuerzo, sin que eso tenga nada que ver con la capacidad de que algo le importe a la persona.
Este marco también ayuda a entender mejor el llamado info-dumping (compartir con entusiasmo información sobre un tema de interés) o la implicación emocional intensa en causas o personas concretas, comportamientos que a veces se malinterpretan como egocentrismo cuando en realidad reflejan justamente lo contrario: una conexión emocional muy fuerte, expresada de una forma que no sigue el guion social esperado.
Qué limitaciones tiene este estudio
Como cualquier estudio, este tiene límites que conviene tener presentes:
- Los datos son autoinformados: cada persona puntuó su propia empatía, lo que introduce cierta subjetividad.
- La muestra se recogió de forma online, lo que probablemente sobrerrepresenta a personas con un nivel de inteligencia medio o alto, y deja fuera a personas autistas con mayores necesidades de apoyo o sin acceso a internet.
- El diseño es correlacional: muestra una asociación, no una causa. Los propios autores describen mecanismos como la «sobreactivación» (una respuesta emocional desproporcionadamente intensa ante el malestar ajeno, que puede llevar a evitarlo) como hipótesis todavía por confirmar.
Una idea para quedarse
Decir que una persona autista «no tiene empatía» describe mal lo que ocurre y, además, causa un daño real: invalida la experiencia de quienes sienten precisamente lo contrario, y puede llevar a tratar con frialdad a alguien que, por dentro, está reaccionando con una intensidad que cuesta mostrar hacia fuera en el formato que se espera. El concepto de desequilibrio empático ofrece una alternativa más honesta: no una balanza rota, sino una balanza que se inclina de otra manera. Entenderlo así no cambia el diagnóstico de nadie, pero sí puede cambiar cómo se interpreta —y cómo se trata— a la persona que tenemos delante.