Hay un tipo de sobrecarga sensorial del que casi nunca se habla: la que provoca la propia rutina de arreglo personal. Maquillaje que pesa en la piel, sujetadores que aprietan durante horas, perfumes que se instalan en la nariz durante todo el día, zapatos de tacón que cambian el equilibrio, joyas que rozan el cuello sin parar. Para muchas mujeres autistas, «estar arregladas» según lo que se espera socialmente de una mujer no es solo una cuestión de tiempo o de gusto estético: es, literalmente, un ejercicio de tolerancia sensorial sostenida.
Es un tema del que apenas existe investigación específica —como se verá más adelante, es casi un hueco en blanco dentro de la ciencia del autismo—, pero que aparece una y otra vez en los testimonios de mujeres autistas adultas. Y tiene sentido que así sea: la hipersensibilidad táctil, olfativa y a veces visual es uno de los rasgos sensoriales más documentados en el autismo, y la estética «femenina» tradicional está construida casi enteramente a partir de estímulos táctiles y olfativos intensos.
Lo que dice la investigación sobre ropa y sensibilidad táctil
El estudio más completo publicado hasta ahora sobre este tema es de 2025, firmado por las investigadoras Ferrer Knight y Birtles y publicado en la revista Autism. Encuestaron a 86 personas adultas autistas del Reino Unido (49 mujeres, 25 hombres y 11 personas no binarias) sobre el impacto de la hipersensibilidad táctil en su vida diaria. Los resultados son elocuentes: el 73,2% evita regularmente ciertos tipos de ropa, el 55,8% quita sistemáticamente las etiquetas, casi la mitad (48,8%) evita la ropa o el calzado ajustados y el 46,5% no tolera costuras en contacto directo con la piel. Los materiales más rechazados fueron la lana, el poliéster, las lentejuelas y otros tejidos brillantes, y la ropa interior.
Lo más interesante del estudio no son solo esas cifras, sino su conclusión principal: cuanto mayor es la sensibilidad táctil de una persona, mayor tiende a ser también su insatisfacción con su propia imagen, y esa insatisfacción golpea con más fuerza la autoestima de quienes ya se sentían inseguras respecto a su apariencia. Una de las personas participantes, no binaria, lo resumió así: «Me encantaría explorar más la moda para que mi apariencia coincida con mi género, pero no puedo, porque la ropa que quiero llevar me provoca un colapso». Es una frase que condensa un conflicto real: el deseo de expresarse a través de la ropa choca de frente con lo que el cuerpo puede tolerar.
Un estudio previo, de Kyriakou, Forrester-Jones y Triantafyllopoulou (2021, Journal of Autism and Developmental Disorders), entrevistó a diez adultos autistas sobre distintas muestras de tejido y llegó a una conclusión sencilla pero importante: el tejido que se elige no es un detalle menor, afecta directamente al bienestar cotidiano. Los autores defienden que la ropa pensada específicamente para perfiles sensoriales autistas debería ser una opción real en el mercado, no una rareza.
El maquillaje, los perfumes y el «uniforme» de lo femenino
Más allá de la ropa, hay todo un catálogo de productos asociados a la feminidad convencional que implican estímulos sensoriales intensos: el tacto del maquillaje líquido o en polvo sobre la piel, el olor de perfumes y lacas, la sensación de las pestañas postizas o el rímel, la presión de los tacones al caminar, el peso de los pendientes o collares. La psicóloga Claire Jack, que ha escrito extensamente sobre el perfil sensorial de las mujeres autistas, describe una lista de sensibilidades habituales que incluye precisamente el rechazo a la sensación del maquillaje sobre la piel y reacciones intensas a los perfumes, y señala una preferencia frecuente por la ropa «práctica» frente a la ropa «atractiva» según los cánones convencionales.
Este terreno concreto —maquillaje, depilación, tacones, sujetadores— es, hay que decirlo con honestidad, uno de los grandes vacíos de la investigación científica sobre autismo. Existen buenos estudios sobre sensibilidad táctil a la ropa y bastantes menos sobre cosmética, calzado o joyería. Lo que sí hay, y en abundancia, son testimonios y relatos en primera persona que apuntan sistemáticamente en la misma dirección: estos productos no son un capricho superfluo que se pueda «aguantar» sin más, sino una fuente real y acumulativa de malestar sensorial.
Cuando la estética se convierte en otra forma de enmascaramiento
Aquí es donde este tema se conecta con algo que este mismo portal ya ha explicado en otras ocasiones: el enmascaramiento o masking, esa adaptación constante del comportamiento para parecer «menos autista» y encajar socialmente. La investigación sobre el enmascaramiento se ha centrado sobre todo en su dimensión social y conductual —contener las estereotipias, forzar el contacto visual, ensayar guiones de conversación—, pero la revisión de Hull, Petrides y Mandy (2020) sobre el fenotipo femenino del autismo señala explícitamente que la dimensión física y estética del camuflaje sigue siendo, en gran medida, un vacío de investigación pendiente.
Sin embargo, el propio estudio original de Hull y su equipo (2017) recoge testimonios que apuntan directamente a esta idea: una participante de 22 años explicaba que trataba su ropa «como disfraces», prendas concretas que la ayudaban a sostener el personaje que estaba interpretando en cada momento social. Y en el estudio de Bargiela, Steward y Mandy (2016) sobre mujeres diagnosticadas tardíamente, una de las mujeres entrevistadas describía haber desarrollado «una especie de personaje alegre y vivaz, y quizás un poco tonto» para encajar, un personaje que incluía, casi siempre, una presentación física muy cuidada.
Dicho de otro modo: para muchas mujeres, arreglarse según el canon femenino tradicional no es solo estética, es parte del disfraz. Y como cualquier disfraz sostenido durante horas, tiene un coste de energía. En una investigación sobre enmascaramiento en el ámbito laboral (Pryke-Hobbes y colaboradores, 2023), una de las personas entrevistadas lo explicaba con crudeza: «El enmascaramiento sacrifica mis capacidades; oigo menos, se me escapan cosas, quemo más energía». Esa misma persona contaba que, tras recibir su diagnóstico, sintió por primera vez «permiso» para llevar zapatos cómodos al trabajo en lugar de los que se esperaba de ella.
Por qué esto no es solo una cuestión de vanidad
Es fácil restar importancia a este tema tratándolo como una cuestión superficial. Pero conviene recordar que las normas de género sobre el aspecto físico no son opcionales del mismo modo para todo el mundo: a las mujeres se les exige, de forma implícita pero constante, un nivel de arreglo personal que a los hombres no se les exige con la misma intensidad. Cuando esa exigencia social se combina con un sistema sensorial que reacciona con más intensidad a las texturas, los olores y la presión física, el resultado es una carga añadida, silenciosa y poco reconocida incluso por la propia persona que la sufre, porque durante años puede haber aprendido a no cuestionarla.
Además, hay un componente económico real, aunque todavía no exista investigación específica que lo cuantifique en población autista. Se sabe, por ejemplo, que las mujeres en general gastan de media bastante más que los hombres en cuidado personal a lo largo del año —maquillaje, depilación, peluquería, tintorería de prendas delicadas—, un fenómeno que en economía se conoce informalmente como «impuesto rosa». Cuando a ese gasto ya elevado se le suma la necesidad de comprar varias unidades idénticas de una prenda que sí se tolera, o de descartar productos que resultan insoportables tras probarlos, el coste —tanto económico como de tiempo y energía mental— tiende a ser mayor todavía. Es un terreno que merecería más estudio, pero que ya resulta razonable nombrar.
Alternativas y permisos que sí ayudan
La buena noticia es que no hace falta esperar a que la ciencia lo estudie todo para empezar a hacer las cosas de otra manera. Algunas estrategias que aparecen repetidamente en la investigación disponible y en los testimonios de mujeres autistas incluyen:
- Tocar antes de comprar. Elegir prendas y productos probando primero la textura en tienda, en vez de guiarse solo por la foto o la talla.
- Repetir lo que funciona. Comprar varias unidades idénticas de una prenda o unas medias que sí se toleran bien, en lugar de arriesgarse constantemente con novedades.
- Quitar etiquetas y modificar prendas. Un gesto sencillo —cortar etiquetas, elegir costuras planas, evitar encajes rígidos— puede suponer una diferencia notable a lo largo del día.
- Priorizar formatos cosméticos más tolerables. Maquillajes en crema en lugar de polvo, fórmulas sin perfume añadido, o simplemente reducir el número de productos aplicados en capas.
- Darse permiso para no seguir la norma. Elegir zapato plano en vez de tacón, prescindir del maquillaje o del sujetador con aros cuando la ocasión lo permite, sin que eso se viva como un fracaso personal.
- Hablarlo en voz alta. Nombrar explícitamente ante el entorno —pareja, trabajo, familia— que ciertas prendas o rutinas de arreglo no son negociables por motivos sensoriales, del mismo modo que se nombraría una alergia.
Ninguna de estas alternativas exige renunciar a disfrutar de la moda o del maquillaje para quien realmente lo disfruta: se trata de tener margen para elegir, en lugar de obedecer por defecto una norma que no se ha cuestionado nunca.
Un hueco que merece más atención
Este artículo no puede citar decenas de estudios específicos porque, sencillamente, casi no existen. La investigación sobre autismo ha avanzado mucho en sensibilidad táctil a la ropa y en enmascaramiento social, pero apenas ha empezado a mirar de frente el maquillaje, la depilación, los tacones o los sujetadores como lo que son para muchas mujeres autistas: fuentes reales y cotidianas de sobrecarga sensorial, entrelazadas además con una expectativa de género muy concreta. Nombrar esta carga —y dejar de tratarla como un capricho— es un primer paso sencillo pero necesario. El siguiente, quizás, sea que la investigación empiece a tomarlo tan en serio como ya toma la ropa.