Cuando se habla de sensorialidad y autismo, casi siempre se piensa en lo mismo: ruidos que resultan insoportables, etiquetas de ropa que raspan, luces fluorescentes que provocan dolor de cabeza. Es la cara más visible —y más cubierta en artículos, guías y recursos— de cómo el autismo procesa la información sensorial: la hipersensibilidad, esa amplificación de los estímulos que hace que algo pequeño se sienta enorme.
Pero existe otra cara, mucho menos conocida y con frecuencia pasada por alto en el entorno familiar y escolar: la hiposensibilidad. En lugar de sentir demasiado, el sistema nervioso registra de menos, y el cuerpo responde buscando activamente más estímulo, no huyendo de él. Entender esta otra mitad del mapa sensorial es clave para no malinterpretar como «mala conducta» o «despiste» lo que en realidad es una necesidad sensorial real.
Qué es la hiposensibilidad sensorial
La hiposensibilidad (o hiporreactividad sensorial) describe una capacidad reducida para percibir uno o varios estímulos: el dolor, la temperatura, el movimiento, los sonidos, los sabores o las texturas. No significa que la persona no sienta nada, sino que necesita una intensidad mayor de estímulo para registrarlo y responder a él. Es, en cierto modo, el reverso exacto de la hipersensibilidad: si en esta última un solo estímulo puede saturar todo el sistema nervioso, en la hiposensibilidad ese mismo estímulo puede pasar completamente desapercibido.
Es importante entender que hipersensibilidad e hiposensibilidad no son categorías excluyentes ni fijas. Una misma persona autista puede ser hipersensible al sonido y, al mismo tiempo, hiposensible al dolor o al movimiento. El perfil sensorial también puede variar según el día, el nivel de estrés o el contexto: alguien puede necesitar buscar más estímulo vestibular un día y sentirse desbordado por el mismo estímulo al día siguiente.
Cómo se manifiesta según cada sentido
La hiposensibilidad puede afectar a cualquiera de los sistemas sensoriales, y reconocer sus formas concretas ayuda mucho a no confundirla con otras cosas:
- Dolor y temperatura: indiferencia aparente ante golpes, heridas leves, frío o calor —una de las manifestaciones más documentadas y también una de las que más preocupa a las familias, porque puede retrasar la detección de lesiones o enfermedades.
- Sistema vestibular (equilibrio y movimiento): necesidad de girar, balancearse, dar vueltas o buscar movimientos intensos (columpios, saltos) sin marearse ni cansarse, a diferencia de lo que ocurriría en la mayoría de personas.
- Propiocepción (percepción del propio cuerpo): búsqueda de presión profunda —abrazos fuertes, mantas pesadas, apretarse contra superficies— o dificultad para calibrar la fuerza que se aplica al coger objetos o al jugar con otros.
- Tacto: necesidad de tocar, frotar o manipular texturas concretas de forma insistente, o falta de respuesta ante estímulos táctiles suaves que otras personas sí notarían.
- Olfato y gusto: insistencia en oler objetos, personas o alimentos, o preferencia marcada por sabores muy intensos (picante, ácido, muy salado) porque los sabores suaves apenas se registran.
- Vista: fascinación por luces, objetos brillantes o que giran, y búsqueda visual repetida de determinados patrones o movimientos.
Por qué el cuerpo «pide» más estímulo
La explicación biológica todavía se está construyendo, pero apunta a un desequilibrio en cómo el cerebro autista regula la excitación e inhibición de las señales sensoriales, con estructuras como la ínsula —implicada en la integración de señales corporales internas y externas— señaladas como parte del mecanismo. En términos prácticos, esto significa que buscar estímulo intenso —moverse, tocar, hacer ruido, presionar el cuerpo contra algo— no es un capricho ni una distracción: es una forma legítima que tiene el sistema nervioso de obtener la información que necesita para sentirse regulado y presente en su propio cuerpo.
Esto conecta directamente con el stimming o las estereotipias motoras (balancearse, aletear, dar vueltas), que en muchos casos son precisamente estrategias de búsqueda sensorial: el cuerpo genera el estímulo vestibular o propioceptivo que necesita cuando el entorno no se lo ofrece de forma natural.
Por qué se pasa por alto (y qué riesgos tiene)
La hiposensibilidad recibe mucha menos atención que la hipersensibilidad por varias razones prácticas: no genera crisis visibles ni llantos inmediatos, no interrumpe una clase o una comida de forma tan evidente, y a menudo se interpreta erróneamente como falta de atención, torpeza o incluso desobediencia («no me hace caso cuando le hablo», «se golpea y no le importa», «no para de tocarlo todo»). Esta lectura equivocada tiene consecuencias reales:
- Lesiones que pasan desapercibidas porque no hay respuesta de dolor proporcional, lo que exige revisiones físicas más atentas por parte de familias y cuidadores.
- Conductas de búsqueda sensorial —correr, saltar, tocarlo todo— que se sancionan como mal comportamiento en lugar de canalizarse con actividades adecuadas.
- Frustración en el aula o en casa cuando se exige «quietud» a un sistema nervioso que necesita movimiento para regularse.
Cómo dar respuesta a la búsqueda sensorial
La clave no es frenar la necesidad de estímulo, sino ofrecerle cauces seguros y adecuados al contexto:
- Movimiento estructurado: columpios, camas elásticas, colchonetas para saltar, o simplemente pausas activas programadas durante el día (en casa y en el colegio).
- Presión profunda: mantas con peso, abrazos firmes bajo demanda, chalecos con lastre en contextos donde un profesional lo recomiende, o el simple gesto de apretar cojines o pelotas antiestrés.
- Estimulación táctil y oral segura: objetos específicamente diseñados para morder, tocar o manipular (fidgets, texturas variadas), que canalizan esa búsqueda sin recurrir a objetos inadecuados.
- Revisión de seguridad: si hay hiposensibilidad al dolor o a la temperatura, conviene establecer rutinas de revisión física (piel, golpes, quemaduras) que no dependan de que la persona avise, precisamente porque puede no percibir la señal de alarma habitual.
- Observación sin prejuicio: antes de interpretar una conducta como «problema», preguntarse si podría tratarse de una necesidad sensorial no cubierta.
Un mapa sensorial más completo
Hablar solo de hipersensibilidad deja fuera a muchas personas autistas —niñas, niños y adultos— cuyas necesidades reales van justo en la dirección contraria: no evitar el mundo, sino buscarlo con más intensidad de la que el entorno suele ofrecer por defecto. Reconocer la hiposensibilidad como una parte igual de válida y frecuente del perfil sensorial autista permite responder mejor, con menos juicio y más recursos prácticos, a comportamientos que muchas veces solo estaban pidiendo, literalmente, sentir más.