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👩 Mujeres autistas

Diferencias sensoriales entre mujeres y hombres autistas: qué dice la investigación

La investigación reciente apunta a que las mujeres autistas reportan más hipersensibilidad sensorial que otros grupos, aunque no todas las modalidades sensoriales muestran el mismo patrón.

Cuando se habla de sensorialidad en el autismo —la hipersensibilidad a la luz, al ruido, a las texturas o a los olores— casi siempre se describe como un rasgo único, igual para todas las personas autistas. Pero una pregunta que se investiga desde hace relativamente poco tiempo es si esa sensorialidad se vive igual en mujeres y en hombres autistas, o si hay diferencias medibles entre unas y otros. La respuesta, como suele pasar en la ciencia del autismo, es más matizada de lo que parece: depende de qué tipo de sensorialidad se mida, y sigue siendo un terreno de investigación activa.

Un hallazgo claro: más hipersensibilidad autoinformada en mujeres autistas

El estudio más sólido disponible hasta ahora sobre este tema es el de Emily Taylor, Rosemary Holt, Teresa Tavassoli, Chris Ashwin y Simon Baron-Cohen, publicado en 2020 en la revista Molecular Autism. El equipo desarrolló y validó una versión revisada del Cociente de Percepción Sensorial (SPQ-RS), un cuestionario que distingue específicamente entre hipersensibilidad (reaccionar de forma más intensa a un estímulo) e hiposensibilidad (reaccionar menos, o necesitar más estímulo para notarlo).

Participaron 329 personas adultas, divididas en tres grupos: 152 mujeres con diagnóstico de autismo, 103 madres de niños autistas (un grupo que suele usarse para estudiar el llamado «fenotipo autista ampliado», es decir, rasgos autistas más suaves sin llegar al diagnóstico) y 74 madres de un grupo de comparación sin esa relación con el autismo. Todas las participantes completaron el SPQ-RS y el Cociente del Espectro Autista (AQ), que mide rasgos autistas de forma dimensional.

El resultado principal: las mujeres con diagnóstico de autismo informaron de una hipersensibilidad sensorial significativamente mayor que los otros dos grupos, pero no una hiposensibilidad mayor. Es decir, la diferencia se concentró específicamente en reaccionar de forma más intensa a los estímulos, no en necesitar más estímulo para percibirlos. Además, esa hipersensibilidad se correlacionó con la intensidad de los rasgos autistas: a más rasgos autistas, más hipersensibilidad reportada, tanto en el grupo de mujeres autistas como en el de madres con fenotipo ampliado.

Un detalle interesante del estudio: las madres del grupo de fenotipo ampliado no mostraron diferencias significativas en sensorialidad frente al grupo de comparación. Según los propios autores, esto sugiere que la alteración sensorial no parece formar parte de ese fenotipo ampliado en mujeres del mismo modo en que sí aparece en mujeres con diagnóstico clínico de autismo.

Pero no todas las modalidades sensoriales se comportan igual

Aquí es donde conviene no simplificar de más. El propio campo de investigación sobre sexo/género y sensorialidad en autismo incluye trabajos con resultados distintos según qué sentido se estudie. Por ejemplo, una investigación centrada específicamente en la sensibilidad táctil —publicada bajo el título, ya de por sí revelador, de «¿Podrían las diferencias sensoriales ser un biomarcador indiferente al sexo del autismo?»— plantea precisamente esa pregunta sobre si, al menos en el tacto, hombres y mujeres autistas podrían no diferir tanto como sí lo hacen en otras medidas más generales de sensorialidad autoinformada.

Esta aparente contradicción no es un error de la ciencia, es más bien un reflejo de algo que pasa muy a menudo en la investigación sobre autismo: los cuestionarios de autoinforme (donde la persona valora su propia experiencia) y las pruebas de laboratorio que miden la sensibilidad de forma directa (por ejemplo, el umbral exacto al que se detecta una vibración en la piel) no siempre coinciden. Es posible que mujeres y hombres autistas tengan umbrales sensoriales de partida parecidos en algunas modalidades, pero que difieran en cómo interpretan, regulan o informan sobre esa sensación —lo cual también sería un dato relevante, solo que de otro tipo.

¿Por qué podría haber una diferencia real?

Ninguno de estos estudios establece una causa única, pero se manejan varias hipótesis complementarias, no excluyentes entre sí:

  • Factores hormonales y neurobiológicos. Igual que ocurre con otros rasgos del autismo, se investiga si hormonas como los estrógenos o la progesterona modulan la forma en que el sistema nervioso procesa la información sensorial, algo que podría generar diferencias de intensidad percibida entre sexos a lo largo del ciclo vital.
  • Diferencias en la socialización del malestar. Es posible que, culturalmente, se enseñe a las niñas y mujeres a expresar o reconocer con más detalle su malestar físico o emocional, lo que llevaría a un autoinforme más alto sin que necesariamente exista una diferencia biológica de la misma magnitud.
  • Camuflaje sensorial. Muchas mujeres autistas aprenden, a menudo de forma inconsciente, a disimular sus reacciones sensoriales en público para no destacar —algo distinto del enmascaramiento social general, pero relacionado con él—, lo que podría hacer que la hipersensibilidad real quede invisible en la observación externa y solo aflore cuando se pregunta directamente.
  • Sesgo de la propia investigación. Gran parte de los estudios clásicos sobre sensorialidad en autismo se diseñaron con muestras mayoritariamente masculinas, lo que pudo retrasar la detección de patrones específicos en mujeres.

Una pista adicional: cómo se entrelaza la sensorialidad con otras áreas de la vida

Un estudio más reciente, de Gabriella Petruzzello y Barbara D’Entremont, publicado en 2026 en International Journal of Sexual Health, ilustra bien por qué este tema importa más allá de lo puramente descriptivo. Con una muestra de 144 personas adultas autistas con pareja estable, el estudio encontró que tanto la hipersensibilidad como la hiposensibilidad sensorial se asociaban con más malestar en la esfera de la intimidad de pareja, de forma indirecta: a más diferencias sensoriales, más malestar, y ese malestar predecía menor satisfacción, no la sensorialidad en sí misma de forma directa. Las sensibilidades relacionadas con el olfato y con el equilibrio y la posición corporal destacaron especialmente. Es un recordatorio de que la sensorialidad no es un dato aislado de laboratorio: se filtra en terrenos tan distintos como las relaciones, el trabajo o la vida doméstica.

Qué significa esto en la práctica

Para una mujer autista —diagnosticada o no— que lleva años notando reacciones sensoriales intensas sin encontrar ese dato reflejado en los materiales generales sobre autismo (que durante décadas se escribieron pensando sobre todo en niños varones), esta investigación ofrece algo sencillo pero valioso: una confirmación de que su experiencia tiene respaldo científico, no es «exageración» ni un rasgo aparte del autismo. Algunas implicaciones prácticas:

  • Si un cuestionario de cribado o una evaluación diagnóstica no pregunta explícitamente por hipersensibilidad sensorial, puede estar dejando fuera información relevante, sobre todo en mujeres.
  • Reconocer la hipersensibilidad como parte legítima del perfil autista propio —y no como «ser muy sensible» en sentido genérico— ayuda a justificar adaptaciones concretas: auriculares, ropa sin etiquetas, pausas sensoriales, control sobre la iluminación.
  • El camuflaje sensorial tiene un coste de energía, igual que el camuflaje social. Permitirse no disimular las reacciones sensoriales en espacios seguros no es un capricho, es una forma de reducir esa carga.

Lo que todavía no sabemos

La investigación sobre sexo, género y sensorialidad en autismo sigue siendo un campo joven, con muestras moderadas y, en muchos casos, centrado en personas con diagnóstico formal y sin discapacidad intelectual asociada, lo que deja fuera a una parte importante de la población autista. Tampoco hay todavía suficientes estudios que incluyan a personas no binarias o de género diverso con el detalle necesario. Lo que sí parece sólido, con los datos actuales, es que la hipersensibilidad sensorial autoinformada es más alta en mujeres autistas que en grupos de comparación, y que esa diferencia no es uniforme en todas las modalidades sensoriales ni se explica por una sola causa. Como en tantos otros aspectos del autismo en mujeres, la ciencia está empezando, por fin, a hacer las preguntas correctas.

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Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.