Cuando un niño o una persona adulta autista rechaza de forma sistemática el brócoli, el café, las coles de Bruselas o cualquier alimento con un punto amargo, es habitual que quien lo observa desde fuera lo interprete como un capricho o una cuestión de carácter. Sin embargo, una línea de investigación que lleva más de una década desarrollándose en genética sensorial apunta a algo mucho más concreto: una parte de esa selectividad alimentaria podría tener su origen en una variante genética real, presente en el propio receptor del sabor amargo de la lengua.
No se trata de sustituir todo lo que ya sabemos sobre la selectividad alimentaria en autismo —la hipersensibilidad sensorial general, la rigidez cognitiva, la ansiedad ante lo desconocido— sino de añadir una pieza más al puzle: un gen concreto, llamado TAS2R38, que determina cuánto amargor percibe cada persona en exactamente los mismos alimentos.
El gen TAS2R38 y el misterio del sabor amargo
TAS2R38 es el gen que codifica uno de los receptores del gusto amargo situados en las papilas gustativas. No todas las personas tenemos la misma versión de este gen. Existen variantes (haplotipos) que hacen que una misma sustancia amarga —típicamente estudiada con un compuesto de laboratorio llamado PROP (6-n-propiltiouracilo), químicamente emparentado con compuestos amargos presentes de forma natural en las coles, las espinacas, el café o la cerveza— se perciba de forma radicalmente distinta de una persona a otra.
Quienes portan el haplotipo conocido como PAV son catadores sensibles: para ellos, el PROP (y, por extensión, muchos alimentos con compuestos amargos similares) resulta intensamente amargo, casi desagradable. Quienes portan el haplotipo AVI, en cambio, son prácticamente insensibles a ese mismo sabor: donde unos perciben un amargor intenso, otros apenas notan nada. La mayoría de la población se sitúa en algún punto intermedio, con combinaciones de ambos haplotipos.
Esta variabilidad genética en la percepción del sabor amargo es conocida desde hace décadas en el campo de la ciencia de los alimentos, mucho antes de que alguien se planteara su relación con el autismo. Lo nuevo es preguntarse si esa misma variabilidad genética podría estar detrás, al menos en parte, de por qué algunos niños y niñas autistas rechazan de forma tan contundente ciertos alimentos mientras otros los toleran sin problema.
El estudio: genotipo, percepción y selectividad alimentaria
Esta pregunta concreta fue abordada por un equipo de investigación italiano liderado por Riccio y publicado en la revista Autism Research en 2018. El estudio comparó a un grupo de niños y niñas con trastorno del espectro autista, de entre 2 y 11 años, con un grupo de comparación de desarrollo típico, incluyendo en ambos casos a menores con y sin selectividad alimentaria marcada.
La metodología combinó varias fuentes de información:
- Una prueba sensorial directa con tiras impregnadas de PROP, que los participantes debían valorar según la intensidad de amargor percibida.
- Un análisis de las expresiones faciales de los niños y niñas ante esa prueba mediante un sistema de codificación facial (FACS), pensado para capturar reacciones de rechazo que los más pequeños no siempre saben verbalizar.
- La genotipificación de las variantes del gen TAS2R38 de cada participante, para determinar si era portador del haplotipo sensible (PAV), del insensible (AVI) o de una combinación de ambos.
- Un cuestionario validado de preferencias alimentarias, completado por las familias, para medir el grado de selectividad alimentaria de cada niño o niña en su vida diaria.
El equipo encontró una correlación estadísticamente significativa entre la sensibilidad al PROP y el rechazo de alimentos: los niños y niñas que percibían el PROP como más amargo tendían también a mostrar mayor rechazo alimentario en su día a día. Además, observaron una mayor presencia del haplotipo sensible (PAV) entre los menores autistas con selectividad alimentaria marcada, en comparación con el haplotipo insensible (AVI).
Es importante ser precisos aquí: el resumen publicado del estudio no detalla porcentajes exactos ni el tamaño del efecto estadístico, así que conviene tomar estos hallazgos como una asociación real y publicada en una revista revisada por pares, pero todavía preliminar, no como una cifra definitiva memorizable.
Por qué esto importa: de la genética a la vida cotidiana
La implicación práctica de este hallazgo es sutil pero importante. Durante mucho tiempo, la selectividad alimentaria en autismo se ha explicado casi exclusivamente en términos de sensorialidad general (texturas, temperaturas, olores) o de rigidez conductual (preferencia por lo conocido y rutinario). Este estudio añade una tercera vía, de naturaleza genética y biológica: es posible que, para una parte de las personas autistas que rechazan sistemáticamente alimentos amargos, esa reacción no sea ni un capricho ni únicamente una cuestión de costumbre, sino el reflejo de una percepción gustativa objetivamente distinta, determinada por su configuración genética concreta.
Esto no es exclusivo del autismo —la variación en TAS2R38 existe en toda la población, autista y no autista—, pero sí podría ayudar a explicar por qué dentro del propio espectro autista la selectividad alimentaria es tan heterogénea: no todas las personas autistas rechazan los mismos alimentos ni con la misma intensidad, y parte de esa variabilidad podría estar escrita, literalmente, en su ADN.
Lo que este hallazgo no dice (todavía)
Conviene ser cuidadosos con las conclusiones que se pueden extraer de un solo estudio, por interesante que sea. Varias limitaciones merecen mencionarse:
- Es un diseño correlacional, no causal. El estudio muestra que la sensibilidad genética al amargor y el rechazo alimentario van de la mano con más frecuencia de la esperable por azar, pero no demuestra que el gen sea la única causa del rechazo observado.
- La muestra es reducida. Al tratarse de un estudio con un número limitado de participantes, dividido además en subgrupos (con y sin selectividad, autistas y de desarrollo típico), su capacidad para detectar diferencias pequeñas es limitada.
- No todos los alimentos rechazados son amargos. La textura, el color, la temperatura o el olor siguen siendo factores de peso en la selectividad alimentaria, y este mecanismo genético solo explicaría una parte del fenómeno, no su totalidad.
- Necesita replicación. Un hallazgo publicado en una sola investigación, aunque esté revisado por pares, cobra solidez real cuando otros equipos lo repiten con muestras distintas y lo confirman.
Los propios autores plantean la posibilidad de que, en el futuro, una prueba sencilla de sensibilidad al amargor pudiera ayudar a orientar qué alimentos ofrecer con más probabilidad de éxito a un niño o niña concreto. Pero esto es, de momento, una hipótesis de trabajo razonable, no una herramienta clínica validada y lista para usarse.
Qué hacer con esta información en casa
Más allá de la genética concreta, el mensaje de fondo tiene valor práctico inmediato para familias y profesionales:
- El rechazo a alimentos amargos (brócoli, espinacas, pomelo, café, algunas verduras de hoja verde) puede tener una base sensorial real y medible, no ser simple «manía» o falta de voluntad.
- Forzar la ingesta de un alimento que se percibe genuinamente más amargo de lo que percibe la persona que lo ofrece tiende a generar más rechazo, no menos.
- Existen estrategias indirectas que reducen la percepción de amargor sin necesidad de forzar nada: combinar el alimento amargo con algo dulce o graso (que atenúan el amargor a nivel gustativo), cambiar el método de cocción, o introducirlo en cantidades mínimas dentro de un plato ya aceptado.
- Si la selectividad alimentaria es muy marcada y limita gravemente la variedad nutricional, sigue siendo recomendable la valoración de un profesional de la nutrición o un equipo de alimentación especializado, no solo «esperar a que se le pase».
Conocer que existe una base genética plausible detrás de parte de esta selectividad no resuelve el día a día en la mesa, pero sí cambia la forma de mirarlo: no es terquedad, es percepción. Y a partir de ahí, las estrategias que funcionan son las que trabajan con esa percepción, no contra ella.