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Catatonia en el autismo: la emergencia médica que muchas veces pasa desapercibida

La catatonia afecta a alrededor de un 10% de las personas autistas a lo largo de su vida, pero sus síntomas se confunden fácilmente con rasgos propios del autismo. Qué dice la investigación y cómo reconocerla.

Cuando se habla de autismo, es habitual pensar en comunicación, sensorialidad o intereses especiales. Pocas veces se menciona la catatonia, un síndrome neuropsiquiátrico que afecta al movimiento, el habla y la conducta, y que según la investigación más reciente puede aparecer en alrededor de una de cada diez personas autistas a lo largo de su vida. Es una de las comorbilidades menos conocidas del espectro autista, y también una de las que con más frecuencia se diagnostica tarde o no se diagnostica nunca, porque sus señales se confunden con «cómo es» la persona autista.

¿Qué es exactamente la catatonia?

La catatonia no es, como a veces se simplifica, «quedarse congelado». Es un síndrome con un abanico amplio de manifestaciones motoras, del habla y conductuales que pueden aparecer combinadas y en distinto grado. Incluye tanto síntomas de inhibición (inmovilidad, mutismo, posturas mantenidas) como síntomas de agitación (inquietud motora, agresividad, autolesiones), y también fenómenos más específicos como la ecolalia, las muecas repetitivas, el negativismo (resistencia activa a instrucciones u órdenes) o la obediencia automática ante ciertos estímulos.

Por eso es un cuadro difícil de identificar desde fuera: no siempre se parece al estereotipo de la persona inmóvil y silenciosa. En personas autistas puede manifestarse como un empeoramiento brusco o progresivo de conductas que ya existían —más estereotipias, más rigidez en los movimientos, más dificultad para iniciar una acción— lo que facilita que se interprete como «más autismo» en lugar de como un síndrome médico añadido.

Lo que dice la revisión científica más amplia hasta ahora

La referencia más sólida disponible es la revisión sistemática con metaanálisis publicada en 2022 por Julia Vaquerizo-Serrano, Gonzalo Salazar De Pablo, Jatinder Singh y Paramala Santosh en la revista European Psychiatry. El equipo analizó 12 estudios (1.534 personas) y pudo combinar estadísticamente 7 de ellos (969 personas) siguiendo los estándares PRISMA y MOOSE para revisiones sistemáticas.

Sus principales hallazgos:

  • Prevalencia estimada del 10,4 % de personas autistas con rasgos catatónicos (intervalo de confianza del 95 %: entre el 5,8 % y el 18 %), aunque con alta variabilidad entre estudios.
  • Las alteraciones del habla aparecieron en un rango muy amplio (entre el 29 % y el 100 % de los casos, según el estudio), junto con negativismo (70-85 %) y agitación (62-75 %).
  • Las autolesiones se documentaron hasta en el 91 % de un grupo clínico durante el seguimiento, lo que subraya la gravedad potencial del cuadro si no se identifica.
  • La catatonia suele aparecer al final de la adolescencia, con un pico de inicio entre los 15 y los 19 años, y predomina en varones (70-100 % de los casos descritos).
  • Es frecuente la comorbilidad con ansiedad, rasgos obsesivo-compulsivos (hasta el 73 % en seguimiento), hiperactividad y epilepsia (11-27 % de los casos).

Los propios autores señalan que la investigación en este campo sigue siendo escasa y heterogénea: no existe un criterio diagnóstico único validado específicamente para catatonia en autismo, y la calidad metodológica media de los estudios disponibles fue baja. Es, en resumen, un área donde la ciencia reconoce que sabe menos de lo que debería.

¿Por qué se confunde tan fácilmente con el propio autismo?

Varias razones se repiten en la literatura clínica. La primera es que muchos signos de catatonia —estereotipias, ecolalia, rigidez, dificultad para iniciar o cambiar de acción— son también rasgos que pueden formar parte del perfil autista habitual de una persona, de modo que un empeoramiento gradual puede pasar inadvertido durante meses si nadie lo compara explícitamente con el punto de partida.

La segunda es que, en personas con comunicación no verbal o con discapacidad intelectual asociada, resulta mucho más difícil que la propia persona explique lo que le está pasando por dentro, lo que obliga a basarse casi exclusivamente en la observación externa.

Y la tercera es que, igual que ocurre con otros problemas de salud en autismo (algo que desarrollamos en nuestro artículo sobre el eclipsamiento diagnóstico), existe una tendencia general —tanto en el entorno cercano como en algunos profesionales sanitarios— a atribuir cualquier cambio de conducta «al autismo», sin plantearse que pueda tratarse de un cuadro médico añadido y potencialmente tratable.

Diferencias con el shutdown y con una crisis de sobrecarga

Es importante no confundir la catatonia con un shutdown autista puntual por sobrecarga sensorial o emocional, del que ya hablamos en otro artículo de este portal. Un shutdown suele ser una respuesta proporcional a un desencadenante identificable (ruido, multitud, cambio inesperado) y tiende a remitir en minutos u horas al retirar el estímulo o dar tiempo de recuperación. La catatonia, en cambio, tiende a instaurarse de forma más sostenida en el tiempo —días o semanas—, no siempre tiene un desencadenante externo claro, puede ir empeorando progresivamente, y no mejora simplemente con descanso o reducción de estímulos. Si los síntomas motores o de habla persisten o empeoran más allá de lo que se consideraría un episodio puntual, conviene plantear una evaluación médica específica.

Qué tratamientos se han estudiado

La revisión de Vaquerizo-Serrano y su equipo recoge tres líneas de abordaje, con distinto nivel de evidencia:

  • Benzodiacepinas (sobre todo lorazepam): es el tratamiento más usado (55,6-95,5 % de los casos descritos), aunque su beneficio real es discutido. En una serie de 22 pacientes, un 31,8 % abandonó por falta de respuesta y un 40,9 % solo tuvo respuesta parcial; aun así, entre quienes completaron un ensayo con lorazepam, el 76 % mostró resolución de los síntomas.
  • Terapia electroconvulsiva (TEC): se empleó en los casos más resistentes (22 personas en la revisión). Los autores la consideran una opción potencialmente útil cuando otros tratamientos fracasan, señalando que en algunos casos fue necesaria de forma mantenida para sostener la mejoría.
  • Antipsicóticos: se usaron en un porcentaje amplio de casos (27-100 %), pero los propios autores advierten que su uso en catatonia sin un trastorno psicótico de base es controvertido y, en algunos marcos clínicos, se considera contraindicado por el riesgo de empeorar el cuadro.

Esto deja claro algo importante: la catatonia en autismo no tiene todavía un protocolo de tratamiento estandarizado y ampliamente validado, lo que hace aún más relevante que la detecten profesionales con experiencia específica en neurodesarrollo, y no solo en psiquiatría general.

Qué hacer si se sospecha

Ante un cambio significativo y mantenido en la movilidad, el habla o la conducta de una persona autista —sobre todo si coincide con la adolescencia o primeros años de la vida adulta, la ventana de mayor riesgo según la evidencia disponible—, puede ser útil:

  • Documentar cuándo empezó el cambio y cómo ha evolucionado, comparándolo con el funcionamiento habitual previo de la persona, no solo con lo que se considera «normal» en población general.
  • Pedir explícitamente una valoración que tenga en cuenta la catatonia como posibilidad diagnóstica, en lugar de asumir que todo el cambio se explica por el autismo en sí.
  • Buscar, si es posible, profesionales con experiencia en psiquiatría del neurodesarrollo, dado que el reconocimiento de este cuadro en personas autistas sigue siendo limitado en la práctica clínica general.
  • Tener en cuenta que un empeoramiento brusco de autolesiones, agitación o aislamiento motor no es «más de lo mismo», sino una señal que merece atención médica, no solo manejo conductual.

La catatonia en el autismo sigue siendo un terreno con muchas preguntas abiertas en la ciencia, pero lo que ya se sabe es suficiente para justificar una idea sencilla: un cambio sostenido e inexplicado en el movimiento, el habla o la conducta de una persona autista nunca debería darse por hecho como «parte del autismo» sin antes descartarlo.

Autismo

Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.