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🧑‍💼 Autismo en adultos

La fatiga de las videollamadas en el autismo: el coste sensorial que nadie nombra

Por qué las videollamadas agotan más a las personas autistas que las reuniones presenciales, y qué dice la investigación sobre la fatiga por videollamada en el espectro.

Después de una mañana entera de videollamadas, hay personas que terminan agotadas de una forma que no se parece al cansancio de una reunión presencial igual de larga. No es solo «estar cansado de hablar»: es una sensación de vaciamiento, casi física, que puede durar el resto del día. En personas autistas, este agotamiento suele ser más intenso y más frecuente, y empieza a tener nombre propio en la investigación: fatiga por videollamada, o «fatiga de Zoom».

No es pereza ni falta de interés por la reunión. Es el resultado de pedirle al cerebro que procese, al mismo tiempo, una cantidad de información sensorial y social que en una conversación presencial se reparte de otra forma.

Qué es la fatiga por videollamada, en términos generales

El psicólogo Jeremy Bailenson, de la Universidad de Stanford, publicó en 2021 un artículo de referencia sobre este fenómeno en la revista Technology, Mind, and Behavior, titulado «Nonverbal Overload» («sobrecarga no verbal»). En él identificó cuatro causas que explican por qué una videollamada cansa más que una conversación equivalente en persona:

  • Contacto visual excesivo y a corta distancia: en una pantalla, todas las caras están muy cerca y mirando de frente, de forma sostenida, algo que en la vida presencial casi nunca ocurre durante minutos seguidos.
  • Verse a uno mismo constantemente: la mayoría de plataformas muestran la propia imagen en un recuadro durante toda la llamada, como tener un espejo delante mientras se habla.
  • Movilidad reducida: hay que permanecer encuadrado en la cámara, lo que limita el movimiento natural del cuerpo mientras se piensa o se escucha.
  • Mayor carga cognitiva para interpretar señales no verbales: gestos, tono y expresiones llegan filtrados por la calidad del audio y del vídeo, y el cerebro tiene que esforzarse más para descifrarlos.

Bailenson escribió esto pensando en la población general. Pero para una persona autista, cada uno de estos cuatro puntos parte de una base ya más exigente.

Lo que cambia cuando la persona que llama es autista

En 2023, un equipo de la Universidad de Tilburg (Países Bajos), formado por Thijs van Laarhoven, Sara Bögels, Jean Vroomen y Marc Swerts, presentó en el congreso anual de la International Society for Autism Research (INSAR) los resultados preliminares de un estudio centrado específicamente en esta pregunta. Encuestaron a 225 adolescentes mayores y adultos jóvenes, con y sin diagnóstico de autismo, usando tres escalas ya validadas: una para medir la fatiga por videollamada, otra para los rasgos autistas y otra para la sensibilidad sensorial.

El resultado principal: a más rasgos autistas, más síntomas de fatiga por videollamada, con una correlación considerada moderada-alta (r = 0,41). Y lo más interesante es que esa relación se mantuvo, aunque más débil, incluso al controlar estadísticamente el efecto de la sensibilidad sensorial (r = 0,15). Es decir, parte del agotamiento no se explica solo por «hay más estímulos sensoriales», sino que hay algo propio de cómo las personas autistas procesan una interacción social mediada por pantalla que añade cansancio por sí mismo.

Dicho de otra forma: la videollamada no es solo «una reunión con más ruido visual». Es un formato que combina, a la vez, varias de las cosas que ya cuestan más en el autismo: sostener contacto visual, interpretar señales sociales con menos información de la habitual, y hacerlo todo dentro de un marco rígido del que no se puede salir sin que se note.

El verse a uno mismo, el doble filo del enmascaramiento

Para muchas personas autistas, especialmente mujeres y personas que enmascaran de forma habitual, el recuadro con la propia imagen añade una capa extra de trabajo: no solo hay que procesar la reunión, sino vigilar en tiempo real la propia expresión facial, comprobar que «se ve bien», corregir la postura, sostener una sonrisa o un gesto de atención aunque el cuerpo esté pidiendo otra cosa. Es enmascaramiento social, pero con un espejo encendido delante durante toda la llamada, algo que no ocurre en una conversación presencial normal.

Esta autovigilancia constante consume función ejecutiva de la misma forma que otras formas de enmascaramiento ya conocidas: deja menos recursos mentales disponibles para seguir el contenido real de la conversación, y es habitual terminar una reunión recordando poco de lo que se dijo, pese a haber estado «mirando» todo el rato.

Cuando el audio y el vídeo no van sincronizados

Otro factor que agrava la carga cognitiva es puramente técnico: los pequeños retrasos (lag) entre el audio y la imagen, los cortes de conexión, o que dos personas hablen a la vez sin darse cuenta porque el retraso impide calcular bien el turno de palabra. En una conversación presencial, el cerebro predice de forma automática cuándo va a hablar la otra persona a partir de señales corporales sutiles. En una videollamada, esas señales llegan tarde, incompletas o no llegan, y hay que sustituir esa predicción automática por un esfuerzo consciente y constante de estar pendiente de cuándo «toca» hablar.

Estrategias que sí ayudan

No hace falta eliminar las videollamadas de la vida (muchas veces no es posible), pero sí se puede reducir su coste real con ajustes concretos:

  • Desactivar la autovista en cuanto la plataforma lo permita. La mayoría de programas de videollamada tienen esta opción en un menú de vídeo o de configuración, y elimina de un plumazo buena parte de la autovigilancia.
  • Apagar la cámara cuando sea posible, o proponerlo como opción habitual en reuniones informales. Escuchar sin tener que gestionar la propia imagen reduce mucho la carga.
  • Dejar margen entre reuniones, aunque sean cortas. Cinco o diez minutos sin pantalla entre una videollamada y la siguiente permiten que el sistema nervioso se recupere algo antes de volver a empezar.
  • Proponer el chat o el audio como alternativa cuando el contenido no necesite realmente ver caras: muchas reuniones funcionan igual de bien por audio o por mensaje.
  • Pedir el guion o los puntos de la reunión por escrito antes, para no tener que procesar en directo, a la vez, el contenido y la interacción social.
  • Moverse dentro del encuadre lo que se pueda: tener un objeto para las manos, usar auriculares en vez de quedarse fijo frente al ordenador, o levantarse de vez en cuando con la cámara apagada un momento.

Para quien organiza reuniones con personas autistas

Algunos ajustes pequeños, hechos desde fuera, cambian mucho la experiencia: enviar antes un orden del día claro, no exigir cámara encendida como norma, dejar pausas reales entre bloques en reuniones largas, y no interpretar la falta de contacto visual en pantalla (mirar al texto, a notas, o tener la cámara apagada) como falta de atención. Para una persona autista, muchas veces es exactamente lo contrario: es la forma de estar más presente en lo que se dice.

Una fatiga real, no un signo de desinterés

Si después de varias videollamadas seguidas el cansancio parece desproporcionado respecto al tiempo real de la reunión, no es una señal de que algo vaya mal en la persona. Es, según la evidencia disponible, una respuesta coherente a un formato que acumula varias exigencias sensoriales y sociales a la vez, en un espacio donde las estrategias habituales para descansar la atención (moverse, mirar hacia otro lado, no verse la propia cara) quedan prácticamente anuladas. Nombrarlo y ajustar lo que se pueda, en lugar de forzarse a aguantarlo en silencio, es la forma más práctica de hacerle sitio en el día a día.

Autismo

Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.