Cuando se habla de sensorialidad en autismo, casi siempre se piensa primero en el oído (los ruidos fuertes), el tacto (las etiquetas de la ropa) o la vista (las luces fluorescentes). El olfato y el gusto reciben mucha menos atención, y sin embargo para muchas personas autistas son dos de los sentidos que más condicionan el día a día: qué se puede comer, a qué lugares se puede entrar sin agobio, o incluso con quién se puede estar cerca. Hablamos de un terreno sensorial menos conocido, pero con una base científica cada vez más sólida.
Qué dice la investigación sobre el olfato en autismo
Uno de los hallazgos más interesantes tiene que ver con un fenómeno llamado adaptación olfativa: en la población general, cuando estamos expuestos a un olor de forma continuada, el cerebro «deja de notarlo» progresivamente (por eso quien vive en una casa con animales a menudo no percibe su propio olor, mientras que una visita lo nota nada más entrar). Varios estudios han comparado esta capacidad de adaptación entre personas autistas y no autistas, con resultados que apuntan en una dirección consistente: las personas autistas muestran, de media, menor adaptación olfativa que la población neurotípica. Dicho de otro modo, el cerebro autista tiende a seguir «notando» un olor durante más tiempo en lugar de acostumbrarse a él y dejar de procesarlo activamente.
Esto tiene una consecuencia práctica directa: un ambiente cargado de olores (una cocina, un supermercado, una sala de espera con productos de limpieza) puede seguir siendo sensorialmente intenso para una persona autista mucho después del momento en que una persona neurotípica ya habría «desconectado» de ese olor. No es que la persona autista esté siendo «dramática»; es que su sistema nervioso, literalmente, sigue procesando la señal con la misma intensidad.
Otra línea de investigación se ha centrado en la identificación de olores —es decir, no la capacidad de detectar que hay un olor, sino la de reconocer e identificar de qué olor se trata—. Varios estudios han encontrado que las personas autistas presentan más dificultad en tareas de identificación olfativa que los grupos de comparación, y que esta dificultad se correlaciona con otros aspectos del perfil autista, como el rechazo selectivo de ciertos alimentos y ciertas dificultades en la interacción social (el olfato tiene un papel, poco reconocido, en la comunicación social humana).
Hipersensibilidad frente a hiposensibilidad olfativa
Como ocurre con el resto de sentidos, el patrón sensorial olfativo no es uniforme: convive la hipersensibilidad (percepción amplificada, más intensa de lo habitual) con la hiposensibilidad (percepción reducida, o incluso ausencia de respuesta a olores que otras personas detectan con claridad), y en la misma persona pueden coexistir ambos patrones para distintos olores o en distintos momentos.
- Hipersensibilidad olfativa: perfumes, productos de limpieza, el aliento de otra persona, el olor corporal propio o ajeno, o el olor de ciertos alimentos pueden resultar abrumadores, provocar náuseas, dolor de cabeza o directamente hacer imposible permanecer en un espacio.
- Hiposensibilidad olfativa: puede llevar a no detectar olores que para otras personas son evidentes (comida en mal estado, un escape de gas, la propia falta de higiene), lo que tiene implicaciones prácticas de seguridad que conviene tener presentes.
El gusto no funciona solo: por qué está tan unido al olfato y a la textura
Gran parte de lo que llamamos «sabor» no es en realidad gusto en sentido estricto (que solo distingue dulce, salado, ácido, amargo y umami), sino olfato retronasal: el aroma que llega a los receptores olfativos por la parte de atrás de la garganta mientras masticamos. Esto explica por qué, si el olfato procesa los estímulos de forma distinta, el sabor percibido de un alimento también puede ser radicalmente distinto para una persona autista, aunque esté comiendo exactamente lo mismo que el resto de la mesa.
A esto se suma la textura, procesada por el sistema táctil oral, y la temperatura. El resultado es que «sabor» es, en realidad, una experiencia multisensorial compleja donde olfato, gusto, tacto y hasta el sonido de la masticación se combinan; un pequeño cambio en cualquiera de esos componentes (una marca distinta del mismo producto, una fruta un poco menos madura) puede hacer que un alimento «familiar» se perciba como completamente distinto y, por tanto, sea rechazado.
Cómo se manifiesta en la vida diaria
- En la alimentación: rechazo de alimentos con olores o sabores intensos (ajo, cebolla, pescado, ciertos quesos), preferencia marcada por sabores suaves y predecibles, o insistencia en una marca concreta de un producto porque cualquier variación de su aroma se detecta de inmediato.
- En espacios sociales: dificultad para estar en restaurantes, cocinas compartidas, peluquerías o consultas médicas por la combinación de olores; necesidad de sentarse lejos de ciertas personas por su perfume o loción.
- En el cuidado personal: rechazo de determinados champús, jabones o cremas por su olor, aunque su textura o función sea adecuada.
- En el entorno laboral o escolar: el ambientador de una oficina, el olor de la cafetería o los productos de limpieza del baño pueden convertirse en una fuente de malestar constante y poco visible para el resto.
Estrategias que pueden ayudar
- Anticipar en lugar de sorprender: preguntar antes de cocinar algo con olor intenso en un espacio compartido, o avisar de qué se va a servir en una comida.
- Mantener el control sobre los propios productos: usar jabones, champús o detergentes sin perfume o con un olor ya validado como tolerable, y evitar cambiar de marca sin previo aviso.
- Ventilación y espacios sin olor como refugio: tener acceso a un lugar con aire fresco o sin fragancias al que retirarse cuando un ambiente resulta abrumador.
- Ser flexible con la variedad alimentaria: aceptar que la preferencia por sabores suaves y alimentos «seguros» tiene una base sensorial real, no es un capricho a corregir por la fuerza (aquí conecta directamente con técnicas como el encadenamiento alimentario para ampliar el repertorio con pasos pequeños).
- Comunicar la hiposensibilidad como cuestión de seguridad: si hay dificultad para detectar olores de alarma (gas, comida caducada, humo), conviene apoyarse en otros sistemas de aviso (detectores, fechas de caducidad claras, revisión rutinaria de la nevera por otra persona) en lugar de depender del propio olfato.
Por qué merece la pena hablar de esto
El olfato y el gusto rara vez aparecen en las listas típicas de «señales sensoriales del autismo», y eso tiene un coste real: familias, colegios y entornos laborales pueden interpretar el rechazo a ciertos alimentos, productos o espacios como capricho, mala educación o rareza, cuando en realidad responde a un procesamiento sensorial distinto y bien documentado. Nombrar esta sensorialidad con precisión —como se ha hecho ya con el tacto, el oído o la vista— ayuda a que se tome tan en serio como cualquier otra necesidad de adaptación, y a que la persona autista no tenga que justificar constantemente por qué «no puede simplemente acostumbrarse».