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🧑‍💼 Autismo en adultos

Divorcio en mujeres autistas: por qué el diagnóstico tardío las hace revisar su matrimonio

Muchas mujeres diagnosticadas de autismo en la edad adulta revisan su matrimonio bajo una luz nueva. Qué dice la investigación sobre el desgaste de pareja, el enmascaramiento y el llamado síndrome de Cassandra.

Hay un patrón que muchas terapeutas y asociaciones de autismo empiezan a nombrar en voz alta: mujeres que, meses o años después de recibir un diagnóstico de autismo en la edad adulta, inician un proceso de separación o divorcio. No es una reacción impulsiva ni una crisis pasajera. Es, con frecuencia, el resultado de mirar hacia atrás una relación de pareja de diez, quince o veinte años y verla, por primera vez, con las piezas correctas del puzzle. Este artículo se centra en esa ruptura en sí: por qué ocurre, qué papel juega el desgaste acumulado dentro del matrimonio, y qué dice —y qué no dice todavía— la investigación sobre las tasas de separación en parejas donde uno de los miembros es autista.

Un patrón que se repite en las consultas, aunque los datos duros todavía sean escasos

Conviene empezar con honestidad: no existe todavía un estudio poblacional robusto, con seguimiento a largo plazo, que mida específicamente la tasa de divorcio en parejas donde la mujer ha sido diagnosticada de autismo en la edad adulta. Es un campo de investigación todavía joven. Lo que sí existe es evidencia convergente desde varios ángulos distintos, y merece la pena distinguir cada una con cuidado en vez de mezclarlas.

Por un lado, hay estudios sobre familias con hijos autistas que a veces se citan erróneamente para hablar de parejas donde el autista es un adulto. El caso más conocido es la cifra del «80% de divorcios en familias con un hijo autista», que circuló durante años sin respaldo real. Un estudio de referencia del Kennedy Krieger Institute y la Universidad Johns Hopkins, con datos de cerca de 78.000 familias (913 con un hijo en el espectro), encontró que los padres de niños autistas se separan aproximadamente con la misma frecuencia que el resto de la población. Es un dato importante, pero responde a una pregunta distinta de la que nos ocupa aquí: qué pasa cuando la persona autista es uno de los cónyuges, no un hijo.

Sobre matrimonios de personas autistas adultas la evidencia cuantitativa fiable es todavía escasa; varias cifras que circulan en internet (como que las parejas mixtas —una persona autista y otra no— tendrían tasas de ruptura mucho más altas) aparecen repetidas sin que se pueda rastrear el estudio original, así que preferimos no reproducirlas aquí como si fueran un hecho establecido. Lo que sí es consistente en la literatura es lo que ocurre dentro de esas relaciones a lo largo de los años: un patrón de incomprensión mutua sostenida que, en muchos casos, termina por desgastar el vínculo hasta un punto de no retorno.

El «síndrome de Cassandra»: qué es, quién lo propuso y por qué es un concepto polémico

El término más citado en este terreno es el «síndrome de Cassandra» o «trastorno de deprivación afectiva» (Cassandra Affective Deprivation Disorder), acuñado por la psicóloga y terapeuta de pareja británica Maxine Aston a partir de su trabajo clínico con parejas donde uno de los miembros tiene autismo o rasgos autistas no diagnosticados. Aston, autora del libro Aspergers in Love, tomó el nombre de la sacerdotisa griega Casandra, condenada a predecir el futuro sin que nadie la creyera: según su planteamiento, la pareja no autista de una persona autista sufriría un desgaste emocional real —ansiedad, agotamiento, sensación de soledad dentro de la relación— que rara vez es reconocido por el entorno, porque desde fuera la persona autista puede parecer perfectamente capaz y encantadora.

Es importante decir con claridad que el «síndrome de Cassandra» no es un diagnóstico clínico reconocido en ningún manual internacional (ni en el DSM-5-TR ni en la CIE-11), y que el propio concepto ha recibido críticas serias desde la comunidad autista. La objeción principal es que el planteamiento original de Aston tiende a situar el malestar de la pareja neurotípica en un supuesto déficit de empatía de la persona autista, cuando el «problema de la doble empatía» descrito por el investigador autista Damian Milton apunta a algo distinto: no es que una persona autista sienta menos, sino que ambas partes de la pareja pueden tener dificultades para leerse mutuamente, porque parten de estilos de comunicación diferentes. El error a evitar es usar el síndrome de Cassandra como una etiqueta que culpabiliza a la persona autista; lo más honesto es entenderlo como la descripción de un desgaste mutuo y no correspondido, no como un trastorno que una parte «causa» sobre la otra.

Por qué el diagnóstico tardío cambia la forma de ver el matrimonio entero

El momento del diagnóstico —normalmente entre los 30 y los 50 años en muchas mujeres— actúa como un revelado fotográfico: de golpe aparecen detalles antes invisibles. Situaciones que se interpretaron como «no me quiere lo suficiente» o «soy demasiado exigente» empiezan a leerse de otra manera: quizá había una diferencia de procesamiento sensorial, una necesidad genuina de tiempo a solas para regular el sistema nervioso, o una forma distinta —no menor, distinta— de expresar el cariño.

Esta relectura no siempre salva la relación; a veces la confirma como insostenible. El estudio de referencia de Bargiela, Steward y Mandy (2016), publicado en Journal of Autism and Developmental Disorders, entrevistó a 14 mujeres diagnosticadas de autismo en la adolescencia tardía o la edad adulta y describió cómo muchas de ellas habían desarrollado, desde niñas, una «persona» o máscara social para encajar, hasta el punto de que una participante explicó que había cultivado «una especie de personaje burbujeante y vivaz, y quizá un poco tontorrón» solo para resultar aceptable socialmente. Sin extrapolar directamente estos hallazgos a todos los matrimonios, sí señalan algo relevante aquí: cuando una mujer ha pasado años funcionando desde una máscara aprendida por necesidad de supervivencia social, es razonable que, al quitársela, algunas relaciones construidas sobre esa versión «editada» de sí misma dejen de sostenerse.

El propio enmascaramiento sostenido durante años —adaptarse a las expectativas de la pareja, suprimir necesidades sensoriales para «no dar problemas», fingir disfrutar de planes agotadores— tiene un coste acumulativo. Muchas mujeres atribuían antes su malestar a un defecto de carácter («soy demasiado rara», «exagero»); después del diagnóstico, ese malestar se resignifica como el resultado lógico de años sosteniendo un esfuerzo invisible.

Motivos concretos que llevan a revisar —y a veces a terminar— la relación

No hay una única razón detrás de estas rupturas. En los relatos de mujeres diagnosticadas tarde, y en la literatura clínica sobre parejas neurodiversas, se repiten varios motivos:

  • El descubrimiento de que el esfuerzo de adaptación siempre recayó en un solo lado. Muchas mujeres se dan cuenta de que llevaban años «traduciéndose» a sí mismas para encajar, sin que se produjera el mismo esfuerzo en sentido contrario.
  • La sensación de haber sido incomprendida en cuestiones que ahora tienen explicación. Reacciones a la sobrecarga sensorial o dificultad para «leer» señales sociales de la pareja, que antes se interpretaban como desinterés o frialdad.
  • Un desequilibrio de poder que el diagnóstico hace visible. La pareja no autista había asumido, sin hablarlo, el rol de «gestora» de la vida social y emocional de ambos; repartir de nuevo ese trabajo no siempre es posible.
  • El deseo de vivir, por primera vez, sin máscara. Tras años enmascarando rasgos autistas dentro del propio hogar, algunas mujeres deciden que ya no quieren gastar esa energía, y descubren que la relación dependía, en parte, de que siguieran haciéndolo.
  • Relaciones que ya tenían dinámicas de control o desprecio, donde el diagnóstico aporta un lenguaje nuevo para nombrar un maltrato que antes no tenía nombre claro.

Es importante subrayar que ninguno de estos motivos implica que las relaciones entre una persona autista y una no autista estén condenadas al fracaso. Existen matrimonios largos, satisfactorios y estables en los que uno de los miembros es autista; lo que cambia, en los casos de ruptura, suele ser que la pareja nunca llegó a entender de verdad las necesidades del otro mientras hubo tiempo de ajustarlas, y el diagnóstico llega demasiado tarde para reconstruir esa base de comprensión mutua.

Cómo suele vivirse el proceso de separación cuando hay un diagnóstico reciente de por medio

El proceso de separación en estas circunstancias tiene algunas particularidades que merece la pena anticipar:

  • Duelo doble. No solo se cierra una relación; a menudo se cierra también la versión de la propia historia personal que se había construido antes del diagnóstico («pensaba que el problema era yo»). Conviene dar espacio a ambos duelos por separado.
  • Necesidad de mediación o terapia de pareja con formación específica en neurodivergencia. No todos los mediadores familiares ni terapeutas de pareja conocen cómo el autismo influye en la comunicación, el conflicto o la toma de decisiones bajo estrés; buscar profesionales con experiencia real en parejas neurodiversas evita que el proceso se lea, erróneamente, en clave de «falta de voluntad» de una de las partes.
  • Custodia y crianza compartida, cuando hay hijos e hijas de por medio. Si uno de los progenitores es autista, algunos juzgados todavía parten de estereotipos desactualizados; conviene llegar con informes actualizados y apoyo de asociaciones especializadas.
  • Comunicación estructurada durante el proceso. Acordar canales claros (por escrito, con tiempos de respuesta pactados) reduce la fricción, sobre todo si la pareja tuvo siempre dificultades para comunicarse «en caliente».
  • Cuidado con el «diagnóstico como arma». En procesos contenciosos, a veces el diagnóstico reciente se usa injustamente contra la persona autista, cuestionando su capacidad parental sin base real; un asesoramiento legal que entienda el autismo en adultos ayuda a evitarlo.

Qué puede ayudar, se llegue o no a la ruptura

No toda mujer que se diagnostica de adulta termina divorciándose, y este artículo no pretende sugerir que sea el desenlace esperable. Pero para quienes están en ese proceso de revisión —estén o no seguras todavía de qué decisión tomarán—, algunas cosas ayudan:

  • Darse tiempo antes de tomar decisiones irreversibles: el periodo posterior al diagnóstico viene cargado de emociones intensas que conviene procesar antes de decidir en caliente.
  • Buscar espacios de apoyo entre iguales —grupos de mujeres autistas diagnosticadas tarde— donde compartir la experiencia sin sentirse juzgada.
  • Si hay voluntad por ambas partes, la terapia de pareja afirmativa con el autismo (no correctiva) puede repartir de forma más justa el esfuerzo que antes recaía en un solo lado.
  • Si la decisión es separarse, acompañarse de profesionales que entiendan la neurodivergencia evita que el proceso añada más desgaste.
  • Revisar una relación a la luz de un diagnóstico no es «buscar excusas»: es tener por fin toda la información para decidir con libertad.

El diagnóstico tardío no rompe matrimonios; lo que hace es iluminar, con una claridad que antes no existía, si ese matrimonio se sostenía sobre una comprensión real y mutua o sobre el esfuerzo silencioso de una sola persona. Nombrar ese patrón —con el rigor y la prudencia que los datos disponibles exigen todavía— es el primer paso para que, se elija quedarse o se elija partir, la decisión se tome desde el conocimiento y no desde la confusión.

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Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.