Mientras la mayor parte de la investigación sobre autismo sigue centrada en la infancia, una generación de personas autistas diagnosticadas hace décadas está llegando ahora a la vejez, y la ciencia apenas empieza a hacerse una pregunta que debería haberse planteado hace tiempo: ¿envejece igual un cerebro autista? Los primeros estudios, todavía escasos, apuntan a que no del todo, y señalan en particular dos áreas de alerta: el riesgo de demencia y el de párkinson.
Un campo de investigación casi nuevo
Hasta hace muy poco, casi no existían estudios sobre personas autistas mayores de 60 o 65 años. Esto no es casual: muchos adultos autistas actuales fueron diagnosticados en la edad adulta, y las personas autistas de más edad a menudo pasaron toda su vida sin diagnóstico formal. La investigadora B. Blair Braden, de la Universidad Estatal de Arizona, dirige uno de los pocos laboratorios dedicados específicamente al envejecimiento cerebral en autismo (el Autism and Brain Aging Laboratory), combinando resonancia magnética y evaluaciones cognitivas en personas autistas de mediana edad y mayores. Su conclusión provisional, compartida en 2025, es que algunas personas autistas muestran un declive de memoria más rápido que sus pares no autistas, aunque reconoce que todavía es un terreno nuevo y que no hay suficientes datos para generalizar.
Lo que muestran los estudios sobre demencia
Los datos más sólidos sobre demencia proceden de dos estudios del equipo de Antonio Vivanti, basados en registros sanitarios estadounidenses de gran tamaño. El primero, publicado en 2021 en la revista Autism Research a partir de datos de Medicaid, encontró que las personas autistas tenían 2,6 veces más probabilidades de recibir un diagnóstico de demencia de inicio temprano (antes de los 65 años) que las personas no autistas. El segundo, publicado en 2025 en JAMA Network Open con datos de Medicaid y Medicare, encontró una prevalencia de demencia de aproximadamente el 33% entre personas autistas de 65 años o más, una cifra que los propios autores describen como «marcadamente elevada».
Un estudio independiente, realizado por el equipo de Gregory Wallace dentro de la base de datos de investigación SPARK y publicado en 2023, evaluó a 210 adultos autistas de entre 42 y 81 años que vivían de forma independiente, usando una herramienta de cribado de demencia. Cerca de un tercio mostró signos de declive en memoria y razonamiento, un resultado que los investigadores calificaron como una posible «crisis de salud pública emergente». El mismo estudio señaló que las personas autistas acumulan, además, más factores de riesgo conocidos para la demencia: diabetes, depresión, hipertensión, mal sueño, colesterol alto y aislamiento social, todos ellos más frecuentes en la población autista adulta que en la población general.
Lo que muestran los estudios sobre párkinson
La investigación sobre párkinson en autismo es más escasa, pero apunta en la misma dirección. Ya en 2015, un estudio de Lili Croen y colegas, publicado en el Journal of Neurodevelopmental Disorders, encontró tasas más altas de párkinson entre adultos autistas, aunque la enfermedad seguía siendo rara en términos absolutos. Más recientemente, un estudio sueco de gran escala del equipo de Weiyao Yin, publicado en 2025 en JAMA Neurology y basado en más de dos millones de personas, encontró una proporción de casos de párkinson notablemente más alta entre las personas autistas del estudio que entre las no autistas, aunque en ambos grupos la enfermedad sigue siendo infrecuente en términos absolutos.
A estos dos focos de atención se suma un dato menos formal pero llamativo: según ha señalado la propia Blair Braden, alrededor de un tercio de sus pacientes autistas de más edad refieren síntomas compatibles con parkinsonismo (lentitud de movimientos, rigidez, temblor) sin que se sepa todavía por qué.
¿Por qué podría ocurrir esto? Lo que todavía no sabemos
La respuesta honesta, a día de hoy, es que no se sabe. Los propios investigadores que publican estos hallazgos son explícitos al respecto: la razón por la que el autismo parece aumentar el riesgo de demencia y de párkinson es, literalmente, desconocida. Existen varias hipótesis en estudio, ninguna confirmada todavía:
- Factores genéticos compartidos: algunas variantes genéticas raras asociadas al autismo también se han relacionado con la epilepsia y con otras condiciones neurológicas, lo que sugiere posibles mecanismos biológicos comunes todavía por identificar.
- Acumulación de factores de riesgo modificables: diabetes, hipertensión, colesterol alto, mala calidad del sueño, depresión y aislamiento social son, todos ellos, factores de riesgo conocidos para la demencia en la población general, y aparecen con más frecuencia en personas autistas adultas.
- Factores ambientales y sociales: el estrés crónico asociado al enmascaramiento, la discriminación, la precariedad laboral y el aislamiento social están poco estudiados en este contexto, pero se citan como posibles contribuyentes.
- Posibles diferencias en el envejecimiento cerebral en sí, que es precisamente lo que laboratorios como el de Braden o el Autism BrainNet (dirigido por David Amaral, de la Universidad de California en Davis) intentan investigar mediante estudios de imagen cerebral longitudinal y, en algunos casos, donación de tejido cerebral post mortem.
Precisamente por esta falta de respuestas, Braden anima a las personas autistas a considerar la donación de su cerebro para investigación al planificar sus decisiones de final de vida: es, literalmente, uno de los pocos modos de comparar directamente un cerebro autista envejecido con uno no autista.
Una cifra que pone todo esto en contexto
Estos hallazgos sobre demencia y párkinson se suman a un dato ya conocido desde hace tiempo: un estudio sueco de referencia (Hirvikoski y colaboradores, 2016) encontró que las personas autistas, en conjunto, mueren en promedio unos 20 años antes que la población general, con los accidentes, la epilepsia y el suicidio entre las causas que más contribuyen a esa diferencia, y un impacto especialmente marcado en personas autistas con discapacidad intelectual asociada. Dentro de ese contexto más amplio, conviene subrayar también una noticia menos alarmante: las personas autistas que llegan a los 65 años tienden a vivir, de ahí en adelante, una esperanza de vida similar a la del resto de la población, llegando en promedio hasta los 70 y pocos años.
Qué puede hacerse mientras la ciencia avanza
Ante un campo de investigación todavía tan incipiente, no existen recomendaciones específicas y validadas para «prevenir» la demencia o el párkinson en personas autistas. Pero sí hay medidas de sentido común, respaldadas por lo que ya sabemos sobre los factores de riesgo compartidos con la población general:
- Revisar y tratar activamente la hipertensión, el colesterol alto y la diabetes, condiciones que en personas autistas a veces se diagnostican más tarde por barreras de comunicación o sensoriales en las consultas médicas.
- Priorizar la calidad del sueño, un factor de riesgo modificable que aparece de forma recurrente en estos estudios.
- Buscar apoyo para el aislamiento social, otro factor de riesgo compartido y, a la vez, uno de los problemas más frecuentes y menos atendidos en la vida adulta autista.
- Mantener un seguimiento médico regular que no de por hecho que cualquier cambio cognitivo o motor en una persona autista mayor es «simplemente autismo», sin descartar antes otras causas tratables.
Una conclusión honesta
La relación entre autismo y envejecimiento neurológico es un campo de investigación que literalmente empieza ahora, con más preguntas que respuestas y con estudios que, aunque consistentes en la dirección del hallazgo, todavía no explican el por qué. Lo que sí deja claro esta investigación incipiente es que el autismo no termina de estudiarse en la infancia ni siquiera en la edad adulta temprana: las personas autistas envejecen, y empezar a entender cómo lo hacen es, por fin, una prioridad científica propia.