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🧑‍💼 Autismo en adultos

Pensamiento visual en el autismo: cuando la mente piensa en imágenes en vez de en palabras

Qué es el pensamiento visual en el autismo, qué dice la investigación tras la hipótesis de Temple Grandin y por qué no describe a todas las personas autistas.

«Pienso en imágenes. Las palabras son como un segundo idioma para mí». Con esta frase empieza Temple Grandin, doctora en ciencia animal y una de las personas autistas más conocidas del mundo, su libro Thinking in Pictures (1995), uno de los relatos en primera persona más influyentes sobre cómo puede funcionar la mente autista. Grandin describe su propio pensamiento como una sucesión de películas mentales, a todo color y con sonido, que se reproducen en su cabeza como si tuviera un vídeo interno. Este artículo explora qué significa realmente «pensar en imágenes», qué dice la ciencia al respecto y, sobre todo, por qué no es una descripción válida para todas las personas autistas por igual.

Qué significa exactamente «pensar en imágenes»

Grandin explica que almacena la información como si la tuviera grabada en un disco: «Cuando recuerdo algo que he aprendido, reproduzco el vídeo en mi imaginación». Aplicado a su trabajo diseñando instalaciones para ganado —su especialidad profesional—, describe una capacidad muy concreta: «Puedo verlo desde cualquier ángulo, situándome por encima o por debajo del equipo y rotándolo al mismo tiempo». No es una metáfora poética: es, según su propio relato, el modo por defecto en el que procesa cualquier idea, recuerdo o problema técnico, traduciendo después esas imágenes a palabras cuando necesita comunicarse.

Esa misma idea es el eje de su charla TED «The world needs all kinds of minds» (2010), donde defiende que la neurodiversidad cognitiva —incluidos los pensadores visuales— aporta un tipo de talento que el sistema educativo convencional, centrado en el lenguaje y en la abstracción verbal, tiende a pasar por alto.

No todo es visual: los tres tipos de pensamiento

Uno de los errores más frecuentes al hablar de pensamiento visual en autismo es tratarlo como una categoría única y universal. La propia Grandin corrigió ese error en 2022, en su libro Visual Thinking: The Hidden Gifts of People Who Think in Pictures, Patterns, and Abstractions, donde distingue tres perfiles cognitivos:

  • Pensadores visuales-objeto: piensan en imágenes concretas y suelen tener dificultades con el álgebra. Grandin se describe a sí misma como un caso extremo de este perfil: «todo lo que pienso es una imagen». Destacan en mecánica, arte, fotografía y trabajo con animales.
  • Pensadores visuales-espaciales o de patrones: piensan en patrones y relaciones abstractas más que en imágenes concretas. Según Grandin, son quienes hacen posible tecnologías como las videollamadas, y suelen destacar en programación y matemáticas.
  • Pensadores verbales: procesan la información principalmente a través del lenguaje, no de imágenes ni de patrones.

Grandin subraya que la mayoría de las personas —autistas o no— son una mezcla de estos estilos, y que los perfiles visual-objeto y visual-espacial son, de hecho, opuestos entre sí, no dos grados de lo mismo. Un artículo publicado en Psychology Today en colaboración con la Menninger Clinic (2022) añade un matiz importante que rara vez se menciona: entre el 25% y el 30% de las personas autistas son predominantemente pensadoras verbales, o tienen un lenguaje mínimo o ausente. Es un grupo que queda invisibilizado cuando el discurso público sobre el autismo se centra únicamente en el genio técnico-visual al estilo Grandin.

Qué dice la investigación científica

Más allá del relato autobiográfico, la llamada «hipótesis del pensamiento en imágenes» ha sido objeto de estudio académico. Kunda y Goel, en una revisión publicada en 2011 en el Journal of Autism and Developmental Disorders, analizaron la evidencia disponible sobre memoria de trabajo, razonamiento, procesamiento semántico y búsqueda visual en autismo, y conectaron la hipótesis de Grandin con otras teorías cognitivas del autismo, como el funcionamiento perceptivo mejorado o la coherencia central débil. Un matiz que los propios autores subrayan: la hipótesis se aplica «a algunos individuos dentro del espectro autista», no al conjunto de las personas autistas.

El estudio más reciente y directamente relevante es el de Bled, Guillon, Mottron, Soulières y Bouvet, publicado en 2024 en el mismo Journal of Autism and Developmental Disorders. Evaluaron a 43 adultos autistas y 42 no autistas con un cuestionario validado que mide tres dimensiones cognitivas —visual-objeto, visual-espacial y verbal— además de pruebas de rotación mental y viveza de las imágenes mentales. Mediante un análisis de conglomerados, identificaron los mismos tres perfiles cognitivos en ambos grupos. El hallazgo clave para este artículo: el perfil visual fue el más frecuente entre las personas autistas del estudio, pero no fue exclusivo ni universal; también aparecieron perfiles visual-espacial y verbal dentro del grupo autista.

La base de este modelo de tres estilos cognitivos no nació con Grandin, sino en la investigación de Kozhevnikov y Blazhenkova, y en el trabajo de Chabris y sus colegas (2006), con más de 3.800 participantes, que demostró que la capacidad de visualizar objetos y la capacidad de visualización espacial son dimensiones cognitivas prácticamente independientes entre sí, no dos extremos de una misma escala.

Fortalezas y también dificultades reales

El propio relato de Grandin no esconde el lado difícil de pensar predominantemente en imágenes: explica que el álgebra «a menudo es su perdición, porque los conceptos son demasiado abstractos, con poco o nada concreto que visualizar», mientras que sí domina con facilidad la aritmética ligada a tareas prácticas y concretas, como construir o montar objetos. Es un matiz importante: el pensamiento visual no equivale a «ser bueno en todo lo técnico», sino a un procesamiento distinto que facilita unas tareas y dificulta otras, en particular las que dependen de conceptos abstractos sin ningún referente visualizable.

En el lado de las fortalezas, tanto Grandin como fuentes divulgativas posteriores asocian el perfil visual-objeto con la mecánica, el arte, la fotografía y el trabajo con animales, y el perfil visual-espacial con la programación, la ingeniería y las matemáticas. Conviene tomar esta asociación con prudencia: no existen estudios epidemiológicos que confirmen que la mayoría de las personas autistas se dedican a estas profesiones, ni que el pensamiento visual garantice talento técnico. Presentarlo como una regla general repetiría el mismo estereotipo que el propio artículo de Psychology Today advierte evitar.

Por qué funcionan los apoyos visuales

Al margen del debate sobre estilos cognitivos individuales, hay buena evidencia sobre la eficacia práctica de los apoyos visuales —pictogramas, horarios visuales, agendas de actividades— en la educación y la intervención con personas autistas. Una revisión de Lequia, Machalicek y Rispoli (2012) encontró que las agendas visuales redujeron la conducta desafiante en los dieciocho estudios analizados, con independencia del formato concreto utilizado. Otra revisión, de Knight y colaboradores (2015), sobre 31 estudios, las clasifica como una práctica con evidencia sólida desde la etapa preescolar hasta la vida adulta. Una tercera revisión, de Koyama y Wang (2011), sobre 23 estudios experimentales, encontró que el efecto más frecuente de los apoyos visuales fue el aumento de la implicación activa y de la autonomía en las transiciones, no solo un aumento de la obediencia.

La explicación habitual de por qué funcionan estos apoyos es razonable, aunque no está demostrada punto por punto en la literatura: si la información visual se procesa de forma más directa que el lenguaje hablado, que desaparece en el mismo momento en que se pronuncia, un pictograma o un horario visual ofrece una referencia estable y revisable, y reduce la carga sobre la memoria de trabajo verbal. Es una hipótesis plausible y ampliamente asumida en la práctica clínica y educativa, no un mecanismo comprobado paso a paso en una misma persona.

Cómo saber si tú, o tu hijo o hija, pensáis así

No hace falta un diagnóstico adicional para reconocer un estilo de pensamiento visual: algunas preguntas orientativas, basadas en la propia descripción de Grandin, pueden ayudar a identificarlo:

  • ¿Recuerdas los sitios, los objetos o las caras con mucho más detalle que las conversaciones o los nombres?
  • ¿Te cuesta seguir una explicación puramente verbal, pero la entiendes al momento si te la muestran con un dibujo, un esquema o un vídeo?
  • ¿Piensas en «escenas» o «películas» mentales antes de encontrar las palabras para explicarlas?
  • ¿Se te dan mejor las tareas prácticas y concretas que los conceptos abstractos sin ningún referente visual?

Responder «sí» a varias de estas preguntas no convierte a nadie automáticamente en un «pensador visual-objeto» en sentido estricto, pero puede ser un punto de partida útil para entender mejor cómo aprende, memoriza y resuelve problemas una persona concreta, y para elegir apoyos —visuales o de otro tipo— que encajen mejor con su forma real de procesar el mundo.

Conclusión

El pensamiento visual, tal como lo describió Temple Grandin y como lo ha empezado a confirmar la investigación más reciente, es un estilo cognitivo real y frecuente en el autismo, pero no universal ni obligatorio. Conocerlo sirve, sobre todo, para dos cosas: para que quienes piensan así dejen de sentir que su forma de procesar el mundo es «rara» en lugar de simplemente distinta, y para recordar que entre el 25% y el 30% de las personas autistas no encajan en este relato y merecen la misma atención y los mismos apoyos, aunque su mente no funcione a base de películas mentales.

Autismo

Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.