Es un tema incómodo, y precisamente por eso suele quedar fuera de las webs sobre autismo. Pero la investigación lleva años señalando algo que no se puede seguir callando: las mujeres autistas sufren violencia sexual con una frecuencia muy superior a la de las mujeres no autistas. No se trata de generar alarma, sino de entender por qué ocurre y qué puede ayudar realmente, tanto a prevenir como a acompañar después de que haya pasado.
Este artículo no habla de la dificultad para poner límites en el día a día, un tema que ya tratamos en otro artículo. Habla específicamente de los datos sobre victimización sexual, de los factores de riesgo que la investigación ha identificado y de las recomendaciones de protección y apoyo que proponen los propios estudios.
Lo que dicen los datos
El estudio más citado en este terreno es el de Fabienne Cazalis, David Gourion y Séverine Leduc, publicado en 2022 en la revista Frontiers in Behavioral Neuroscience. Encuestaron a 225 mujeres autistas mayores de 17 años mediante un cuestionario online y encontraron:
- 88,4 % reportó haber sufrido abuso sexual cuando se les preguntó con preguntas específicas y detalladas.
- 68,9 % lo reportó con una pregunta abierta y general, lo que sugiere que muchas mujeres no identifican como «abuso» experiencias que, al preguntarse de forma más concreta, sí lo son.
- De las mujeres que sufrieron alguna agresión, el 75 % fue agredida en más de una ocasión.
- En dos tercios de los casos, la primera agresión ocurrió a los 18 años o antes.
- Los autores estiman que el riesgo de sufrir una agresión sexual podría ser hasta tres veces mayor entre mujeres autistas que entre mujeres no autistas.
Son cifras duras, y conviene leerlas con el matiz que los propios autores señalan: su muestra pudo tener un sesgo de selección, ya que quienes han vivido una agresión pueden estar más dispuestas a responder una encuesta sobre el tema. Aun con ese matiz, la magnitud de la diferencia respecto a la población general es lo bastante grande como para tomarla muy en serio.
Por qué existe esta vulnerabilidad
No hay una sola explicación, sino varios factores que tienden a combinarse y a reforzarse entre sí:
- Dificultad para detectar intenciones manipuladoras. Leer entrelíneas, detectar incongruencias entre lo que alguien dice y lo que realmente busca, o captar señales sutiles de alarma social puede ser más difícil para muchas personas autistas, lo que facilita que una persona con malas intenciones consiga generar confianza.
- El aprendizaje de la complacencia. Como explicamos en el artículo sobre límites, muchas mujeres autistas aprenden desde niñas a decir que sí, a no incomodar y a acomodarse a lo que se espera de ellas. Ese patrón, útil para evitar conflictos cotidianos, se vuelve peligroso frente a alguien que presiona para conseguir algo que la otra persona no quiere dar.
- El enmascaramiento social. El esfuerzo por «pasar desapercibida» y encajar socialmente puede llevar a permanecer en situaciones de riesgo por miedo a parecer rara, desconfiada o exagerada si se marcha o pide ayuda.
- El aislamiento social. Tener menos red de apoyo, menos amistades cercanas o menos personas con quien contrastar si una situación es normal o no, deja menos oportunidades de recibir una señal de alarma externa a tiempo.
- Una educación sexual poco adaptada. La educación sexual estándar rara vez explica de forma explícita y concreta qué es el consentimiento, cómo reconocer tácticas de manipulación o coerción, o qué hacer si algo ya ha pasado, dando por hecho un aprendizaje social implícito que muchas personas autistas no adquieren de la misma forma.
Las barreras para pedir ayuda y denunciar
El estudio de Cazalis y su equipo encontró que solo un tercio de las mujeres que sufrieron una agresión llegó a denunciarla, y que el 75 % de esas denuncias no tuvo ningún seguimiento judicial. Varios factores ayudan a explicar esta brecha:
- Dificultades de interocepción (reconocer y nombrar lo que se siente en el propio cuerpo) que pueden retrasar la identificación de que algo malo ha ocurrido.
- Miedo a no ser creída, a que se reste importancia a lo ocurrido o a que se atribuya la situación a una «confusión» por ser autista.
- La sobrecarga sensorial y la rigidez de los procesos policiales y judiciales, pensados para un tipo de testimonio y de comunicación que no siempre se ajusta a cómo una persona autista relata lo vivido.
- El propio impacto emocional y, en ocasiones, un estrés postraumático más intenso cuando la primera agresión ocurrió en la infancia o la adolescencia, lo que puede dificultar hablar del tema durante años.
Qué recomiendan los expertos
Los propios autores del estudio, en línea con organismos como la Organización Mundial de la Salud y los CDC estadounidenses, proponen varias líneas de actuación:
- Cribado clínico activo. Los profesionales que atienden a mujeres y personas no binarias autistas deberían preguntar de forma rutinaria y cuidadosa por experiencias de victimización, precisamente porque los síntomas pueden pasar desapercibidos o confundirse con otras cuestiones del autismo.
- Educación sexual explícita y concreta, que no dé por sentado un conocimiento social implícito: qué es el consentimiento, cómo identificar señales de manipulación, y qué pasos concretos seguir si algo ha ocurrido o está ocurriendo.
- Cuidar el diseño de las preguntas en cualquier encuesta, consulta clínica o entrevista: la diferencia entre el 88,4 % y el 68,9 % del propio estudio muestra que preguntar de forma específica, en vez de genérica, cambia radicalmente lo que se consigue detectar.
- Programas de prevención a gran escala, no solo campañas puntuales de sensibilización, dado que buena parte de las primeras agresiones ocurre ya en la infancia o la adolescencia.
Qué pueden hacer el entorno cercano y los profesionales
- Creer a la persona sin cuestionarla ni pedirle que «demuestre» lo ocurrido antes de ofrecer apoyo.
- Evitar preguntas repetitivas o un interrogatorio que resulte retraumatizante; dejar que la persona cuente lo que pueda, a su ritmo y con el canal de comunicación que le resulte más cómodo (hablado, escrito, etc.).
- Facilitar el acceso a canales de denuncia y apoyo que tengan en cuenta necesidades sensoriales y de comunicación, en vez de asumir que el proceso estándar es accesible para todo el mundo.
- Explicar de forma clara y sin rodeos conceptos como el consentimiento o las tácticas de manipulación, en vez de esperar que se infieran de conversaciones indirectas.
Hablar de estos datos no es sembrar miedo: es reconocer una realidad documentada para poder actuar sobre ella. Cuanto antes se entienda por qué existe esta vulnerabilidad y qué la reduce, antes se podrá avanzar hacia una educación sexual, una atención clínica y unos procesos de denuncia que realmente tengan en cuenta cómo viven y se comunican las mujeres autistas. Si has vivido una situación de este tipo, mereces apoyo informado y sin juicios: buscar a profesionales con formación específica en autismo y a asociaciones que trabajen con mujeres autistas puede marcar una diferencia real en cómo se te escucha y se te acompaña.