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🧑‍💼 Autismo en adultos

Autismo y creatividad: qué dice la ciencia frente al mito de la falta de imaginación

La investigación sobre pensamiento divergente y autismo desmonta el mito de la falta de imaginación: menos ideas, pero más originales.

Durante décadas, uno de los tópicos más repetidos sobre el autismo ha sido que las personas autistas «no tienen imaginación» o «carecen de creatividad». Es una idea que aparece en manuales antiguos, en descripciones divulgativas poco actualizadas y, a veces, incluso en el imaginario de quienes rodean a una persona autista sin conocer bien de dónde viene realmente esa afirmación. La investigación más reciente cuenta una historia bastante distinta, y más interesante.

De dónde viene la idea de «falta de imaginación»

El origen hay que buscarlo en la llamada «tríada de Wing», el modelo clásico que durante años describió el autismo a partir de tres áreas de dificultad: interacción social, comunicación, e imaginación. Pero conviene leer esa tercera pata con precisión: lo que Lorna Wing describió como dificultad de «imaginación» se refería, sobre todo, al juego simbólico y de ficción compartido en la infancia —jugar a médicos, a representar que una caja es un barco, a inventar historias con otros niños—, no a la creatividad artística o intelectual en sentido amplio.

Con el tiempo, esa idea se simplificó y se generalizó mucho más de lo que el concepto original permitía, hasta convertirse en el tópico de que las personas autistas «no son creativas», algo que la propia evidencia científica actual no sostiene.

El estudio que puso a prueba el mito

En 2015, Catherine Best, de la Universidad de Stirling, y Martin Doherty, de la Escuela de Psicología de la Universidad de East Anglia (Reino Unido), publicaron en el Journal of Autism and Developmental Disorders un estudio diseñado específicamente para poner a prueba esta cuestión. Analizaron las respuestas de 312 personas a un cuestionario online que medía rasgos autistas junto con varias pruebas clásicas de creatividad; 75 de esas personas declararon tener un diagnóstico de autismo.

La prueba principal era una tarea de pensamiento divergente muy utilizada en psicología de la creatividad: pedir tantos usos alternativos como se pudiera imaginar para un objeto cotidiano, como un ladrillo o un clip. Las respuestas se puntuaron por cantidad, por nivel de elaboración y por originalidad. Además, se añadió una segunda prueba: interpretar cuatro dibujos ambiguos, dando un minuto a cada uno para proponer qué podían representar.

Menos respuestas, pero más originales

El resultado fue más matizado que un simple «sí» o «no» a la pregunta de si el autismo limita la creatividad. Las personas con más rasgos autistas dieron, en conjunto, menos respuestas (menor fluidez): generaron una cantidad menor de usos alternativos para cada objeto. Pero, de las respuestas que sí dieron, una proporción mayor eran originales e inusuales. Según los propios autores, el perfil que surge es el de «menos cantidad pero mayor calidad» de ideas creativas: quienes aportaron cuatro o más respuestas poco habituales tendían a tener niveles más altos de rasgos autistas.

En la tarea de las figuras ambiguas ocurrió lo contrario: cuantas más interpretaciones distintas proponía una persona para un mismo dibujo, menores eran, en general, sus rasgos autistas. Esto apunta a un patrón concreto, no a una ventaja o desventaja uniforme en todo tipo de creatividad.

Una posible explicación: saltarse lo obvio

Los propios investigadores propusieron una explicación plausible para este patrón. En la mayoría de personas, el pensamiento creativo suele arrancar generando primero las asociaciones más habituales y automáticas (un ladrillo sirve para construir, para hacer de pisapapeles), y solo después, con más esfuerzo, se llega a usos más originales. Si esa vía asociativa automática está, de alguna forma, menos disponible en el autismo, el resultado lógico sería justo lo que se observó: menos respuestas en total, porque cuesta más generar las «obvias» de relleno, pero con una proporción más alta de ideas inusuales entre las que sí llegan, porque faltan los pasos intermedios menos originales que en otras personas ocupan buena parte de las respuestas.

Es una hipótesis, no una certeza cerrada, pero coincide con otras descripciones ya conocidas del pensamiento autista: menor peso de las asociaciones automáticas y sociales «de manual», y un acceso más directo a conexiones menos convencionales.

Lo que no mide este estudio

Es importante no estirar estos resultados más de lo que dan. El estudio mide un tipo concreto de creatividad verbal de laboratorio (usos alternativos de objetos e interpretación de dibujos abstractos), no la creatividad artística, musical, narrativa o técnica tal y como se expresa en la vida real, en una obra, un invento o un proyecto. Tampoco dice que todas las personas autistas sean especialmente creativas: habla de una tendencia estadística en un grupo, no de una característica garantizada en cada persona. Como ocurre con casi todos los rasgos del espectro, hay enorme variabilidad individual.

Intereses especiales como motor creativo

Más allá de este estudio concreto, hay un mecanismo bien documentado y mucho más cotidiano que también explica por qué la creatividad autista puede resultar muy intensa en determinados terrenos: los intereses especiales. Cuando una persona autista profundiza durante años en un tema muy concreto —un estilo musical, un periodo histórico, un lenguaje de programación, una técnica artística—, acumula un nivel de detalle y de dominio que, combinado con una forma de pensar menos atada a «cómo se suele hacer esto», a menudo da lugar a un trabajo con un sello muy personal y poco convencional, precisamente porque no ha pasado por el filtro de las convenciones sociales del sector.

Qué cambia esto en la práctica

Entender esta investigación tiene consecuencias prácticas, no solo teóricas. En contextos educativos o laborales, descartar de entrada una idea autista por «rara» o «poco convencional» puede significar perder precisamente la aportación más original de esa persona. Valorar primero si la idea funciona, en lugar de si se parece a lo que ya se hace, abre la puerta a soluciones que una forma de pensar más convencional difícilmente habría propuesto.

Y para la propia persona autista, puede ser útil soltar la idea de que, para «ser creativa», hace falta generar muchas ideas rápido, como parece esperarse en una lluvia de ideas típica. El patrón que muestra la investigación es justo el contrario: menos ideas, pero con mayor probabilidad de que alguna sea genuinamente distinta a lo que cualquier otra persona habría pensado. Eso también es creatividad, y de las que más valor aportan.

Autismo

Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.