Cualquiera puede acostumbrarse al zumbido de una nevera o dejar de notar el roce de la ropa al cabo de un rato. Es un proceso automático, silencioso, que el cerebro hace sin que nos demos cuenta: filtra lo repetido para poder prestar atención a lo nuevo. En el autismo, la investigación lleva más de una década intentando averiguar si ese filtro funciona distinto, y los hallazgos son más matizados —y más interesantes— de lo que suele contarse.
Esto no es lo mismo que la sobrecarga sensorial de la que ya hemos hablado en este portal. La sobrecarga es la experiencia: demasiados estímulos a la vez, demasiado intensos, sin posibilidad de descanso. El filtrado sensorial (en inglés, sensory gating) es el mecanismo neuronal concreto que, en teoría, debería evitar que cada repetición de un mismo sonido o estímulo llegue a la conciencia con la misma intensidad que la primera vez. Son preguntas distintas, aunque es razonable sospechar que están conectadas.
Qué es exactamente el filtrado sensorial
El filtrado sensorial es la capacidad del sistema nervioso de reducir automáticamente su respuesta a un estímulo que se repite, sin necesidad de que la persona decida conscientemente «dejar de prestarle atención». Es un filtro previo a la atención, no un acto de voluntad.
Se estudia sobre todo con electroencefalografía (EEG), midiendo ondas cerebrales que aparecen a milisegundos de un sonido:
- P50: una respuesta muy temprana, unos 50 milisegundos después del sonido.
- N100: una respuesta algo más tardía, en torno a los 100 milisegundos.
- P200: una respuesta todavía posterior, cercana a los 200 milisegundos.
El paradigma experimental más habitual se llama «de doble clic»: se presentan dos sonidos idénticos y muy seguidos (separados por medio segundo, aproximadamente), y se compara la respuesta cerebral al primer clic con la respuesta al segundo. En un cerebro que filtra bien, la respuesta al segundo clic es mucho más pequeña que la respuesta al primero: el cerebro «ya sabe» que ese sonido no aporta información nueva y amortigua su reacción. Cuando esa reducción no se produce, o es menor de lo esperado, se habla de un déficit de gating.
Qué ha encontrado la investigación en autismo
Un estudio publicado en 2019 en Progress in Neuropsychopharmacology & Biological Psychiatry comparó a 34 adolescentes y adultos jóvenes autistas (edad media de 20,6 años) con 34 personas de desarrollo típico de edad y sexo similares, usando el paradigma del doble clic. Los resultados fueron específicos y no uniformes:
- En la onda N100, el grupo autista mostró una supresión claramente deficiente: la respuesta al segundo clic seguía siendo demasiado grande en comparación con el primero.
- En la onda P50, no hubo diferencia de grupo en la supresión en conjunto, pero la amplitud de la respuesta al primer clic se asoció con el grado de dificultades sociales dentro del grupo autista.
- En la onda P200, los parámetros de filtrado se relacionaron con la dificultad para cambiar el foco de atención de una cosa a otra.
- La amplitud de N100 al segundo clic se relacionó con el grado de sensibilidad sensorial autoinformada, independientemente del diagnóstico: cuanto peor el filtrado de esa onda, más sensibilidad sensorial referida por la persona.
Es un hallazgo importante porque sugiere que el déficit de filtrado no es uniforme: puede afectar a una fase del procesamiento (N100) y no a otra (P50), y cada fase parece conectarse con un aspecto distinto de la experiencia autista —la sensibilidad sensorial, por un lado; la dificultad social o atencional, por otro—.
Resultados que no siempre coinciden entre sí
Conviene ser prudente, porque no todos los estudios anteriores encontraron lo mismo. Una investigación con niños autistas, de menor edad que la muestra anterior, no halló diferencias de grupo en la supresión de P50 frente a niños con desarrollo típico, aunque sí encontró una amplitud de P50 reducida de forma específica en el subgrupo que entonces se clasificaba como «síndrome de Asperger».
Esta falta de consistencia entre estudios es habitual en electrofisiología y tiene explicaciones razonables: las muestras suelen ser pequeñas, las edades de los participantes varían mucho (el sistema de filtrado sensorial sigue maturando durante la infancia y la adolescencia), y los protocolos de registro y de análisis no siempre son idénticos de un laboratorio a otro. No se puede todavía hablar de «el» perfil de filtrado sensorial en el autismo, sino de un área de investigación activa con piezas que aún no encajan del todo.
Por qué esto no es lo mismo que la sobrecarga sensorial
Vale la pena insistir en la diferencia, porque es fácil mezclar los conceptos. La sobrecarga sensorial es un fenómeno que cualquier persona autista puede describir en primera persona: «hay demasiado ruido, demasiada luz, no puedo pensar». El filtrado sensorial es un mecanismo medido en el laboratorio, a nivel de milisegundos, que probablemente es solo una de las muchas piezas que contribuyen a esa experiencia subjetiva —junto con la hiperacusia, la dificultad para separar una voz del ruido de fondo, la fatiga acumulada o el contexto social, entre otros factores ya tratados en este portal—.
Pensarlo así evita dos errores opuestos: suponer que un hallazgo de laboratorio «explica» toda la experiencia sensorial autista, o descartar estos estudios como irrelevantes porque no coinciden exactamente con el lenguaje que usan las propias personas autistas para describirse. Ambas perspectivas —la neurofisiológica y la vivencial— están describiendo capas distintas de un mismo problema.
Qué implicaciones prácticas tiene (y cuáles no)
Ningún estudio de gating sensorial, por ahora, se traduce en un tratamiento o una prueba diagnóstica. No existe hoy un test de EEG que diga «esta persona tiene autismo» o «esta persona necesita tal terapia» a partir de su filtrado sensorial. Dicho esto, esta línea de investigación sí ofrece un marco útil para entender y comunicar ciertas necesidades:
- Si el filtrado automático de lo repetido es menos eficiente, tiene sentido que un entorno predecible —sin sonidos nuevos constantes— resulte menos agotador que uno caótico, aunque el volumen total de ruido sea el mismo.
- Apoyarse en filtros externos (auriculares con cancelación de ruido, tapones, espacios de descanso silenciosos) no es «evitar enfrentar» el problema: es compensar, desde fuera, un filtro interno que parece trabajar con más esfuerzo.
- La variabilidad entre personas autistas en estos estudios es la norma, no la excepción: no toda persona autista tiene un perfil de filtrado alterado, y dentro de quienes lo tienen, la onda afectada (P50, N100 o P200) puede ser distinta. Las estrategias que funcionan para una persona no tienen por qué funcionar para otra.
- Entender que hay una base neurológica plausible para «no poder dejar de oír» algo puede ayudar a quitar la idea de que se trata de una cuestión de voluntad, capricho o falta de esfuerzo, tanto de cara a la propia persona como de cara a su entorno.
Una pieza más del rompecabezas sensorial
El filtrado sensorial se suma a otras líneas de investigación biológica sobre el procesamiento sensorial en el autismo que este portal ya ha tratado por separado —desde los perfiles sensoriales de Winnie Dunn hasta la sensibilización central o la disfunción autonómica—, cada una centrada en un mecanismo distinto y, probablemente, complementario. No hay un único «interruptor» que explique la experiencia sensorial autista, sino varios sistemas que pueden funcionar de forma distinta y que la ciencia todavía está terminando de describir.
Como conclusión práctica: si una persona autista —o quien la acompaña— lleva tiempo sintiendo que «nada deja de sonar» o que ciertos ruidos nunca pasan a segundo plano aunque lleven horas presentes, no es una exageración ni un capricho. Es plausible que el mecanismo automático que en la mayoría de los cerebros se encarga de «bajar el volumen» a lo repetido esté, sencillamente, haciendo un trabajo distinto. Reconocerlo no cambia el diagnóstico de nadie, pero sí puede cambiar cómo se diseñan los espacios, las rutinas y la paciencia con la que se acompaña a quien lo vive.