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El efecto camaleón en mujeres autistas: cuando la personalidad se convierte en un préstamo

Muchas mujeres autistas describen un fenómeno distinto del enmascaramiento conductual: adoptar de forma profunda los gustos, opiniones y hasta la personalidad de quien tienen cerca, hasta perder de vista quiénes son en realidad.

Hay un tipo de pregunta que muchas mujeres autistas adultas se hacen a solas, casi siempre después de terminar una relación, una amistad intensa o una etapa vital marcada por una persona concreta: ¿esto me gusta a mí de verdad, o me gusta porque le gustaba a él, a ella, al grupo? No es una duda sobre si mantener el contacto visual o suavizar el tono de voz en una entrevista de trabajo. Es una duda mucho más incómoda, porque no va sobre lo que se hace delante de los demás, sino sobre quién se es cuando nadie está mirando.

Este fenómeno tiene nombre informal —muchas autoras y mujeres autistas lo llaman «efecto camaleón»— y describe algo distinto de las formas de enmascaramiento de las que ya se habla más a menudo: no es maquillarse de una manera concreta, ni fingir una voz, ni dudar de si el diagnóstico es «de verdad». Es adoptar, de forma profunda y muchas veces inconsciente, los gustos musicales, las opiniones políticas, las aficiones, el vocabulario, el sentido del humor o incluso rasgos enteros de personalidad de la persona con la que se pasa más tiempo, hasta que la línea entre «lo mío» y «lo prestado» se vuelve difícil de trazar.

Qué es exactamente el «efecto camaleón» de personalidad

La escritora y consultora autista australiana Barb Cook lo describió en un texto muy citado dentro de la comunidad: «Algunos de los mecanismos de afrontamiento para encajar bien a lo largo de mi vida, no solo en la infancia, consisten en fingir ser otra persona. Este factor camaleón es algo que muchas hacemos porque queremos encajar con el grupo y con la sociedad en general», explicaba, y añadía un ejemplo muy concreto: «Si estoy con una persona alegre y extrovertida, intento ser graciosa».

Lo que distingue a este camuflaje del más conocido —el de la conducta observable— es el nivel al que opera. Suavizar la prosodia de la voz o memorizar guiones de conversación son estrategias que se activan y desactivan según el contexto, y que la propia persona suele reconocer como una «actuación». El efecto camaleón de personalidad es más difuso: no se siente como una actuación mientras ocurre. La persona autista puede llegar a creer genuinamente que ese nuevo gusto musical, esa forma de hablar o esa opinión son suyos, porque los ha absorbido de manera gradual, sin la sensación de estar interpretando un papel. El coste aparece después, cuando esa relación o ese grupo social cambian o desaparecen, y queda la sensación de no saber muy bien qué queda de una misma.

Lo que dice la investigación sobre camuflaje y pérdida del sentido de identidad

Conviene ser honestos sobre el estado de la evidencia: no existe, hasta donde se ha podido documentar, un cuerpo de investigación específico centrado en este subfenómeno concreto de «absorción de personalidad» en autismo. Lo que sí existe es una investigación sólida y creciente sobre el camuflaje social (camouflaging) en términos generales, dentro de la cual este tipo de testimonios encajan con claridad.

El estudio de referencia en este campo es el de Laura Hull y su equipo del University College London, publicado en 2017 en el Journal of Autism and Developmental Disorders bajo el título «Putting on My Best Normal»: Social Camouflaging in Adults with Autism Spectrum Conditions. A partir de encuestas a 92 personas autistas adultas, el equipo identificó, entre las estrategias de camuflaje, la de copiar e imitar el habla y el lenguaje corporal de personas socialmente exitosas como forma de parecer competente en situaciones sociales. Pero el hallazgo más relevante para este tema aparece en las consecuencias a largo plazo que describieron las propias participantes, agrupadas en el estudio bajo el tema «No soy mi verdadero yo» (I’m Not My True Self): muchas personas relataron ir perdiendo de vista quiénes eran realmente tras años de camuflaje sostenido en entornos de alta exigencia social, junto a un segundo tema al que las autoras llamaron «Me desmorono», sobre el agotamiento físico y emocional que sigue a esa actuación prolongada.

Ese mismo equipo desarrolló después el CAT-Q (Camouflaging Autistic Traits Questionnaire, Hull et al., 2019), un cuestionario validado que distingue tres estrategias de camuflaje: el enmascaramiento (ocultar rasgos autistas), la asimilación (esforzarse por encajar activamente) y la compensación (desarrollar estrategias aprendidas para superar dificultades sociales, entre ellas, precisamente, observar e imitar a otras personas). El efecto camaleón de personalidad se sitúa en ese cruce entre asimilación y compensación, aunque llevado a un terreno —el de la identidad, no solo la conducta— que la investigación empírica apenas ha empezado a explorar de forma directa.

Resulta útil, además, situar esto junto a un concepto de la psicología general: el «efecto camaleón» que describieron Tanya Chartrand y John Bargh en 1999 en su artículo clásico The Chameleon Effect: The Perception-Behavior Link and Social Interaction, sobre la tendencia humana, universal y en buena parte inconsciente, a imitar gestos y posturas de quien tenemos delante como forma de generar cercanía. La diferencia importante es que, en población general, ese mimetismo es breve, automático y no suele alterar la identidad de fondo. En el camuflaje autista, en cambio, suele ser consciente al inicio, sostenido en el tiempo y con un coste psicológico documentado: distintos estudios han vinculado el camuflaje con mayores niveles de ansiedad, depresión y agotamiento (burnout autista), precisamente por el esfuerzo cognitivo continuado que exige mantener una versión de una misma que no siempre coincide con lo que se siente por dentro.

Voces en primera persona: lo que cuentan las propias mujeres autistas

Fuera de los artículos científicos, es en los relatos en primera persona donde este fenómeno concreto aparece descrito con más detalle. La psicóloga social Devon Price, autora del libro Unmasking Autism: Discovering the New Faces of Neurodiversity (2022), describe cómo muchas personas autistas aprenden desde la infancia a observar e imitar el comportamiento de quienes las rodean, y cómo ese aprendizaje puede derivar en un patrón de fawning o «apaciguamiento»: monitorizar y reflejar constantemente las emociones, gustos y opiniones de otra persona, suprimiendo las propias necesidades y preferencias hasta perder la costumbre de identificarlas.

La psicóloga Claire Jack, especializada en mujeres autistas adultas y diagnosticada ella misma a los cuarenta años, recoge en su consulta testimonios muy directos sobre esta pérdida de identidad. Una de sus clientas lo resumía así: «No sé quién soy»; otra, tras reflexionar sobre sus vínculos más cercanos, concluía con tristeza: «Nadie conoce realmente a la verdadera yo». Jack defiende, frente a la búsqueda ansiosa de un «yo auténtico» escondido bajo capas de máscara, un acercamiento más paciente: la identidad no es algo que se recupera intacto, sino algo que se construye también a partir de la propia experiencia de haber enmascarado, con curiosidad en lugar de urgencia.

En una línea similar, testimonios recogidos en medios especializados en neurodiversidad describen cómo, con los años, resulta cada vez más difícil distinguir qué mannerismos, tonos de voz o incluso opiniones son propios y cuáles se adoptaron de otras personas en distintas etapas —una pareja, un grupo de amistades del instituto, una compañera de piso—, hasta el punto de que revisar viejas fotos o mensajes con esas personas puede generar una sensación extraña de no reconocer del todo a la persona que se era entonces.

Por qué esto es distinto de otros tipos de enmascaramiento de los que ya hemos hablado

Vale la pena remarcar la diferencia porque es fácil mezclarlo todo bajo la etiqueta general de «masking». No es lo mismo:

  • El enmascaramiento vocal (ajustar el tono, el ritmo o la entonación para sonar «normal» en una llamada o una reunión): es una estrategia consciente y puntual sobre cómo suena la voz, no sobre qué se piensa o qué gusta.
  • El enmascaramiento estético (el esfuerzo sensorial de maquillarse o vestir de cierta manera para cumplir expectativas de género): actúa sobre la apariencia externa, no sobre los gustos o la personalidad interna.
  • El síndrome del impostor tras el diagnóstico (dudar de si «se es autista de verdad» a pesar de tener un diagnóstico formal): es una duda sobre la validez de una etiqueta clínica, no sobre los propios gustos u opiniones.
  • La autoidentificación sin diagnóstico formal: tiene que ver con el acceso a una evaluación, no con la fusión de la personalidad con la de otra persona.

El efecto camaleón de personalidad, en cambio, opera en un plano más profundo: no es una interpretación que se activa y se apaga, sino un proceso gradual por el que los límites entre el propio criterio y el de otra persona se difuminan. Por eso, quienes lo reconocen suelen describir no tanto la fatiga del disimulo —el «actuar cansa»— sino algo más parecido a una confusión de fondo: no saber, sin más, cuál es la respuesta a preguntas aparentemente sencillas como «¿qué música te gusta?» o «¿qué opinas tú de esto?».

Cómo empezar a distinguir «lo mío» de «lo prestado»

No existe un método clínico validado específicamente para esto, pero sí algunas estrategias, coherentes con lo que recomiendan tanto Devon Price como Claire Jack en sus respectivos enfoques, que muchas mujeres autistas encuentran útiles como punto de partida:

  • Buscar patrones que se repiten en solitario, no en compañía. Los intereses especiales suelen ser un ancla más fiable que las opiniones sociales precisamente porque se sostienen incluso cuando no hay nadie a quien impresionar. Preguntarse qué se hacía, se leía o se escuchaba en los ratos completamente a solas, en distintas etapas de la vida, ayuda a detectar el hilo conductor propio.
  • Revisar los cambios de gustos que coinciden con cambios de pareja o de grupo. No para desconfiar de todo lo aprendido —influirse mutuamente es parte normal de cualquier relación—, sino para distinguir lo que se ha integrado con gusto de lo que simplemente «quedó puesto» tras una relación que ya terminó.
  • Sustituir la pregunta «¿quién soy en realidad?» por «¿qué elijo ahora, sin nadie delante?». Como plantea Claire Jack, la identidad tras años de camuflaje no se «descubre» intacta debajo de una máscara; se construye hacia delante, a partir de elecciones pequeñas y sostenidas en el tiempo.
  • Darse permiso para no tener una opinión formada todavía. «No lo sé aún» es una respuesta legítima, y probablemente más honesta que adoptar automáticamente la opinión de quien pregunta.
  • Buscar espacios y personas donde no haga falta actuar. Los grupos de apoyo entre mujeres autistas, precisamente porque reducen la presión de encajar, suelen ser uno de los pocos contextos donde resulta más fácil notar cuáles son las propias reacciones espontáneas.

Una identidad que también cuenta como propia

Reconocerse en el efecto camaleón no tiene por qué vivirse como una pérdida irreparable. Gran parte de lo «absorbido» de otras personas a lo largo de los años —un gusto musical, una forma de mirar el mundo, incluso rasgos de humor— puede seguir formando parte de una misma, aunque no naciera ahí en origen: así funciona, en realidad, la identidad de cualquier persona, autista o no. Lo importante no es purgar toda influencia externa en busca de un «yo original» imposible de encontrar, sino recuperar la capacidad de elegir con conciencia qué se conserva y qué ya no encaja, en lugar de que esa elección quede siempre en manos de quien se tiene más cerca en cada momento.

Autismo

Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.