Cuando se habla de la biología del autismo, casi siempre se piensa en neuronas: cómo se conectan, cómo se comunican, qué genes regulan su desarrollo. Pero el cerebro no está formado solo por neuronas. Tiene también su propio sistema inmunitario interno, formado por unas células llamadas microglía, y desde hace ya dos décadas un grupo de investigaciones viene señalando que, en el cerebro de algunas personas autistas, esas células parecen estar más activadas de lo habitual. Es una de las líneas de investigación biológica más consistentes —y, a la vez, más mal entendidas— sobre el autismo, así que vale la pena explicar con cuidado qué dice realmente la evidencia y, sobre todo, qué no dice.
¿Qué es la microglía y qué hace normalmente?
La microglía son las células inmunitarias residentes del sistema nervioso central: una especie de «vigilantes» que patrullan constantemente el cerebro, eliminando restos celulares, combatiendo infecciones y, lo que es menos conocido fuera del ámbito científico, participando activamente en el desarrollo normal del cerebro. Durante la infancia, la microglía ayuda a «podar» las conexiones neuronales que no se usan, un proceso llamado poda sináptica que es completamente normal y necesario para que el cerebro madure con eficiencia. El problema surge cuando la microglía se activa de forma sostenida o desproporcionada, un estado conocido como neuroinflamación, que en otras enfermedades neurológicas (como el alzhéimer o la esclerosis múltiple) se asocia a daño tisular. La pregunta que se han hecho los investigadores durante los últimos veinte años es si algo parecido, aunque de una forma distinta y probablemente mucho más sutil, ocurre también en el autismo.
El estudio que abrió la puerta: Vargas y colaboradores (2005)
La investigación de referencia en este campo es la de Diana Vargas, Caterina Nascimbene, Chitra Krishnan, Daniel Zimmerman y Carlos Pardo, publicada en 2005 en la revista Annals of Neurology (con publicación anticipada online a finales de 2004). El equipo analizó tejido cerebral post mortem de 11 personas autistas y 6 personas sin autismo, y encontró varios hallazgos llamativos: en 9 de los 10 cerebelos autistas estudiados había una pérdida parcheada de neuronas de Purkinje (un tipo de neurona clave del cerebelo), y, de forma más directamente relacionada con la inflamación, los niveles de dos marcadores de activación microglial y astrocitaria (GFAP y HLA-DR) estaban significativamente elevados en el cerebelo de las personas autistas. Un detalle técnico importante es que no encontraron infiltración de linfocitos, es decir, no se trataba de una respuesta autoinmune clásica como la que se ve en enfermedades como la esclerosis múltiple, sino de una activación del sistema inmunitario innato del propio cerebro. Además, en líquido cefalorraquídeo de seis niños autistas vivos, el equipo encontró niveles de una citocina llamada MCP-1 unas 12 veces más altos que en los controles, lo que sugería que esta activación inmunitaria no era solo un hallazgo post mortem aislado.
¿Causa o consecuencia? Las limitaciones que los propios autores reconocen
Este estudio fue, con razón, muy influyente, pero tiene limitaciones importantes que conviene explicar con la misma claridad con la que se explica el hallazgo:
- La muestra era pequeña —11 cerebros autistas— y los estudios post mortem con tejido cerebral humano son, por su propia naturaleza, difíciles de ampliar.
- No se puede saber si la inflamación es causa o consecuencia. Un diseño post mortem solo permite ver una «fotografía» del cerebro en el momento del fallecimiento, no la secuencia de lo que ocurrió primero: si la activación microglial contribuyó a las diferencias de desarrollo, o si fue una respuesta del cerebro a otras diferencias que ya existían.
- Las personas incluidas en el estudio tenían a menudo otras condiciones asociadas, como epilepsia o discapacidad intelectual, que por sí mismas pueden alterar los marcadores inflamatorios, lo que complica separar qué tiene que ver específicamente con el autismo y qué no.
La brecha en la investigación con personas vivas
Si el hallazgo de 2005 es tan citado, cabría esperar que hoy existan ya estudios de neuroimagen que confirmen (o no) la neuroinflamación en personas autistas vivas, usando técnicas como la tomografía por emisión de positrones (PET) con marcadores específicos de activación microglial (conocidos como ligandos TSPO). Y aquí aparece un dato revelador: un metaanálisis transdiagnóstico publicado en 2023 en la revista Brain, Behavior, and Immunity, que reunió 156 estudios de PET con TSPO en once categorías distintas de enfermedades psiquiátricas y neurológicas, encontró que el autismo apenas estaba representado por dos estudios pequeños (uno con 20 personas autistas y 20 controles, otro con 15 y 18), agrupados en una categoría de «otros» sin resultado propio significativo. Esto es clave para entender correctamente el estado de la ciencia: la falta de una señal clara en neuroimagen no significa que el hallazgo de Vargas se haya descartado, sino que, dos décadas después, sigue habiendo sorprendentemente pocos estudios de neuroimagen dedicados específicamente a comprobar si la neuroinflamación observada post mortem también se puede detectar en personas autistas vivas, a lo largo del tiempo y en muestras más amplias.
¿Y esto tiene alguna aplicación práctica hoy?
A pesar de lo prometedora que resulta esta línea de investigación, es importante ser honestos sobre dónde está realmente: en fase de investigación básica, sin ningún tratamiento antiinflamatorio aprobado o recomendado específicamente para el autismo a partir de esta evidencia. Algunos ensayos clínicos pequeños han explorado fármacos con propiedades antiinflamatorias en autismo, pero los resultados son preliminares y no constituyen, por ahora, una recomendación clínica establecida. Lo más valioso de esta investigación hoy no es una promesa de tratamiento inminente, sino que abre una vía: si en el futuro se logra identificar con fiabilidad qué subgrupo de personas autistas presenta efectivamente este patrón de activación microglial, podría ayudar a entender mejor por qué el autismo se presenta de formas tan distintas de una persona a otra, y quizá, más adelante, a diseñar intervenciones dirigidas a ese subgrupo concreto.
Qué no hay que concluir de todo esto
Como con cualquier hallazgo biológico parcial sobre el autismo, es fácil caer en interpretaciones excesivas que la propia ciencia no respalda. Conviene tener claro que esta evidencia no dice que la inflamación «cause» el autismo en un sentido simple y directo, no aplica necesariamente a todas las personas autistas por igual (es probable que solo describa a un subgrupo dentro de un espectro muy heterogéneo), y no convierte al autismo en una «enfermedad inflamatoria» que deba o pueda tratarse con antiinflamatorios genéricos sin respaldo clínico específico. Es, sencillamente, una pieza más del rompecabezas biológico del autismo: sólida en sus hallazgos originales, prometedora en sus implicaciones futuras, y todavía incompleta en su traducción a algo que cambie la vida cotidiana de las familias hoy.