2

🍽️ Alimentación

Masticar y tragar en autismo: cuando la dificultad no es solo sensorial

La disfagia y las dificultades de motricidad oral en autismo son distintas de la selectividad alimentaria. Señales de alarma, causas y quién puede ayudar.

En este portal ya hemos hablado de la selectividad alimentaria, del food chaining, de la pica o de las alergias e intolerancias reales frente a las aversiones sensoriales. Pero hay una parte de la alimentación en autismo de la que se habla mucho menos, y que no tiene que ver con qué se come, sino con cómo se mastica y se traga. Hablamos de la disfagia y de las dificultades de motricidad oral: un componente físico y motor de la alimentación que a veces se confunde con «manías» o con selectividad sensorial, cuando en realidad tiene una explicación distinta y, en algunos casos, requiere atención profesional específica.

Qué es exactamente la disfagia y por qué no es lo mismo que la selectividad

La disfagia es, en términos sencillos, la dificultad para tragar de forma segura y eficaz. Puede afectar a distintas fases del proceso: la fase oral (formar el bolo alimenticio con la lengua y los dientes, controlarlo dentro de la boca) o la fase faríngea (el momento en que el alimento pasa hacia el esófago sin desviarse hacia la vía respiratoria). Las dificultades de motricidad oral, por su parte, incluyen una masticación poco eficaz, un control deficiente de la lengua, un cierre labial débil o un babeo que se mantiene más allá de la edad esperada.

Esto es distinto de la selectividad alimentaria, que tiene que ver con preferencias y aversiones por sabores, texturas u olores concretos, aunque ambas pueden convivir en la misma persona y, de hecho, complicarse mutuamente. Una revisión de 2025 publicada en el World Journal of Otorhinolaryngology – Head and Neck Surgery, que analizó 20 estudios sobre disfagia en niños con TEA, encontró que prácticamente todos ellos (19 de 20) habían detectado alteraciones específicas en la fase oral de la deglución —no solo preferencias alimentarias— y que en un 45% de los estudios se documentaba directamente un deterioro de la función oromotora.

Lo que dice la investigación sobre la masticación en autismo

Varios estudios recientes han medido, con instrumentos objetivos, si la masticación de los niños autistas es distinta a la de sus pares con desarrollo típico, más allá de lo que cuenten los padres. Un estudio turco publicado en la revista Dysphagia (Şahan et al., 2021), que comparó a 37 niños autistas con 19 de desarrollo típico, encontró que los primeros tardaban más en la transición a alimentos sólidos, mostraban con más frecuencia un patrón de «empuje lingual» (la lengua empuja la comida hacia fuera en lugar de gestionarla hacia atrás) y obtenían puntuaciones peores en una escala validada de rendimiento masticatorio.

Un estudio japonés más reciente, publicado en 2026 en Dental and Medical Problems, comparó a niños con signos significativos de autismo con sus compañeros y halló un rendimiento masticatorio claramente inferior (medido en superficie de trituración de un material de prueba), junto con una correlación entre la intensidad de los rasgos autistas y un peor rendimiento masticatorio y una menor fuerza de mordida. Curiosamente, ese mismo estudio no encontró diferencias significativas en la fuerza de la lengua ni en el cierre labial, lo que sugiere que el problema no siempre es «todo sensorial» ni «todo muscular», sino una combinación variable de factores según cada niño.

Una revisión de 2022 en Neuropsychiatric Disease and Treatment sitúa las dificultades de alimentación —en sentido amplio— entre el 30% y el 84% de los niños autistas, muy por encima del entorno al 25% que se estima en la población infantil general, con dificultades de procesamiento sensorial asociadas en hasta un 96% de los casos.

¿De dónde vienen estas dificultades?

La investigación apunta a tres tipos de causas que suelen entrelazarse:

  • Conductuales: neofobia alimentaria, rigidez ante alimentos nuevos, aversión aprendida tras una mala experiencia.
  • Sensoriales: hipersensibilidad dentro de la boca que hace incómoda la presencia de ciertas texturas, o dificultad para percibir y comunicar cuándo algo resulta molesto.
  • Físicas o motoras: baja eficiencia masticatoria, movilidad limitada de la lengua, hipotonía de los músculos orofaciales o dificultades de praxis —es decir, de planificación y secuenciación del movimiento— que afectan a la coordinación entre masticar, controlar el bolo alimenticio y tragar en el momento adecuado.

Esta última pieza, la de la praxis motora, conecta con algo que ya sabemos sobre el autismo: no es infrecuente que coexista con dificultades de coordinación motora más generales. Del mismo modo que puede haber dificultades de planificación motora en el habla o en el movimiento grueso, es razonable pensar en una dispraxia oral que afecte específicamente a la secuencia masticar-controlar-tragar, aunque conviene ser prudentes: la investigación específica sobre este punto en autismo todavía es limitada y buena parte de la evidencia disponible procede de estudios con muestras pequeñas, casi siempre en población infantil.

Señales de alarma que conviene no pasar por alto

La Asociación Americana de Habla, Lenguaje y Audición (ASHA), referencia internacional en logopedia, recoge una serie de señales que justifican una valoración profesional:

  • Tos o atragantamiento frecuente durante o después de comer o beber.
  • Una voz que suena «húmeda» o «gorgoteante» justo después de tragar.
  • Babeo persistente más allá de los 4-5 años, sin relación con la dentición.
  • Comidas que se alargan más de 30-45 minutos, o que se resuelven acumulando comida en las mejillas sin tragar.
  • Rechazo generalizado de texturas sólidas mucho más allá de la edad en que suele completarse esa transición.
  • Estancamiento de peso o dificultad para ganar peso de forma adecuada.

Un dato que merece atención especial: un estudio español del Hospital Infantil Miguel Servet de Zaragoza, publicado en Anales de Pediatría, encontró que la mitad de las aspiraciones detectadas mediante videofluoroscopia en niños con sospecha de disfagia eran «silentes», es decir, no se acompañaban de tos ni de ningún signo visible. Esto es importante porque significa que la simple observación de los padres, por atenta que sea, no siempre basta para detectar un problema real: si hay sospechas fundadas, la valoración instrumental por parte de un profesional es la única forma de confirmarlo con seguridad.

Quién puede ayudar y qué se puede hacer

En España, la vía profesional habitual pasa por la logopedia especializada en motricidad orofacial y deglución (a veces llamada terapia miofuncional orofacial), que puede evaluar el patrón de masticación, el control lingual, el cierre labial y la coordinación de la deglución, y diseñar ejercicios específicos. Cuando hay sospecha de que la comida o el líquido pueden desviarse hacia la vía respiratoria —por los signos mencionados arriba—, la derivación habitual es hacia otorrinolaringología o hacia una unidad de radiología pediátrica para realizar una videofluoroscopia de deglución, la prueba de referencia para confirmar o descartar una aspiración.

Un pequeño ensayo publicado en 2025 en la revista Bioinformation, con 30 niños autistas divididos en dos grupos, encontró que combinar logopedia con ejercicios de colocación oral mediante un dispositivo de mordida durante tres meses mejoraba de forma significativa la tonicidad muscular oral, frente a un grupo que solo recibió logopedia convencional y que, de hecho, empeoró ligeramente en ese mismo periodo. Es una muestra pequeña y un hallazgo que debe confirmarse con más investigación, pero apunta en una dirección razonable: los ejercicios dirigidos a la musculatura oral pueden marcar una diferencia real, distinta de las estrategias habituales para abordar la selectividad sensorial.

La terapia ocupacional también puede aportar en el componente sensorial y en la postura durante las comidas, y un pediatra, gastroenterólogo o nutricionista debe implicarse cuando hay impacto en el crecimiento o el estado nutricional. Como en tantos otros aspectos del autismo, el abordaje más efectivo suele ser el que reúne a varios profesionales trabajando de forma coordinada, en lugar de tratar cada síntoma por separado.

Qué llevarse de este artículo

Si en tu familia hay atragantamientos frecuentes, babeo que no remite con la edad, una voz distinta después de tragar o una insistencia inusualmente fuerte por los purés y las texturas blandas, vale la pena plantearse que no se trate solo de una cuestión de gustos o de «manías», sino de un componente motor de la alimentación que puede evaluarse y, en buena medida, trabajarse. No hace falta esperar a que «se le pase con la edad»: ante cualquiera de los signos de alarma respiratorios, lo más prudente es consultar con un logopeda especializado o con el pediatra, que podrá valorar si es necesaria una prueba instrumental. Nombrar bien lo que ocurre —disfagia o dificultad motora oral, en lugar de «selectividad»— es el primer paso para encontrar la ayuda adecuada.

Autismo

Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.