Se habla cada vez más del enmascaramiento, del diagnóstico tardío o de la sobrecarga sensorial en mujeres autistas, pero hay un terreno que suele quedar en segundo plano: cómo son sus amistades. No las relaciones de pareja, sino los vínculos con otras mujeres —compañeras de trabajo, amigas de toda la vida, conocidas del barrio—, un terreno social con sus propias reglas no escritas que muchas mujeres autistas describen como agotador, confuso y, a la vez, profundamente deseado.
Un deseo de conexión que no siempre encaja con el estereotipo
Uno de los mitos más persistentes sobre el autismo es que implica poco interés por las relaciones sociales. La experiencia de muchas mujeres autistas contradice esa idea de partida: numerosos testimonios y literatura clínica coinciden en que las mujeres autistas suelen sentir un deseo de socialización tan fuerte —o más— que el de sus pares no autistas, junto con una presión intensa por encajar y ser incluidas en el grupo. El problema no es la falta de interés, sino la dificultad para descifrar un código social —el de la amistad femenina normativa— que rara vez se explica de forma explícita a nadie, y que para un cerebro autista puede resultar particularmente opaco.
Por qué la amistad entre chicas y mujeres tiene reglas especialmente difíciles de leer
El psicólogo Tony Attwood, uno de los especialistas de referencia en autismo femenino, ha señalado una diferencia relevante entre la socialización masculina y femenina en la infancia y la adolescencia. Mientras que los niños autistas suelen vincularse a través de intereses compartidos muy concretos —un deporte, un tema, un juego con reglas claras—, las dinámicas de amistad entre niñas incorporan con frecuencia elementos mucho más implícitos y cambiantes: la lectura de indirectas, los códigos no verbales, las alianzas cambiantes dentro de un grupo o los conflictos que se gestionan sin decir abiertamente lo que ocurre. Es un terreno que exige una interpretación social constante y en tiempo real, precisamente el tipo de tarea que resulta más costosa para muchas personas autistas.
Ante esa dificultad, una estrategia habitual es el camuflaje: observar con atención a otras chicas «socialmente exitosas» e imitar de forma consciente sus gestos, su forma de hablar, sus intereses o su estilo, construyendo una versión de sí mismas que encaje mejor con lo esperado. Esta estrategia puede funcionar a corto plazo para lograr aceptación social, pero tiene un coste: sostenerla exige un esfuerzo cognitivo y emocional constante que muchas mujeres autistas describen como agotador.
El desgaste de sostener una máscara social
Camuflar rasgos autistas para encajar socialmente no es gratuito. La literatura sobre enmascaramiento asocia esta estrategia con niveles más altos de ansiedad, agotamiento cognitivo y emocional acumulado, y un mayor riesgo de sintomatología depresiva a medio plazo. Es habitual que este desgaste se manifieste en lo que algunas autoras describen como un efecto «Jekyll y Hyde»: contención y aparente normalidad social durante el día —en el colegio, en el trabajo—, seguida de un desahogo emocional intenso en casa, en un entorno de confianza, una vez que ya no hace falta sostener la máscara.
Amistades intensas, pero a veces frágiles
Cuando una mujer autista sí logra establecer una amistad significativa, es frecuente que esa relación se viva con una intensidad y una lealtad muy por encima de la media: la amistad no como algo casual, sino como un vínculo central y profundamente valorado. Esa misma intensidad puede, sin embargo, generar fricciones si no se equilibra bien —por ejemplo, dificultad para tolerar que la otra persona tenga otras amistades, o para gestionar y negociar un conflicto sin vivirlo como una ruptura total del vínculo—. No se trata de un defecto de carácter, sino de una consecuencia lógica de haber aprendido las reglas de la amistad de forma más tardía, más consciente y menos intuitiva que la mayoría.
Un terreno donde conviene ir con más cautela
La misma dificultad para leer intenciones implícitas que complica hacer amigas puede, en determinadas circunstancias, dificultar también distinguir una relación sana de una que no lo es. Aprender a identificar patrones de relación poco recíprocos o de trato desigual, y desarrollar valores y criterios propios —en lugar de basar cada decisión en la comparación constante con lo que hacen otras— es, según profesionales especializados en autismo femenino, una de las bases más sólidas para construir vínculos genuinos con el tiempo.
Qué ayuda a construir amistades más sostenibles
Aunque cada persona es distinta, algunas ideas se repiten en los testimonios y en el trabajo clínico con mujeres autistas adultas:
- Buscar afinidad por intereses reales en lugar de forzar la simpatía general: los vínculos que nacen de un interés compartido genuino tienden a sostenerse mejor que los basados en encajar socialmente por encajar.
- Permitirse menos cantidad y más calidad. Un círculo pequeño de amistades profundas suele resultar más sostenible —y menos agotador— que intentar mantener muchas relaciones superficiales a la vez.
- Nombrar las propias necesidades sin disculparse constantemente: necesitar tiempo a solas tras quedar con gente, o preferir quedar en espacios tranquilos, no es «ser mala amiga», es una forma legítima de cuidar la propia energía.
- Reducir el esfuerzo de camuflaje de forma progresiva y en entornos seguros, para comprobar qué relaciones se sostienen cuando se muestra una versión más auténtica de una misma.
- Buscar comunidad con otras personas autistas, donde ciertos códigos sociales no siempre necesitan explicación ni traducción constante.
- Aceptar que algunas amistades tendrán un final, sin que eso signifique un fracaso personal: los vínculos evolucionan para todo el mundo, autista o no.
Un espacio que merece más conversación
Hablar de amistad en mujeres autistas no es un tema menor frente a diagnósticos, terapias o adaptaciones laborales: para muchas mujeres, es precisamente en ese terreno cotidiano —quién te llama quedar, quién nota cuando desapareces un tiempo, con quién puedes ser tú misma sin traducir cada gesto— donde se juega buena parte del bienestar emocional real. Nombrar sus dificultades específicas, en lugar de dar por hecho que «hacer amigas» es igual de sencillo para todo el mundo, es un primer paso necesario para acompañarlo mejor.