«Es que no pilla las bromas.» «No tiene sentido del humor.» «Se lo toma todo al pie de la letra.» Pocos estereotipos sobre el autismo están tan extendidos —ni tan equivocados en su forma más simplista— como este. Basta pasar un rato en foros y comunidades de personas autistas, o ver el éxito de cuentas y creadores autistas que viven del humor, para notar que algo no encaja: gente a la que supuestamente «le falta» sentido del humor produciendo, en masa, contenido que hace mucha gracia.
La realidad, como casi siempre en autismo, está en un punto más interesante que el mito y que su negación completa. Hay diferencias reales, medibles, en cómo se procesan ciertos tipos de humor muy concretos —sobre todo el que depende de leer entre líneas en una conversación en tiempo real—. Pero eso es muy distinto de «no tener sentido del humor». De hecho, la investigación lleva más de veinte años señalando exactamente lo contrario: el humor autista existe, es rico, y en muchos casos es sencillamente distinto al que se usa como vara de medir por defecto.
De dónde viene la idea de que las personas autistas no entienden las bromas
El estereotipo no salió de la nada. Durante décadas, buena parte de la investigación sobre autismo y humor se centró casi en exclusiva en tareas de laboratorio muy concretas: entender ironía hablada, detectar sarcasmo en una frase aislada sin contexto, interpretar chistes que dependen de inferir lo que otra persona está pensando (lo que en psicología se llama teoría de la mente). En esas tareas específicas, sí aparecían diferencias entre grupos autistas y no autistas. El problema es que esos resultados de laboratorio se generalizaron —de forma bastante perezosa— a «las personas autistas no tienen sentido del humor», ignorando todo lo demás: el humor absurdo, los juegos de palabras, el humor visual, el humor ligado a un tema muy concreto, o directamente el propio testimonio de miles de personas autistas que se ríen, hacen reír y disfrutan muchísimo del humor.
Ya en 2004, los investigadores Viktoria Lyons y Michael Fitzgerald publicaron en el Journal of Autism and Developmental Disorders una revisión que ponía el dedo en la llaga: señalaban que, frente a los estudios que documentaban dificultades puntuales, existían también numerosos testimonios —de familias, docentes y de las propias personas autistas— que mostraban un sentido del humor claramente presente, a veces muy sofisticado, que no encajaba bien con los modelos teóricos que se usaban entonces para «explicar» por qué el autismo y el humor serían incompatibles. Dos décadas después, esa tensión sigue siendo el resumen más honesto de dónde estamos: los modelos simples no cuadran con la realidad.
Lo que sí muestra la evidencia: diferencias reales, no ausencia
Dicho esto, sería igual de deshonesto irse al extremo contrario y decir que no hay ninguna diferencia. Sí las hay, y merece la pena nombrarlas con precisión en vez de esconderlas bajo la alfombra.
Una revisión sistemática publicada en 2024 en la revista L’Encéphale, firmada por Boris Mention, Frédéric Pourre y Julie Andanson, resume bien el patrón: las personas autistas sí detectan el humor audiovisual y escrito, pero muestran más dificultades con estímulos puramente auditivos y con las viñetas no verbales (sin texto). En cuanto a la ironía en concreto, el patrón es todavía más matizado: la capacidad de detectar que algo es irónico está bastante conservada, pero la comprensión se resiente más cuando la ironía llega hablada, en una conversación en directo, que cuando llega por escrito —donde hay tiempo para releer, pensar y no depender tanto de captar un tono de voz sobre la marcha—.
Ese matiz —hablado frente a escrito— explica muchísimo de lo que las propias personas autistas describen: la dificultad no suele estar en «entender el concepto de ironía», sino en procesarla en tiempo real, con toda la carga sensorial y social de una conversación en directo, sin margen para pararse a analizarla.
Un estudio de 2022 publicado en Applied Psycholinguistics por Panzeri, Mazzaggio, Giustolisi, Silleresi y Surian aporta otro dato clave, y bastante revelador sobre por qué es tan fácil generalizar mal: al evaluar la comprensión de ironía en niños autistas, encontraron una distribución muy poco habitual —casi «bimodal»—. En su muestra, una mayoría de los niños tuvo un rendimiento bajo, pero un subgrupo obtuvo puntuaciones perfectas, sin apenas término medio. Es decir: no existe «el» perfil autista frente al humor irónico. Existe una variabilidad enorme, y cualquier frase que empiece por «las personas autistas no entienden…» ya está simplificando de más. El mismo estudio encontró, además, que tanto autistas como niños no autistas tienden a captar antes la ironía crítica («qué bien lo has hecho», dicho tras un desastre) que la ironía de tipo elogio disfrazado de queja, aunque este patrón era más marcado en el grupo autista.
El humor que sí encaja como un guante: lo absurdo, lo literal y los juegos de palabras
Aquí está, probablemente, la parte más subestimada de toda esta historia: cuando se pregunta directamente por el humor que sí gusta —en vez de solo medir el que cuesta más—, las personas autistas no solo lo entienden, sino que en algunos casos lo disfrutan más que la media.
Un estudio de 2014 publicado en Research in Autism Spectrum Disorders, con 177 estudiantes de instituto autistas comparados con 177 compañeros no autistas, es especialmente ilustrativo. El equipo encontró que el alumnado autista tenía más dificultad con los chistes clásicos de «planteamiento y resolución de incongruencia» —el tipo de chiste que exige reinterpretar toda la frase al llegar al remate—, pero, y esto es lo interesante, disfrutaba más de los chistes sin sentido (nonsense) que sus compañeros no autistas. También mostraban preferencia clara por juegos de palabras basados en dobles sentidos literales, que exigen menos inferencia social y más precisión lingüística: justo el terreno donde muchas personas autistas son especialmente hábiles.
Tiene sentido si se piensa en cómo funciona un juego de palabras frente a una ironía social: el primero premia fijarse mucho en el lenguaje literal —dos significados posibles de una misma palabra—, mientras que la segunda exige, además del lenguaje, leer un contexto social implícito, un tono de voz y una intención no dicha. Son habilidades distintas, y no hay ningún motivo para que fallar en la segunda implique fallar en la primera.
Esto lo confirma también un estudio de 2021 publicado en el Journal of Experimental Child Psychology, del equipo de Purser, Van Herwegen, Ranzato y Thomas: cuando a niños autistas se les daba contexto previo antes de un acertijo con doble sentido, su disfrute subía hasta igualarse con el de los niños no autistas. El chiste en sí no era el problema; lo que ayudaba —o estorbaba— era cuánto andamiaje contextual se ofrecía alrededor.
Humor friki, intereses especiales y el placer de repetir la misma broma
Cualquiera que conozca de cerca a una persona autista reconocerá otro patrón que rara vez aparece en los estudios de laboratorio pero que es enormemente real: el humor ligado a un interés muy concreto. Chistes internos sobre un tema hiperespecífico, memes que solo tienen gracia si conoces a fondo un universo de ficción, juegos de palabras construidos sobre vocabulario técnico de una afición… Ese humor «friki» o de nicho no es un consuelo menor frente a un supuesto déficit: es, para mucha gente autista, una de las formas de humor más ricas y satisfactorias que existen, precisamente porque combina dos cosas que suelen coincidir en el autismo: el placer del detalle y la pasión por un tema concreto.
A esto se suma algo que muchas personas autistas describen en primera persona y que también recogen artículos de divulgación seria sobre el tema: el gusto por repetir una broma, una frase o una rutina cómica una y otra vez, disfrutándola tanto (o más) la vigésima vez que la primera. En el humor neurotípico, repetir un chiste demasiadas veces suele «gastarlo»; en muchas personas autistas ocurre lo contrario, y esa broma recurrente —una coletilla, un gesto, una referencia interna con amigos o familia— se convierte casi en un ritual compartido que refuerza el vínculo, no lo desgasta.
Otro matiz que aparece de forma consistente, tanto en relatos personales como en observaciones clínicas: muchas personas autistas se ríen sobre todo cuando algo les hace gracia de verdad, no tanto por cortesía social o para acompañar el ritmo de una conversación. Eso puede leerse erróneamente como «no se ríe con nuestras bromas», cuando en realidad lo que ocurre es que su risa es, en cierto modo, más honesta y menos performativa que la risa social media.
¿Y entonces el sarcasmo? Ahí sí puede haber más fricción real
Para no caer en el extremo opuesto y pintar un panorama sin ninguna dificultad, vale la pena ser claros con esto: el sarcasmo implícito, disfrazado de comentario serio y sin ninguna señal explícita de que se trata de una broma, sí puede generar más confusión real, especialmente en conversaciones rápidas y con personas poco conocidas. No es que «no se entienda el concepto» de sarcasmo —de hecho, como se ha visto, la detección suele estar bastante conservada—, sino que decodificarlo en el momento, combinando tono de voz, expresión facial, contexto compartido y la intención no verbalizada de quien habla, exige procesar muchas señales sociales a la vez y en muy poco tiempo. Es exactamente el tipo de tarea que resulta más costosa cuando se procesan las señales sociales de forma distinta, y donde el malentendido puede doler de verdad si no hay nadie dispuesto a aclarar «era broma».
La buena noticia es que esta dificultad concreta no dice nada sobre la capacidad general de disfrutar del humor, como muestran los estudios de humor absurdo y juegos de palabras. Y, como con casi todo en autismo, el contexto ayuda mucho: una señal clara de «esto es broma» o explicar el chiste sin condescendencia puede cerrar buena parte de esa brecha.
Un estereotipo que conviene jubilar
Decir que las personas autistas «no tienen sentido del humor» es, a estas alturas, tan impreciso como decir que no sienten empatía o que no quieren tener amigos: una simplificación que confunde una diferencia de procesamiento muy concreta —cómo se decodifica el sarcasmo implícito en una conversación en directo— con una supuesta ausencia total de algo que, en realidad, está muy presente y a menudo es extraordinariamente creativo.
El humor autista existe, tiene nombre propio —absurdo, literal, de juegos de palabras, de nicho, repetitivo por el placer de repetir— y no necesita disculparse por no parecerse siempre al humor social convencional. Si compartes vida, aula o familia con una persona autista, puede que la clave no sea preguntarte por qué «no entiende» tus bromas, sino prestar un poco más de atención a las suyas: es muy probable que llevaras un rato riendo sin darte cuenta de que ya estabas dentro de la broma.