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🧑‍💼 Autismo en adultos

Autismo en la mediana edad y la vejez: por qué hasta el 97% de las personas mayores siguen sin diagnosticar

Una revisión de King's College London estima que entre el 89% y el 97% de los autistas de más de 40 años en Reino Unido no tienen diagnóstico. Qué explica esta brecha y por qué apenas se ha investigado.

Casi todo lo que se escribe sobre autismo —también en este mismo sitio— habla de la infancia, de la adolescencia o, como mucho, de la vida adulta hasta los cuarenta y pocos años. Lo que ocurre después, en la mediana edad y en la vejez, apenas tiene espacio: ni en la investigación científica, ni en los servicios clínicos, ni en la conversación pública. Una revisión publicada en 2025 por dos investigadores de King’s College London pone números a ese vacío, y son números que sorprenden incluso a quienes ya conocen bien el problema del infradiagnóstico en la edad adulta.

Lo que encontró la revisión de Stewart y Happé

El Dr. Gavin Stewart y la profesora Francesca Happé, del Institute of Psychiatry, Psychology & Neuroscience de King’s College London, publicaron en agosto de 2025 en la revista Annual Review of Developmental Psychology una revisión narrativa titulada «Ageing across the Autism Spectrum» (Envejecer a lo largo del espectro autista). A partir de un reanálisis de datos de registros sanitarios del Reino Unido recogidos por O’Nions y su equipo en 2023, los autores estiman que:

  • El 89 % de las personas autistas de entre 40 y 59 años en el Reino Unido no tiene un diagnóstico de autismo.
  • El 97 % de las personas autistas de 60 años o más tampoco lo tiene.

Dicho de otro modo: la inmensa mayoría de las personas autistas que hoy tienen más de 40 o de 60 años han pasado toda su vida sin saber —al menos de forma oficial— que son autistas. Como resume el propio Stewart, «muchos adultos autistas nunca habrán sido reconocidos como tales».

Por qué faltan generaciones enteras sin diagnóstico

Esta brecha tan enorme tiene una explicación histórica bastante directa. El autismo se describió clínicamente entre las décadas de 1920 y 1940, pero no se incorporó de forma estable a los principales manuales diagnósticos hasta los años 60 y 70, y con unos criterios muy estrechos centrados casi exclusivamente en niños varones con afectación severa. Cualquier persona nacida antes de esa fecha —y durante mucho tiempo después— simplemente no tuvo la posibilidad de ser evaluada con los criterios que usamos hoy, mucho más amplios y mejor adaptados a cómo se presenta el autismo en distintas edades, géneros y perfiles.

A eso se suma la falta de concienciación social y profesional: generaciones enteras de familias, docentes y médicos crecieron sin la formación ni las herramientas de cribado que existen actualmente, por lo que los rasgos autistas de muchas personas se interpretaron sencillamente como una forma de ser «rara», «difícil» o «muy suya», sin que a nadie se le ocurriera plantear una evaluación.

El factor género se suma a la ecuación

Dentro de este grupo de edad, la investigación apunta a que la brecha es todavía mayor entre mujeres. La profesora Rachel Moseley, de la Universidad de Bournemouth, señalaba en una reacción publicada por la Science Media Centre España en febrero de 2026 que el infradiagnóstico en personas que fueron asignadas como mujeres al nacer es especialmente pronunciado, porque sus rasgos autistas suelen hacerse visibles más tarde en la vida y los estudios clásicos se diseñaron casi siempre pensando en niños varones.

Un dato que respalda esta idea: Burrows y su equipo (2022) encontraron que, cuando se tiene en cuenta la aparición más tardía de los rasgos en las mujeres, la proporción de autismo entre chicos y chicas se acerca a un 1 a 1, muy lejos de la proporción de varias veces más hombres que se suele citar y que está distorsionada, en parte, por años de infradiagnóstico femenino acumulado. Entre las mujeres mayores de hoy, nacidas en décadas en las que el autismo femenino prácticamente no se reconocía, esa acumulación de infradiagnóstico es, lógicamente, todavía mayor.

Las consecuencias de llegar sin diagnóstico a la vejez

La revisión de Stewart y Happé no se limita a contar cuántas personas faltan por diagnosticar: también recoge datos sobre lo que implica envejecer siendo autista, diagnosticado o no.

  • En el Reino Unido, la esperanza de vida media de las personas autistas se sitúa en torno a los 75 años, frente a los 81 años de la población no autista: una diferencia de seis años que los propios autores advierten que puede estar distorsionada por el alto infradiagnóstico (las muertes de personas autistas no reconocidas como tales no se cuentan como tales en las estadísticas).
  • Los adultos con rasgos autistas elevados tienen hasta seis veces más probabilidad de experimentar ideación suicida o autolesiones a lo largo de su vida, un dato que los propios autores citan como una de las razones de mayor peso para mejorar el reconocimiento y el apoyo a este grupo.
  • Las personas autistas tienen cuatro veces más probabilidad de recibir un diagnóstico de demencia de inicio precoz que las personas no autistas, lo que complica todavía más distinguir qué síntomas corresponden al autismo de toda la vida y cuáles a un proceso neurodegenerativo añadido (un tema que ya tratamos con más detalle en nuestro artículo sobre autismo y envejecimiento).

Solo el 0,4 % de la investigación se ha fijado en ellos

Quizá el dato más revelador de todo el informe sea este: desde 1980, apenas el 0,4 % de toda la investigación publicada sobre autismo se ha centrado específicamente en personas de mediana edad o mayores. Es cierto que el interés ha crecido —la investigación sobre envejecimiento en población autista se ha multiplicado casi por cuatro desde 2012—, pero sigue siendo una fracción mínima comparada con la que se dedica a la infancia.

Como señala Stewart, «gran parte de nuestra investigación ha pasado por alto sistemáticamente a una gran proporción de la población autista». Y Francesca Happé añade una propuesta concreta: «Debemos adoptar un enfoque a lo largo de toda la vida que financie la investigación a largo plazo», en vez de seguir tratando el autismo casi exclusivamente como una cuestión de infancia y primera juventud.

Qué cambiaría las cosas

  • Formar a profesionales sanitarios para reconocer cómo se presenta el autismo en personas mayores, que a menudo han desarrollado estrategias de adaptación y enmascaramiento durante décadas y no se ajustan al estereotipo clásico.
  • Financiar estudios longitudinales que sigan a las mismas personas autistas durante años, en vez de limitarse a fotografías puntuales centradas en la infancia.
  • Normalizar la autoidentificación y el diagnóstico tardío también en personas de 50, 60 o 70 años, sin dar por hecho que «ya es demasiado tarde» para que un diagnóstico aporte algo útil.
  • Adaptar los servicios de salud mental y los recursos de apoyo —hoy pensados casi siempre para población infantil o adulta joven— a las necesidades de personas autistas mayores.

Si tienes más de 40, 50 o 60 años y te reconoces en muchos rasgos autistas sin haber tenido nunca la posibilidad de explorarlo, estos datos no están ahí para generar alarma, sino para explicar algo muy concreto: si nunca te diagnosticaron, es muy probable que la razón no tenga nada que ver contigo, sino con una investigación y un sistema sanitario que, durante décadas, simplemente no miraron en tu dirección.

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Contenido revisado y basado en fuentes científicas y clínicas contrastadas. Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación profesional.