2

🧑‍💼 Autismo en adultos

Fortalezas cognitivas en el autismo: lo que dice la ciencia

Dos teorías científicas, el funcionamiento perceptivo mejorado de Laurent Mottron y la sistematización de Simon Baron-Cohen, documentan fortalezas cognitivas reales en el autismo, sin caer en el mito de los superpoderes generalizados.

Durante décadas, la investigación sobre el autismo se ha escrito casi en un único idioma: el del déficit. Qué le falta a una persona autista, qué no consigue hacer, en qué se queda por debajo de la media. Pero en los últimos veinte años, una parte de la comunidad científica ha empezado a plantear la pregunta al revés: ¿qué hace el cerebro autista especialmente bien, y por qué se ha tardado tanto en estudiarlo en serio? Dos líneas de investigación —el funcionamiento perceptivo mejorado del neurocientífico Laurent Mottron y la teoría de la sistematización del psicólogo Simon Baron-Cohen— han puesto encima de la mesa datos concretos sobre fortalezas cognitivas reales en el autismo. No hablamos de superpoderes ni de que todas las personas autistas sean genios ocultos de las matemáticas: hablamos de patrones, documentados con estudios, que conviven con dificultades igual de reales en otras áreas.

Un sesgo con nombre: el «normocentrismo»

El propio Laurent Mottron, uno de los investigadores más influyentes en neurociencia del autismo, ha señalado públicamente que buena parte del campo ha operado con lo que él llama normocentrismo: la asunción implícita de que el funcionamiento no autista es la vara de medir correcta para todo lo demás. En un artículo de opinión publicado en la revista Nature en 2011 («Changing perceptions: the power of autism»), Mottron defendió que la ciencia debería dejar de centrarse únicamente en las carencias y empezar a tratar el autismo como una variante aceptada dentro de la especie humana, no como un defecto a corregir. Argumentó, además, que ese sesgo tiene un coste social muy concreto: personas autistas con capacidades intelectuales genuinas acaban, con demasiada frecuencia, en empleos repetitivos y poco cualificados que no aprovechan en absoluto su perfil cognitivo.

Esta no es una opinión aislada ni un gesto de buena voluntad: se apoya en décadas de datos experimentales que conviene repasar con cierto detalle, porque es ahí donde está la evidencia real.

El funcionamiento perceptivo mejorado (Mottron)

En 2006, Mottron y su equipo —entre ellos la investigadora autista Michelle Dawson— formularon el modelo conocido como Enhanced Perceptual Functioning (funcionamiento perceptivo mejorado, EPF por sus siglas en inglés), publicado en el Journal of Autism and Developmental Disorders. La idea central es que, en el autismo, el procesamiento perceptivo —lo que ocurre antes de que la información llegue a los niveles más «altos» del pensamiento— funciona de forma distinta y, en varias tareas concretas, mejor que en la población general: más rápido, más preciso y con menos necesidad de recurrir a conocimiento previo o contexto para interpretar lo que se percibe.

Esta propuesta no nació de la nada. Se basa en resultados repetidos en pruebas muy conocidas en psicología cognitiva. En el test de figuras enclavadas (Embedded Figures Test), que consiste en localizar una figura simple escondida dentro de un dibujo más complejo, numerosos estudios han encontrado que las personas autistas —y también familiares con rasgos autistas más leves, el llamado fenotipo ampliado— tienden a identificar la figura oculta más rápido que los grupos de comparación. En tareas de búsqueda visual, donde hay que encontrar un elemento concreto entre muchos distractores, también se ha documentado un rendimiento superior en personas autistas, tanto en población infantil como adulta.

Quizá el hallazgo más citado del grupo de Mottron llegó en 2007, con un estudio publicado en Psychological Science («The Level and Nature of Autistic Intelligence», firmado por Dawson, Soulières, Gernsbacher y Mottron). El equipo comparó el rendimiento de personas autistas en dos pruebas de inteligencia distintas: las escalas Wechsler, muy centradas en lenguaje y conocimiento adquirido, y las Matrices Progresivas de Raven, que miden razonamiento abstracto y resolución de problemas nuevos a partir de patrones visuales. El resultado fue que una parte relevante de los participantes autistas —incluidos varios clasificados como de «discapacidad intelectual» según el Wechsler— puntuaban sensiblemente mejor, en ocasiones muy por encima, cuando se les evaluaba con Raven. La conclusión de las autoras fue que la inteligencia autista es atípica pero genuina, general y, en los instrumentos de medida habituales, sistemáticamente infravalorada.

Sistematizar el mundo: la teoría de Simon Baron-Cohen

Desde otro ángulo, el psicólogo británico Simon Baron-Cohen, director del Centro de Investigación en Autismo de la Universidad de Cambridge, desarrolló la teoría de la sistematización (parte de su modelo más amplio de empatización-sistematización, o E-S). La sistematización se define como el impulso y la capacidad para analizar o construir sistemas basados en reglas: identificar las variables de entrada de un sistema, las variables de salida, y las reglas que gobiernan cómo unas se transforman en otras. Puede aplicarse a sistemas mecánicos (cómo funciona un motor), numéricos (patrones matemáticos), naturales (clasificación de especies), abstractos (una gramática o un lenguaje de programación) o de colección (organizar objetos por categorías).

Baron-Cohen y su equipo han desarrollado cuestionarios como el Systemizing Quotient (SQ) para medir esta tendencia, y han encontrado de forma repetida que las personas autistas puntúan, en promedio, igual o por encima de la población general en sistematización, mientras que sus resultados en las medidas de empatía cognitiva suelen ser más bajos. Esta combinación —sistematización intacta o reforzada junto con dificultades en ciertos aspectos de la cognición social— es, según esta teoría, parte de lo que explica tanto las dificultades características del autismo como algunas de sus fortalezas: el gusto por detectar reglas, la comodidad con la repetición y la previsibilidad, y la facilidad para notar cuándo algo se desvía de un patrón esperado.

Memoria para el detalle y razonamiento lógico

Ligado a estas dos teorías, otro terreno con apoyo empírico es la memoria para detalles concretos y patrones: fechas, horarios, datos técnicos, características de una colección de objetos, reglas de un sistema. No se trata de memoria fotográfica generalizada —ese es otro mito que conviene descartar—, sino de una tendencia a codificar y recordar con precisión la información concreta y verídica, en lugar de resumirla o generalizarla rápidamente como suele hacer el procesamiento típico. Esa misma orientación hacia el dato exacto, combinada con la sistematización, favorece en muchas personas autistas un razonamiento lógico y deductivo sólido: seguir una cadena de reglas paso a paso, detectar inconsistencias y llegar a conclusiones a partir de premisas explícitas, sin dejarse arrastrar por atajos intuitivos o sociales que a veces introducen sesgos en el pensamiento no autista.

Honestidad y pensamiento literal: una fortaleza según el contexto

El pensamiento literal y la dificultad para manejar el doble sentido, tan señalados históricamente como un problema de comunicación, tienen también una cara que rara vez se cuenta: en muchos contextos se traduce en una honestidad poco habitual. Investigaciones recientes sobre la mentira en adultos autistas —por ejemplo el trabajo de Bagnall, Russell, Brosnan y Maras publicado en Autism en 2024— han explorado precisamente esto: cómo y con qué frecuencia mienten las personas autistas en la vida cotidiana, y apuntan a que muchas personas autistas describen la mentira como algo que les resulta especialmente costoso, incómodo o directamente evitan siempre que pueden, incluso en las llamadas «mentiras piadosas» socialmente aceptadas. Esa misma literalidad, que puede generar roces en una conversación informal llena de ironía o sobreentendidos, es exactamente lo que se busca en un informe técnico, una auditoría o un control de calidad: decir lo que es, sin suavizarlo ni adornarlo.

Dónde se traducen estas fortalezas en la práctica

Estas características —atención sostenida al detalle, comodidad con los sistemas y las reglas, memoria precisa, razonamiento lógico y comunicación literal— no son abstracciones de laboratorio: tienen aplicación directa en ámbitos profesionales y creativos muy concretos. Empresas especializadas en integración laboral de personas autistas, como la consultora tecnológica auticon, llevan años documentando por qué perfiles autistas destacan de forma particular en control de calidad y testing de software (QA), donde encontrar la inconsistencia que nadie más ha visto es, literalmente, el trabajo. Las mismas capacidades son valiosas en programación (donde un código o funciona según sus reglas o no funciona, sin término medio), en disciplinas científicas que exigen precisión y repetición metódica de procedimientos, y también en terrenos menos «técnicos» en apariencia: la música, donde la estructura, el patrón y el detalle tímbrico importan tanto como la expresión, o las artes visuales, donde la atención minuciosa a la forma y la textura puede producir un trabajo de una precisión fuera de lo común.

Lo que esta fortaleza no es: heterogeneidad y límites reales

Dicho todo esto, es importante no caer en el extremo contrario al del déficit. No todas las personas autistas muestran estas fortalezas, ni las muestran en el mismo grado, ni en las mismas áreas: el perfil cognitivo en el autismo es enormemente heterogéneo, y estas capacidades conviven —a menudo en la misma persona— con dificultades reales de planificación, de flexibilidad cognitiva, de comunicación social o de regulación sensorial. Tampoco es cierto, pese al estereotipo popular, que la mayoría de las personas autistas tengan un don especial para la informática o las matemáticas: ese es un mito tan reduccionista como dañino, porque genera expectativas injustas sobre quienes no encajan en él y, al mismo tiempo, invisibiliza otro tipo de fortalezas —verbales, artísticas, organizativas, de cuidado hacia sistemas y rutinas— que no encajan en la imagen del «genio técnico». Reconocer que existen fortalezas cognitivas documentadas por la investigación no es decir que el autismo sea, sin más, una ventaja; es simplemente negarse a reducir la experiencia autista a una lista de carencias, cuando la evidencia muestra algo más complejo y, en muchos sentidos, más justo.

En la práctica, esto tiene una traducción muy concreta para familias, docentes y empleadores: merece la pena identificar, en cada persona autista en particular, en qué tareas su atención al detalle, su lógica o su memoria para los patrones realmente destacan, y diseñar alrededor de eso —un puesto de trabajo, una forma de estudiar, una afición— en lugar de partir solo de lo que cuesta más. No se trata de ignorar las dificultades, que también son reales y merecen apoyo, sino de dejar de mirar el autismo con un único ojo.

Autismo

Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.